Inflación, deuda y deseo: Apuntes sobre una noche en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario

¿Periodismo performático o performance periodística? `Un diario nocturno con quince reflexiones luego de pasar una noche en solitario en el sexto piso del museo rosarino.  
Por Manuel Quaranta
Registro de la instalación efímera que armó Manuel Quaranta para su pernocte performático en el museo macro la noche del lunes 28/09/26. Registro de la instalación efímera que armó Manuel Quaranta para su pernocte performático en el museo macro la noche del lunes 28/09/26.

 

Antes que nada

Agradezco al equipo del macro por permitirme pasar una noche en el museo y, sobre todo, por confiar en que de esa ocurrencia podía surgir algo más que una bonita anécdota. 

Este texto intenta narrar algunos episodios que tuvieron lugar durante la estadía. Veremos si de la narración se desprende algo parecido a una experiencia.

 

1

El proyecto de pasar una noche en el museo despierta sentimientos encontrados. El museo no es una casa, ni un hotel, ni una pensión. Allí se alojan obras de arte, y, por lo visto, la convivencia nocturna entre ellas y el ser humano tiene sus bemoles. Por eso, con la llegada del crepúsculo, los museos cierran sus puertas a las visitas, sean empleados o público general (salvo en la “noche de los museos”, pero esa es la típica excepción que confirma la regla). 

Cuando cuento mis planes la gente que me quiere se alerta: ¿Qué vas a comer? ¿Podés llevar agua? ¿Dónde vas a dormir? Me resulta extraño el grado de preocupación porque el lapso de tiempo es sólo doce horas. ¿Ellos se levantan a medianoche para devorar una ensalada o prepararse un guiso? Además, parecen ignorar que soy un sujeto que no se caracteriza, precisamente, por comer con frecuencia y en abundancia –aunque como–, ni dormir lo necesario –aunque duermo. 

 

2

Al momento de la despedida mi madre recomendó: “cuidate mucho”, como si mi destino fuera el Frente Oriental; mi novia, en cambio, fantaseó con un viaje espacial (¿deseo oculto?) y un amigo sugirió que podía hacer el vivo de Instagram y luego abandonar el museo, “total nadie se va a dar cuenta”.  Pero justamente, le aclaré, lo que quiero es pasar la noche ahí; esa es la gracia, el don, la travesura; doce horas solo, si omitimos la presencia de un guardia que nunca vi, una presencia ausente, quizás el modo que pergeñaron las autoridades para contenerme en los límites del espacio pactado, como aquel guardián de El proceso de Kafka que prometía estampas mucho más amenazantes que la suya en caso de que el campesino se atreviera a cruzar la puerta de entrada a la ley (la advertencia vernácula era que en la planta baja había una alarma). (1) 

 

3

La elección de la sala fue sencilla. Desde el macro habían ofrecido el  4° piso, pero en la visita de reconocimiento, nos miramos con Roberto Echen (director artístico) y al unísono, sin hesitar, concluimos, es éste, el 6°, tomando en cuenta el tipo de obra expuesta: escultórica, instalativa, más propicia para la acción que una sala tradicional, con pinturas colgadas en el interior del cubo (2) blanco. De todas maneras, ambos pisos (incluido el 5°) forman parte de la exposición A favor de la fantasía, en contra de la inflación, curada por Leandro Comba, Georgina Ricci y Adrián Radicci. La muestra gira en torno a la cuestión (y al peso) de la deuda (3): un préstamo que otrora representaba la chance de imaginar un futuro mejor se ha convertido hoy, lisa y llanamente, en una condena (vuelve Kafka, no nos abandonará nunca). (4)

 

4

Al mediodía me enteré de un dato de color: alerta amarilla de 20 a 8. El mismo rango horario de mi estadía. Festejé interiormente porque entendí que contaba con la complicidad de los astros para sumarle riesgo (si bien moderado) al desafío. 

 

5

Adentro es otra cosa. En realidad, media hora después me veo compelido a detenerme en las obras, prestar atención, obsesionarme. Exactamente lo contrario de los ínfimos tres segundos que, aseguran los estudiosos, el público promedio emplea en la contemplación de las piezas. En especial los turistas ansiosos por huir del museo como de la peste. Ese celo obligado me permitió observar, por ejemplo, que en el margen inferior izquierdo del fotomontaje de Juan Beccar Varela aparece un cartel de heladería Munchi’s ofreciendo el kilo de helado a $30, era el año 2008. En octubre de 2026, el mismo producto cuesta $23000, es decir, 766,67 veces más, lo que da una inflación total acumulada de 76566,67%, con una tasa anual promedio de 44,63% durante los 18 años. (5)

La pregunta que brota, en el principio de la noche, es cómo afecta la percepción semejante escala inflacionaria (6), ya que el aumento sostenido de precios no significa sólo un adelgazamiento de los bolsillos, sino una forma (bastante ominosa) de experimentar el mundo. (7)

 

6

Soy, con toda evidencia, el único humano en la sala que siente la respiración de las obras: el rostro de una joven que observa consternada o afligida (¿llora, transpira?) no sabemos qué o a quién (Rosalba ), un hombrecillo aprisionado hecho a base de pequeñas perlas (Karina El Azem), la pintura que celebra irónicamente la creatividad (8) (Hernán Marina) o los mosaicos montados con fragmentos de tarjetas de crédito (César Baracca). Lo raro es que de a poco las obras van cediendo su imagen al nombre de los artistas (Lux Lindner, Marta Minujín, Thibon de Libian) y la soledad se diluye (en parte) frente a la inasible compañía.

