Marcos López: “La precariedad me interesa como poética”

Artífice de estilos como pop latino y sub-realismo criollo, de los cuales se erigió como referente absoluto y son su sello inconfundible, hoy se corre de la fotografía para incursionar en la pintura, con obras que mantienen vigente su particular originalidad iconoclasta.
Por María Paula Zacharías

 

Marcos López vive en permanente reflexión sobre su vida y su obra, con casi cuatro décadas de carrera. El artista nacido en Santa Fe es un vecino más en Barracas, con amistades en cafés y anticuarios. Le gusta deambular, encontrar materiales para sus obras pictóricas o personajes para sus fotos. Aunque, ahora, más que nada le gusta pintar: “Me cansé de fotografiar porque pienso que los grandes temas ya los he fotografiado, y bien. Me aburrí. Se me ocurrió juntar fotos viejas en los mercados de pulgas como La Lagunilla de México y los de San Telmo, y me puse a pintarlas. Mi gran deseo es ser pintor”, explica.

 

–¡El Rey del Pop Latino! Permitime ser grandilocuente, porque sos uno de los fotógrafos con más sello de autor, más identificable, con la imagen más pregnante. Tu nombre es sinónimo de un estilo, de una estética y también de un prestigio porque tu obra está en el Reina Sofía, en la colección Daros de Suiza y en la Tate de Londres. Una serie de conceptos a construidos que vos ahora estás deconstruyendo...

–El pop latino me lo tengo que aguantar porque supuestamente lo inventé yo. Es como un Frankenstein que largué a caminar y ahora camina solo. Creo que hay dos generaciones que me mandan fotos por mensaje privado de Instagram y me dicen "Marcos, mirá las fotos que hice inspirado en vos". Entonces ponen patos inflables, chancletas, pelopinchos... ¡paremos con las chancletas! Por otro lado, no me quejo porque a veces me pasan cosas como que me llaman para la dirección de arte de la Fiesta Nacional del Sol de San Juan, suponete. Voy y ya me dicen "por acá tenés que poner la manguera, la chancleta, la pelopincho, el chorizo volando". Agradezco a la Virgen de Guadalupe que me gano la vida con el pop latino. Tampoco creo que tenga mucho que ver con el pop art, alguna vez quedó ese nombre que creo que tiene que ver con lo popular. Sí, pienso que mi trabajo es absolutamente nacional y popular, no es nada hermético. En varias muestras grandes que hice en el CCK o en Centro Cultural Recoleta, el guardia de sala o la ascensorista me felicitaban porque los emocionaba mi obra. La especialista en arte latinoamericano de Harvard lo puede analizar, también.

 

–Es inevitable.

–A veces no me sale otra cosa. Voy con el auto, por ejemplo, por autopistas de Zona Oeste y puedo llegar a hacer una infracción de tránsito por salir para fotografiar un supermercado chino que tiene un Chevy anaranjado en la puerta. A veces digo "lo dejo pasar. Ya lo hice 500 veces". Y otras veces, no lo puedo dejar pasar, es un regalo. 

 

–¿Estuviste por Corrientes?

–Me contrataron del gobierno de Corrientes para hacer junto a otros dos fotógrafos tres libros sobre temas de los Esteros del Iberá. Hacía mucho que no viajaba con la pandemia y a mí me tocó fotografiar altares populares que tiene la gente en las casas. Hay verdaderas joyas. Parece que los jesuitas cuando escaparon de Brasil venían con un grupo de indios guaraníes y trajeron estatuas que tienen 300 años, y de repente están en casas particulares, al lado de un chanchito de porcelana que es alcancía. A mí me sigue emocionando. Hay una frase que escribió Alan Pauls: "A Marcos López no le interesa el subdesarrollo; le interesa la textura del subdesarrollo". Yo hablo del mantel de hule, que me parece que se lo robé a Leonardo Favio. Él iba a hacer un libro de poesía, que se iba a llamar Mantel de hule.

 

–Leonardo Favio es muy Marcos López o viceversa, ¿no? 

–Y... vi cerveza también. Ya no se puede más parar en las rutas; lo único que hay son las YPF que tienen todas esas comidas horribles. Pero me gustaba parar en un bar y que la dueña o la camarera te limpiara el mantel de hule con un trapo húmedo de dudosa pulcritud, y uno apoyara el codo o el antebrazo en el mantel húmedo. En esos milímetros cuadrados de apoyo de antebrazo en hule está la cosa. Yo lo limpio con una servilleta cuando la mujer no me mira, para que no se ofenda porque es muy maleducado. Pero en ese mojadito, ahí, creo que está situado el espíritu de mi obra.

 

–Esa es la textura de la que habla Pauls.

