Retratos extraordinarios: Dora Maar, bajo la sombra de Picasso

A pesar de su participación activa en el movimiento surrealista de la época, la fotógrafa francesa ha sido más recordada por la historia como una de las principales amantes del pintor manchego. Quedó inmortalizada en uno de sus famosos retratos cubistas. 
Por Olivia Grimoldi

Pablo Picasso es uno de los artistas más significativos de la historia del arte. Su nombre y su obra personifican el arte del siglo XX como uno de los casos más influyentes y de más variadas facetas. Pero al margen de su vasta producción artística, un tema controvertido y de mayor conocimiento lo tuvo como protagonista: sus infidelidades. 

Durante casi toda su carrera, el pintor estuvo casado con Olga Jojlova y mantuvo innumerables aventuras extramatrimoniales, algunas bastante famosas, ya que Picasso, lejos de ocultarlas, las retrataba y luego las consideraba musas. Este es el caso de la artista francesa Henriette Theodora Markovitch, más conocida como Dora Maar, modelo de varias obras y protagonista de un retrato de 1937, que hoy se exhibe en el Musée Picasso de París. La joven, hija de un arquitecto yugoslavo, nació en 1907, el mismo año en el que Picasso pintaba su gran experimento: Las Señoritas de Aviñón, con el que daba por inaugurado el cubismo. Casi treinta años después ella se convertiría en su amante y en una de sus musas más retratadas, en una relación que duraría siete años. 

 

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Retrato de Dora Maar, 1937.

 

El verano de 1936 en la Costa Azul fue escenario del primer encuentro entre ambos organizado por un amigo en común, el poeta Paul Élouard. El dadaísta francés fue el responsable de la unión entre Picasso, que ya era un reconocido artista, y Maar, fotógrafa, de marcada ideología de izquierda. Este rasgo tuvo mucha influencia en la vida política e intelectual de Picasso, al punto de animarlo a aceptar encargos y orientarlo a crear una de sus obras más importantes, el Guernica. A su vez, Maar fue la responsable de documentar fotográficamente todo el proceso del cuadro. 


Dora_Maar_and_Pablo_Picasso_on_the_beach_by_Eileen_Agar_September_1937.jpgDora Maar y Pablo Picasso (de espaldas) junto a Paul Éluard y amigos en la playa.

 Foto: Eileen Agar. Juan-les-Pins (Francia), 1937.

 

En el retrato, Maar se encuentra sentada en una silla con una postura inquietante y se camufla en una camiseta oscura. La contraposición de líneas paralelas crea un espacio y sugiere la prolongación de profundidad, y aunque las reglas de la perspectiva estén un poco distorsionadas, la ilusión que se genera es bastante convincente. Aparecen dos formas de representación confrontadas: la figuración y la disociación, que dan lugar al reconocido e inconfundible “estilo Picasso”. La primera resalta el perfil figurativo que copia a la naturaleza, y la disociación en cambio, se caracteriza por ser un estilo autónomo ajeno a la reproducción. En la gran mayoría de las obras de Picasso ambas alternativas conviven y se manifiestan simultáneamente. Al sistema de figuración le corresponden la proporcionalidad de las medidas y los principios de la perspectiva. El rostro de Dora Maar fue pintado como una intersección de ambos puntos de vista. Se puede observar simultáneamente la nariz de perfil y de frente, y este juego aparece también en los ojos. 

Es posible observar también una alusión a los retratos repletos de frutas de Arcimboldo, ya que al acercarse al rostro de la joven, se descubre un juego entre sus mejillas y una manzana rosada que dibujan sus pómulos, una mandarina en una de sus pupilas, un ramo de bananas saliendo de su flequillo y una zanahoria horizontal cumpliendo el rol de ojera en el ojo de frente. En el aspecto psicológico, el retrato transmite la fuerte personalidad de la mujer, resalta en ella los colores vivos y las formas duras y puntiagudas; que están geométricamente detalladas en sus manos y vestimenta. Esto contrasta con las formas más redondeadas y los colores pasteles del rostro, una suave armonía que connota probablemente el lado más afectivo del artista hacia la figura de Maar. Se puede pensar a Dora Maar como una persona elegante que se ocupaba de su propia imagen, ya que sus uñas aparecen con un llamativo color rojo. Este color es también utilizado para el ojo que está colocado de frente, que interpela al espectador y al mundo de manera frontal y directa, otro rasgo posible de su personalidad. 

 

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Dora Maar. Foto: Man Ray, 1936.

 

Si bien esta aventura conforma una gran marca en la vida de Picasso, en 1943 durante la ocupación alemana en Francia, Franćoise Gilot, una joven artista parisina ocupó el lugar de musa, y Maar se alejó de la vida pública y el espacio expositivo. Años después, luego de pasar por un internado psiquiátrico y someterse a terapias de electroshocks, fue trasladada y supervisada para tratarse con el famoso psicoanalista Jacques Lacan. 

 

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Retrato de Picasso. Foto: Dora Maar, 1936.

(Negativo de gelatina de plata sobre soporte flexible de nitrato de celulosa.) 

 

La gran particularidad acerca de Dora Maar es que a pesar de haber estado formada como artista y participado activamente junto a los surrealistas (André Breton, Man Ray y compañía) con sus alucinantes fotografías oníricas, quedaría en las sombras de la historia del arte, principalmente como una musa del pintor. Luego de su muerte a los noventa años en 1997, es recién cuando finalmente pudo alcanzar un lugar de reconocimiento, ya no como pareja de Picasso, sino como una figura exponente para todos los historiadores de arte.

 

 

 

 

 

 

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