Mezcla de pintura histórica llevada al cine, la instalación de la artista neozelandesa desmantela el artificio decorativo de la narrativa francesa, para contar la historia con ojos maoríes.
A una hora de Auckland se encuentra este predio de cuatrocientas hectáreas sobre la costa del Mar de Tasmania. Decenas de esculturas y obras de gran escala conviven con paisajes de naturaleza extrema.