–Nosotros vivíamos en un pueblo cuando yo era chico, en Gálvez, provincia de Santa Fe. Había calles de tierra, mi padre era ingeniero y mi madre era maestra. Entonces, para ir al cine que quedaba, supongamos, a cuatro cuadras, los días de lluvia, mi madre llevaba en una bolsa de plástico los zapatos que se ponía en la puerta del cine, porque los otros estaban embarrados. Toda esta textura está también en los actos escolares, en la decoración. Nos llevaba a los actos, preparaba los discursos del 9 de julio, el 25 de mayo. Era una escuela técnica profesional para mujeres, que creo que había creado Evita, donde se enseñaba corte y confección, bordado a mano, bordado a máquina. La muestra de fin de año sería como una muestra del Centro Cultural Rojas de los años 90, pero mejor. Indudablemente, eso yo creo que lo he tomado para mi obra. Después lo mezclé con Jeff Koons, Warhol, Almodóvar y todo ese remix de influencias.

 

–Hablemos de tu etapa actual, que es Clásica y moderna, la muestra que estuvo en el Centro Cultural Borges, que es otra etapa de tu vida y tu obra. Es un poco volver a ese Santa Fe, a esa religiosidad de la que hablábamos recién, pero desde otra mirada y desde otras herramientas que son la pintura y la apropiación de la foto ajena.

–Me cansé de fotografiar porque siento que todo lo que vi ya lo fotografié muchas veces. Por otro lado, cada vez me gusta más pintar. Estoy pintando al óleo, telas grandes en mi casa. Me levanto y me pongo a pintar. Por otro lado, vino la pandemia. Yo vivo en San Telmo y me hice amigo de todos los anticuarios porque me puse a pintar sobre fotos antiguas.

 

–¿Los temas?

–No sé si yo fui a los temas o los temas vinieron a mí. Tienen que ver con mi educación católica, patriarcal, autoritaria, de provincia, conservadora y todos los adjetivos. Casamientos para toda la vida, comuniones... Yo soy un artista muy culposo y tengo mucha autocensura. El otro día, me dijo mi productora Julia, que armó conmigo esa muestra: "Marcos hicieron muy bien el trabajo los curas que te educaron en Santa Fe". Porque a veces me pongo a pintarle unos cuernitos al novio de la foto, como una travesura infantil; y después viene otra voz que me dice "Marcos, pobre tipo, qué derecho tenés a hacerle eso". Después se lo cuento a la psicóloga, y me dice: "Vayamos a otro tema, basta de culpa, basta ya". 

 

–Esto viene a ser una especie de surrealismo precario, dijiste por ahí.

–La precariedad me interesa como poética. Un surrealismo mal copiado a los franceses. El otro día leí una nota de Graciela Iturbide en El País de Madrid donde decía que los franceses a la fotografía latinoamericana la catalogan de realismo mágico, y es algo discriminatorio porque acá es así. No es mágico. Yo a veces hablo de surrealismo criollo. A veces uno se ve en la obligación de ponerle nombre a las cosas. Por ejemplo, esa muestra salió rapidísimo, en quince días. Me dicen, "Marcos está el lugar, hay que poner 180 cuadros o fotos". Y puse piezas únicas, que no tiene la característica de la fotografía que es la repetibilidad. 

 

–Esto es una cuestión de mercado. Como Marcelo Brodsky, que también hace sus piezas únicas a partir de fotografías de otro. Bueno, él creo que hace impresiones digitales, y las tuyas son vintage. Él paga derechos de autor y vos comprás las fotos en anticuarios. 

–Esta es otra diferencia, las compro o se las cambio por algo. En un momento tenía cajas y ya me había aburrido de pintar fotos. Y cuando me invitaron a esa muestra había que ponerle un título y dije Clásico y moderno. Después tenés que salir a defender ese título: las fotos clásicas, las pinturas, modernas, podríamos decir. 

 

–Un guiño a Natu Poblet, y su legendaria librería de Callao.

–A mí me apasiona agarrar el clavo y el martillo y empezar a improvisar sobre la pared, casi como si fuera la tela de un pintor. Después se me ocurren cosas. Una vez se armó un lío en el Centro Cultural Recoleta porque había hecho una muestra muy grande, que se llamó Debut y despedida, donde hice una falsa calavera de Damien Hirst, pero yo compré diamantes del Once, claro. Voy a la muestra y no me gustaba cómo quedaba. Me dije "esto es una porquería", y me la metí en un bolso y me la llevé, y no le avisé a nadie que me estaba llevando la obra. ¡Imaginate la gente de seguridad pensando que se habían robado una obra!

 

 

 

 

 

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