Martes, 18 Agosto 2026

Marielsa Castro Vizcarra: “No con todos los visitantes se construye una comunidad”

La jefa de curaduría del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) propone repensar el museo más allá de la contemplación: como un espacio para jugar, encontrarse, discutir y pensar en común.  
Por Candelaria Penido
Foto: Daniela Molina Foto: Daniela Molina

 

Marielsa Castro Vizcarra llegó a la curaduría desde un recorrido atravesado por la arquitectura, la educación y el trabajo con públicos. Su práctica se fue construyendo en espacios muy distintos, desde LIGA, un proyecto independiente dedicado a la arquitectura latinoamericana en Ciudad de México, hasta los museos del Banco de la República en Bogotá y el Museo Jumex. Hoy, como curadora jefe del MAMM, esa experiencia converge en una pregunta que atraviesa su manera de pensar las instituciones: qué significa hacer del museo un espacio que no solo se visita, sino que se habita.

En esta conversación, Castro Vizcarra parte de su propia relación con las exposiciones y con quienes las recorren para pensar qué esperamos encontrar cuando entramos a una institución cultural y qué tendría que cambiar para que esos espacios vuelvan a sentirse verdaderamente vivos. Una conversación sobre la experiencia de mirar, las formas de encuentro y aquello que todavía puede hacer del museo un lugar necesario.

 

—¿Qué pasa cuando dejamos de pensar el arte desde una sola disciplina?

—Afortunadamente, hoy la mayoría de las prácticas son multidisciplinarias. Personalmente, creo que deberíamos apuntar a la desprofesionalización del sector, algo a lo que me gustaría contribuir desde mi práctica curatorial. La curaduría, y hasta me animo a decir que todas las disciplinas, son mejores cuando se escuchan y se nutren de otras formas de pensar. Se pierde mucho cuando uno se centra en una sola forma de hacer.

 

—Cuando entrás a una exposición como visitante, sin la responsabilidad de organizarla o pensarla, ¿qué esperás encontrar?

—Me emociona sorprenderme: encontrar nuevos temas, ver una faceta diferente de un artista que no se había mostrado tanto o conocer artistas nuevos. La globalización y la monopolización de ciertas temáticas en el arte hacen que veamos siempre determinadas tendencias. Por eso me encanta cuando voy a una muestra que se sale de ellas. Me gustan mucho las exhibiciones que se sienten activas, que tienen un programa público y discursivo muy presente. Me interesa sentir que fue pensada en el tiempo. También disfruto poder ver una exposición sin seguir necesariamente el hilo curatorial. Me gusta hacer mis propias especulaciones frente a la obra y descubrir después si aquello que estaba pensando era completamente distinto de lo que había pensado el artista o el curador. 

 

—¿Qué hace que un museo se sienta vivo?

—La primera vez que fui a un museo de arte fue en la Tate Modern de Londres. Había una pieza de Olafur Eliasson en la Turbine Hall, un sol enorme brillaba en el espacio y toda la gente estaba tirada en el piso tomando ese sol artificial. Fue una experiencia trascendental porque me mostró una forma diferente de habitar estos espacios. Creo que pueden ser ámbitos para pasarla bien. Me gusta pensarlo así. También pueden ser lugares para encontrarse con amigos, para jugar, para ver una película, para discutir o para pensar. Hay muchas posibilidades que todavía no exploramos lo suficiente.

 

—En ese sentido, ¿qué lugar ocupa el juego dentro de la experiencia artística?

—Todo el mundo quiere jugar en un museo, pero nunca nos dejan. Pienso en una muestra de Amalia Pica que hicimos en el Museo Jumex, Qué viva el papeleo. Era una instalación sobre la burocracia, el trabajo de oficina y lo aburrido que puede ser. Ella lo asociaba también con su experiencia como migrante argentina en Londres. Construyó un laberinto con papel reciclado de las oficinas del propio museo y la gente podía interactuar con él. La recepción fue increíble. Los visitantes se acostaban en el piso, hacían angelitos con el papel, lo tiraban por el aire. Creo que Amalia entendió muy bien algo: todos hemos tenido alguna experiencia frustrante con la burocracia. Es un tema que puede conectar con muchas personas y, además, era una exposición en la que estaba permitido jugar.

 

—Muchas instituciones culturales buscan hoy ser más participativas. ¿Cómo distinguir una participación genuina de una que se queda en el discurso?