 

7

1.26 de la mañana. Llueve a cántaros. La alerta amarilla cumple con su palabra. Los efectos sonoros del viento son precisos e imprecisos a la vez. Me concentro en la cámara de seguridad (9) y la fantasía se desata: las obras del sexto piso amanecen destrozadas. Rechazo mi participación en la comisión del delito, pero las autoridades aseguran que está todo grabado. Soy el hombre del hacha. No tengo salvación: es mi palabra contra la imagen. 

 

8

Una frase subrayada en la Fábrica del hombre endeudado funciona como epígrafe ideal de Medio celeste (2002), la pintura de Martín Kovensky que enfatiza cómicamente la manipulación mediática (sea de políticos, periodistas o empresarios): “Imaginemos por un instante lo que pasaría si los medios tuvieran el valor de decir la verdad y reemplazaran en toda ocasión el enunciado ‘rescate a Grecia’ por ‘rescate a los bancos franceses y alemanes’: nos moveríamos en un marco político muy distinto”.

 

9

37738. Gastón Miranda es un video performance de menos de diez minutos, filmado con una sola cámara y de estética casera. 

El prólogo reproduce la conversión de Miranda en empleado: el joven se saca la ropa, se pone el uniforme, pronuncia el número de legajo, “37738”, su nombre (aquí se revela la primera metamorfosis, de nombre a número) y se apresta para hacer la recorrida diaria por el local de la empresa Blockbuster, que acaba de despedirlo. 

En el trayecto Miranda revisa y acomoda las películas, completa las estanterías y, de repente, rompe un cartel, hace burbujas con un aparatito, tira cajas al suelo. Antes de terminar la faena llama al banco (Santander) y una voz metálica le da el magro saldo: “Un peso con un centavo” (año 2010). 

Los actos vandálicos perpetrados por Miranda son infantiles, casi graciosos, ¿venganza? ¿Paso de comedia? Con seguridad, un empleado furioso (10) cometería actos mucho más lesivos contra la propiedad de la empresa (recuerden, si no, a Michael Douglas en Un día de furia). 

El artista ejecuta maniobras que jamás cruzan la frontera del crimen: un juego de niños ante la injusticia. Una broma para deleite del espectador, un guiño que reclama complicidad; aunque el humor se oscurece por la inquietud de una trampa. Las sensaciones se mezclan: hay angustia en la sonrisa, gracia en la desazón; predomina la mirada irónica (en particular sobre sí mismo). 

Si yo hiciera el 10% de los destrozos, me denunciarían por daños y perjuicios.

 

10

Gobernar a través de la deuda: “El capital no necesita mediación alguna porque, al no estar amenazado, no tiene ningún motivo para pactar con nadie. La relación de fuerzas le es en extremo favorable. Puede hacer prácticamente todo lo que se le ocurra”. Entonces, me pregunto viajando hacia el final de la noche, ¿el arte podría actuar como dique de contención? Pero ¿no sería demasiado reclamarle esa tarea? 

 

11

Los bastidores intervenidos por Diego Melero son enormes (200 x 300 x 70 cm cada uno y 70 cm de abertura), al menos para esta sala y varias veces tuve miedo de chocármelos. La obra proviene de una performance realizada en Rosario, en la esquina de Córdoba y Corrientes frente al edificio de la Bolsa de Comercio, el 27 de agosto de 2007. En el techo a dos aguas que forman los paneles se leen frases relacionadas al conflictivo financiamiento de los sectores medios en Argentina. El título es un ensayo en sí mismo: El endeudamiento creciente de los pequeños productores agropecuarios, cuentapropistas urbanos y asalariados, por la plutocracia del mercado de crédito de los grandes propietarios territoriales y los financistas top.

 

12

4.06, 4.11, 4.22. Desvelado, cambio de posición en el puf donde trato de dormitar. La pintura de Rosalba Mirabella me queda a la derecha, luego a la izquierda, también la miro en diagonal, de abajo para arriba y viceversa. Dependiendo de la perspectiva (y de la luz, “¡más luz!”), a la joven se la ve preocupada o como ausente. Es un juego. Me tapo un ojo, me tapo el otro. No logro determinar el sentido de las cosas.

 

13

Se me ocurre hacer un video sobre las vocaciones perdidas, los sueños de gloria enterrados, promesas que alguna vez nos hicimos y que el tiempo fue liquidando. ¿No son una clase de deuda? ¿Anímica, simbólica, afectiva? Tan compleja de saldar como las económicas. Es la deuda con nuestro deseo. Afortunadamente, el arte permite aminorar esa deuda y acercarnos (un poquito) a esa vida que imaginamos. No una vida ideal. Porque el arte también tiene sus miserias, pero es un campo en el que nuestro tiempo vuelve a pertenecernos. Por eso estoy acá, en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario, el martes 29 de septiembre a las 5.28 de la mañana.

