El decolonialismo estético de Mary Sibande

Sus obras saquean las ideas del arte europeo y los fetiches del consumo de masas norteamericano, y ponen en cuestión la posesión de las imágenes en la creación de una nueva ritualidad afro.  
Por Fernando García

 

¿Qué podría salir si a una IA se le pide que piense una figura donde se entrelacen Picasso, la corporación Mattel, Bob Marley y Coco Chanel? Nada tan desconcertante como lo que pudieron la colonización y el apartheid entreverados con la historia del arte y la moda de Occidente, pero también de África. A un líder de masas histórico como Nelson Mandela le salió un brote en Johannesburgo en la forma de una artista que creó de su propio cuerpo una muñeca llamada Sophie a la que viste con lo que se diría un pret a porter político para representar la larga marcha de la libertad negra. La obra de Mary Sibande (Sudáfrica, 1982) que ella misma se resiste a encorsetar en la internacional de la performance, tiene un poco de toda esa enumeración, pero siempre en un laberinto de espejos que invierte, deforma y pone en cuestión la posesión de las imágenes. 

Si la estética de Picasso se definió a partir del ingreso en la cultura alta de las máscaras africanas expropiadas por Europa en la colonización, la de Sibande se apropia de las reconocidas fases cromáticas que distinguieron al temprano Picasso (Picassito, entre nos). Así la figurada modelada sobre su cuerpo (una mannequin de ébano) es vestida sucesivamente en azul, púrpura y rojo que representan los años de la esclavitud; los de la lucha anti-apartheid y los de una herida que no cicatriza. Las categorías de Sibande participan del lenguaje global del arte contemporáneo, pero a la vez son intraducibles o necesitan de una mediación que nos es velada. El monocromo, por ejemplo, no sigue en ella la luz interior de un Rothko o la perceptiva de los concretos europeos o americanos. 

Su rojo es “fermentación de un dolor profundo, la cuajada de la frustración y la rabia que empapa el tejido de una sociedad que no ha sanado”; el azul saluda “la larga vida de la reina muerta” y el púrpura refiere, como Prince, a una lluvia. Pero si en el gospel pop de 1984 la coloración crepuscular decía, por otros medios, aquello de hacer el amor antes de que se apague el mundo, en la obra de Sibande no hay metáforas. La fase púrpura refiere al pigmento “Royal Purple” que las fuerzas represivas usaron en los cañones de agua con los que les dispararon a los manifestantes anti-apartheid en Ciudad del Cabo en septiembre de 1989. Los cuerpos manchados (como si el método policial buscara corregir el color negro) del púrpura real (ungido por esa mediación entre lo divino y lo plebeyo que representaba la Corona) se vuelven en esta serie de ¿esculturas? una operación muy profunda. Es algo más que resignificar el tono que la colonia eligió para vigilar y castigar, sino que las Sophie (sus Barbies) se vuelven aquí una incómoda creación compartida entre opresores y oprimidos. Black lives Mattel.

De estas cicatrices está hecho el rojo sangre (como el maquillaje de sus ancestros) que tiñe la última serie de Sophies antes siervas victorianas de estricto uniforme azul de explotación doméstica. Lo que se lleva es decir que Sibande hace arte “decolonial” pero esa categoría está impregnada por la culpa europea y esto es puro uprising (Bob Marley, 1980). Nadie cuyo cuerpo no trasunte la herencia de la esclavitud podría entenderla. Así es como ella misma lo pone: “Mi obra no es un lamento sobre el apartheid o una invitación a sentir lástima por mi condición negra ni por mis abuelas sirvientas. Es para celebrar lo que somos las mujeres sudafricanas de hoy y para eso necesitamos ir hacia atrás y, para eso, necesito traer conmigo a aquellas sirvientas”. La celebración de una Sudáfrica libre es, entonces, una obra que vuelve sobre sus pasos para saquear las ideas del arte europeo y los fetiches del consumo de masas norteamericano del siglo XX en la creación de una nueva ritualidad afro.  

 

 

 

 

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