—Creo que depende de cuánto conocés a tu público y de cuánto has entendido qué se está esperando como comunidad. Hay obras que pueden conectar con muchas personas de distintas maneras y otras que conectan muy bien con un público específico, que ya sabés que es el que suele visitar estos espacios. También creo que las instituciones tienen que hacer pedagogía hacia su interior. Cuando trabajé en el área de educación en los museos del Banco de la República en Bogotá, tuve la responsabilidad de desarrollar programas educativos y públicos e incluir a poblaciones con distintas discapacidades. Uno de los proyectos buscaba incorporar a sus actividades a un grupo de mujeres de la Red Comunitaria Trans que vivían en un barrio cercano. Ese proceso implicó cuestionar cómo la institución recibía a un público que normalmente no la visitaba. Tuvimos que hablar incluso con el equipo de seguridad, porque ellas se sentían observadas y juzgadas. Fue un proceso muy importante para entender que la inclusión no consiste solamente en abrir las puertas. También implica revisar qué sucede puertas adentro y cómo se comportan quienes trabajan allí.

 

—¿Qué hace que una comunidad alrededor del arte sea algo más que un grupo de personas compartiendo un mismo espacio?

—Creo que hay una diferencia importante entre lo que podemos llamar comunidad y los visitantes. Por ejemplo, un turista visita un museo una sola vez. Eso cambia mucho las lógicas de cómo construir una comunidad, porque sin una persona que viva en la ciudad y que venga en repetidas oportunidades, es muy difícil que exista continuidad. Para mí, una comunidad implica un intercambio de conocimientos, vínculos y afectos, y eso solo puede suceder si hay tiempo de por medio. No con todos los visitantes se construye una comunidad.

 

—Durante mucho tiempo los museos fueron concebidos como espacios de conservación y transmisión de conocimiento. ¿Qué responsabilidades deberían asumir hoy que quizás antes no tenían?

—La gran responsabilidad del arte, y por eso existe, es su capacidad de hablar de temas que en otros tiempos o de otras maneras no sería posible. El arte es una forma de comunicarnos. Por eso, el compromiso del museo está ligado a darle espacio a esas conversaciones. Hay temas que duelen o que no sabemos cómo abordar desde ciertas problemáticas políticas o culturales, y creo que el arte puede hacerlo. Puede nombrar de una manera más abstracta ciertas cosas que nos cuesta decir con palabras. Las instituciones culturales deberían hablar de los temas que nos aterran, pero también de aquellos que nos emocionan. Eso puede suceder a través de las exposiciones y de los programas públicos. También es importante que haya diversidad de discursos y que el museo pueda ser un lugar donde se abordan y discuten las cuestiones actuales.

 

—En el circuito internacional del arte, América Latina suele leerse como una categoría homogénea. ¿Qué queda afuera de esa mirada?

—Que se entienda Latinoamérica como una sola cosa, o que se use ese término que no me gusta nada, “Sur Global”, es una mirada muy colonial. Es entender que esta otra cosa que no conozco es lo otro y, como no lo conozco, lo englobo como una sola cosa. Somos muy distintos. Incluso dentro de un mismo país existen diversas formas de ser, ligadas a contextos muy particulares. Pienso en México, que es un país enorme: el norte es completamente distinto del sur por la situación política, social y geográfica en la que está ubicado. Hasta el clima afecta las producciones y las temáticas artísticas. Al final, si el arte es una representación de lo social y lo político, arraigada a una situación geopolítica, creo que es un error globalizar la producción. Eso no significa que no existan artistas cuya producción tenga una dimensión global. Claro que existen y cada vez los vemos más. No quiero decir que eso no pueda ser o esté mal; son otras prácticas. Creo que tanto los discursos como las prácticas y las narrativas tienen que entenderse desde dónde se cuentan y desde dónde hablan.

 

—¿Cómo imaginás entonces un museo como espacio de encuentro para públicos diversos?

—Hay un ejemplo muy puntual que para mí es muy significativo. En el Museo de Arte Moderno de Medellín, el último viernes de cada mes sucede algo que se llama Noche Extendida. Es un día en que el MAMM, que generalmente tiene una entrada con costo, es gratuito y abre hasta las diez de la noche. A las siete se proyecta una película en su plaza. Es de las cosas más bonitas que he vivido en un museo porque van muchísimas personas de diferentes grupos, edades y barrios. La gente lleva comida para hacer un picnic y se encuentra con sus amigos allí. Las películas suelen ser para toda la familia; no necesariamente son cine de arte, aunque a veces sí. También hay lugar para otras expresiones: festivales de música o clases de yoga. Creo que hacia ahí debemos apuntar: que los museos sean lugares donde la gente se sienta bienvenida. Que sea un espacio para bailar, pero también para ver una película, para discutir, para pensar o simplemente para estar con tus amigos. Tenemos que ampliar las posibilidades de lo que sucede en ellos. Hacia allá me gustaría que siguieran yendo.

 

 

 

 

 

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