 

14

En alemán, deuda y culpa se anuncian con la misma palabra: Schuld. 

La única culpa posible, dice Lacan, es estar en deuda con nuestro deseo. 

 

15

Escucho el ascensor. Tiempo cumplido. Vienen por mí. 

 

 

 

Notas 

1. En Inside (2023), la opera prima de Vasilis Katsoupis, un ladrón de obras de arte, interpretado por Willem Dafoe, queda atrapado en la casa de un coleccionista después de activarse un sofisticado sistema de seguridad. Todos los intentos de escapar son infructuosos. El ladrón está solo y espera. Sediento, hambriento. La estancia se vuelve pesadillesca. 

2. En algún pasaje de la noche se presentó a mi mente Cube (1997), la película de Vincenzo Natali. No sé por qué. Quizás porque el museo, a las cinco de la mañana, se parecía menos a un cubo blanco que a un cubo a secas, cerrado sobre mí, con espacios a los que no podía acceder pero que prometían misterios y ruidos de los cuales desconocía su origen. Me sentí atrapado dentro de la película, pero fueron minutos, segundos quizás, algo normal, pas grave, como dicen los franceses.

3. El acrónimo del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario es macro, coincidente con el del banco de capitales argentinos y sólo lo separa una letra del nombre del supermercado (Makro).

4. Como conocía el tema de la muestra de antemano llevé dos clásicos de la última década: La fábrica del hombre endeudado y Gobernar a través de la deuda; ambos de Maurizio Lazzarato, publicados en 2011 y 2014 respectivamente, en francés, idioma en el que escribe el filósofo italiano.

5. Otra obra que, con el correr de los años, demuestra la expansión del fenómeno inflacionario es Macrocash, de Cristian Segura. El artista construye una réplica del macro con billetes y monedas que suman $500. Monto irrisorio en la actualidad, que no alcanza siquiera para comprar tres caramelos. Más revelador aún: si rompiéramos la cúpula de acrílico que protege el edificio y pretendiéramos gastar el dinero no sería posible ya que los billetes y las monedas utilizados perdieron el curso legal. Por último, los $500 a valores actuales equivalen, aproximadamente a $480.000. El contexto es todo.

6. Una de las grandes novelas argentinas (por lejos) que trató la cuestión inflacionaria es Historia del dinero, de Alan Pauls. Situado a finales de los ochenta (la híper de Alfonsín), el narrador recuerda: “Los precios cambian de la mañana a la noche, de hora en hora, a veces dos o tres veces dentro de la misma hora. En ocasiones vuelve del corralón de materiales con las manos vacías, sin haber podido comprar nada. ‘No tenemos precio’, le dicen. En otras, muy a menudo, cuenta la plata que deberá pagar mientras hace la cola frente a la caja, pero al llegar a la ventanilla debe calcular todo otra vez. El precio ha trepado un diez, un quince, a veces un veinte por ciento, y eso en el lapso ínfimo, no más de diez, quince minutos, transcurrido entre la última remarcación y el momento en que le toca pagar”.

7. Retomo el título de la muestra. Por un lado, la inflación conspira contra la posibilidad de proyectar un futuro (la fantasía de un futuro) dado que cualquier referencia al largo plazo queda sepultada, pero la inflación también puede pensarse como una forma de transferencia de recursos de los sectores populares hacia las clases acomodadas. Quienes viven de ingresos que no se actualizan al ritmo de los precios y no poseen activos que funcionen como resguardo pierden capacidad de compra, mientras que quienes gozan de activos, capacidad de fijar precios o instrumentos para protegerse de la inflación pueden preservar (e incluso incrementar) su patrimonio. Por lo tanto es una fantasía (ideológica) creer que la inflación afecta por igual a todos los bolsillos. La inflación nunca es democrática. Dice Lazzarato: “La política neoliberal del Estado opera un doble proceso: una transferencia masiva de ingresos hacia las clases más acomodadas de la sociedad y las empresas, y una profundización de los déficits causados por las políticas fiscales; esos déficits se convierten, a su vez, en una fuente de ingresos para todos los acreedores que compran los títulos de la deuda estatal”.

8. “La implicación, la movilización subjetiva y el trabajo sobre sí mismo, predicados por el management desde la década de 1980, se metamorfosearon en una exhortación de hacerse cargo de los costos y los riesgos de la catástrofe económica y financiera”. (La fábrica del hombre endeudado). 

9. Me refiero a la cámara colocada por la empresa de seguridad y no a la obra de Nina Kovensky que la emula y devuelve nuestra imagen reflejada.

10. ¿Artista o trabajador? ¿Artista como trabajador? ¿Trabajador como artista? ¿Video aficionado u obra de arte? Quizás el rasgo más interesante de la obra de Miranda sea el imposible encasillamiento. 37738 posee una ambigüedad tal que cualquier intento de colocarlo dentro de una categoría resulta infructuoso, y prueba de esto son las disímiles reacciones que provocó en el público.

 

 

 

 

 

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