Sus pinturas, como en una lección de biofilia, recuperan el paisaje como interlocutor vivo que narra el peso emocional del mundo, en un retorno místico a la intimidad y la pausa.
Hace tres siglos que la fábrica de pasteles artesanales Henri Roché, utilizados por artistas como Degas y Monet, sigue vigente en el mundo del arte con su oferta de más de dos mil colores.
Agujeros negros y un líquido oscuro que avanza deborando todo a su paso son el hilo conductor de una obra que indaga el vacío metafísico de una era post apocalíptica.
Las pinturas y objetos de la artista franco-vietnamita componen espacios densos en los que habita el extrañamiento y una inquietante domesticidad, entre la seducción cosmética y la repulsión visceral.
Uno de los más grandes del arte occidental y exponente central del Siglo de Oro neerlandés, su legado trasciende las obras que se conservan y su figura continúa creciendo entre el genio y el mito.
Composiciones geométricas de precisión arquitectónica, formas que oscilaban entre lo microscópico y lo cósmico, y habitan mundos sensibles e improbables.
La pintura como imagen y procedimiento, que se acerca a una síntesis de las formas, a la variabilidad de los soportes y a un abordaje simbólico en el tratamiento del color.
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