Jueves, 11 Junio 2026

Solana Chehtman: "La pregunta no es si el arte transforma un territorio, sino para quién" 

La productora cultural argentina afincada en Nueva York comparte sus ideas sobre el arte como medio de inclusión para intervenir la realidad y modificar nuestra manera de pensar.
Por Candelaria Penido
Foto: Liz Ligon Foto: Liz Ligon

 

Formada en ciencias sociales y con un recorrido inicial en políticas públicas, Solana Chehtman llegó al mundo del arte desde un lugar ajeno a su circuito habitual. Tras su paso por instituciones como The High Line y The Shed, hoy es directora de Programas para Artistas en la Joan Mitchell Foundation. Desde que comenzó a trabajar con artistas, dice, el mundo se volvió un poco más colorido. En un presente donde la vida cultural parece medirse en términos de circulación y visibilidad, Chehtman desplaza la pregunta hacia otro lugar: qué experiencias siguen siendo capaces de generar comunidad y construir memoria compartida.

 

—A diferencia de quienes llegan al arte desde la práctica artística o la historia del arte, vos te acercaste desde las ciencias sociales. ¿Qué te permitió pensar desde ahí, que no encontrabas en otros campos? 

—Durante mucho tiempo pensé que las herramientas para intervenir sobre la realidad estaban principalmente en el ámbito de las políticas públicas. Con el tiempo descubrí que el arte también podía ocupar ese lugar. Lo que me interesa no es solamente su dimensión estética, sino su capacidad para generar preguntas, abrir conversaciones y conectar experiencias que de otro modo permanecen aisladas. Por eso suelo pensarlo más como un medio que como un fin: un espacio donde es posible ensayar otras formas de mirar, comprender y relacionarnos con el mundo. Me gustaría retomar la idea de un teórico que concibe al arte como espejo y ventana: un espejo para verse reflejado y una ventana para conocer más de otros. Creo que en esa doble condición reside una parte importante de su potencia social.

 

—¿Qué hace que una experiencia artística deje huella?

—La relevancia. En el arte, entendido como storytelling —como forma de contar historias—, tiene que existir algún punto de conexión que despierte curiosidad, emoción o reflexión. Cuando eso sucede, la experiencia permanece y puede modificar la manera en que pensamos. Muchas veces se entiende en términos de contemplación, pero a mí me interesan especialmente las experiencias que exigen algún grado de participación. No necesariamente participación física, sino implicación. Lo contrario es una relación superficial, casi como de shopping: pasar de una obra a otra sin detenerse realmente. Cuando una experiencia logra involucrarnos, abre la posibilidad de mirar el mundo desde otro lugar.

 

—El mundo del arte discute cada vez más de acceso e inclusión. Sin embargo, muchas veces parece que el verdadero desafío pasa por la construcción de pertenencia. ¿Cómo pensás esa diferencia?

—Las barreras de acceso existen y es importante trabajar para reducirlas. Pero una vez que alguien cruza la puerta de una institución cultural, aparece una pregunta igual de importante: si siente que ese espacio también le pertenece. Por eso no creo que la respuesta pase por simplificar el campo artístico. La cuestión es cómo generar las condiciones para que más personas puedan encontrar una conexión con las obras y con las conversaciones que proponen. La complejidad no es el problema; el desafío es construir puentes hacia ella. La pertenencia aparece cuando alguien puede reconocerse en una historia, una experiencia o una voz. Ver reflejadas comunidades diversas dentro de una institución amplía la idea de quiénes forman parte de ese espacio. Y eso transforma profundamente la experiencia cultural: una cosa es poder entrar y otra muy distinta es sentir que uno tiene un lugar allí.

 

—¿Qué posibilidades aparecen cuando el arte sale de las instituciones y entra en el espacio público?

—Aparece el encuentro inesperado. En un museo o una galería existe una decisión previa del visitante; en el espacio público, en cambio, la experiencia puede irrumpir en la vida cotidiana de alguien que no la estaba buscando. Eso transforma la relación entre la obra y su público. De pronto, deja de dirigirse a un grupo que ya comparte ciertos códigos o intereses y entra en contacto con personas muy diversas, cada una con sus propias experiencias y formas de interpretación. Ahí reside gran parte de la potencia del arte público. Genera experiencias compartidas entre personas que probablemente no coincidirían dentro de una institución cultural. También modifica nuestra relación con la ciudad: puede alterar la manera en que recorremos un espacio, llamar la atención sobre historias que pasan desapercibidas o invitarnos a mirar de otra forma un entorno que creíamos conocer.

 

—En muchas ciudades, la cultura aparece como motor de transformación urbana. Sin embargo, esos mismos procesos a veces terminan asociados al desplazamiento y la gentrificación. ¿Cómo pensás esa tensión? ¿Qué diferencia a un proyecto que fortalece una comunidad de otro que simplemente vuelve un territorio más consumible?

—Es una tensión muy presente, especialmente en una ciudad como Nueva York. El campo cultural puede transformar la manera en que percibimos un lugar, atraer nuevas miradas y activar conversaciones. Pero esa misma capacidad puede ponerse al servicio de objetivos muy distintos. Por eso creo que la pregunta importante no es si el arte transforma un territorio —porque de una forma u otra siempre lo hace— sino para quién produce esa transformación. Hay proyectos que buscan fortalecer los vínculos existentes y trabajar con la identidad de un lugar, y otros que terminan convirtiendo esa identidad en un recurso de consumo. En los últimos años me interesó mucho la idea de placekeeping, que propone pensar no sólo en cómo transformamos los espacios, sino también en cómo preservamos aquello que ya tiene valor para quienes los habitan: sus historias, sus memorias y las formas de vida que les dan sentido.

 

—Hablamos mucho de acceso, representación y participación. ¿Qué sentís que todavía queda fuera de ciertas conversaciones culturales?

—Creo que todavía hablamos poco de lo que sucede con las trayectorias artísticas a largo plazo. Existen muchas voces que tienen dificultades para acceder a las estructuras de apoyo, financiamiento y visibilidad que permiten sostener una carrera en el tiempo. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de una exposición o de una oportunidad puntual. Muchas veces se piensan las desigualdades del mundo del universo artístico en términos de acceso al presente, pero también existen desigualdades en relación con el futuro. No todos los artistas cuentan con los mismos recursos para preservar sus obras, organizar sus archivos o construir un legado. Es una cuestión que me interesa especialmente y en la que estoy trabajando, porque la memoria cultural no se conserva sola. Cuando ciertas obras, archivos o historias desaparecen, no pierde solamente ese artista, lo hacemos todos. Porque estamos perdiendo formas de entender cómo llegamos hasta acá y qué relatos forman parte de nuestra historia colectiva.

 

—¿Qué debería seguir protegiendo el arte en un presente donde todo parece medirse en términos de impacto, circulación o visibilidad?

—La memoria. No en un sentido nostálgico, sino como una forma de sostener historias, experiencias y saberes que nos ayudan a entender quiénes somos. Se puede pensar el arte a partir de las obras, pero me interesa pensar también en aquello que estas permiten transmitir. La creación artística mantiene vivas miradas sobre el mundo, relatos y experiencias que de otro modo correrían el riesgo de desaparecer. Creo que una de sus funciones más importantes es hilvanar generaciones: conectar lo que ocurrió antes con lo que viene después. Porque toda cultura se sostiene en historias compartidas.

 

 

 

 

 

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