Martes, 14 Julio 2026

Blanca de la Torre: "Necesitamos urgentemente relatos nuevos”

Frente a un presente marcado por la incertidumbre, la directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno habló sobre la capacidad del arte para abrir preguntas y ensayar otras formas de relacionarnos con el mundo.
Por Candelaria Penido
Foto: Juan García Foto: Juan García

 

En tiempos donde la urgencia parece imponerse sobre la capacidad de pensar otros escenarios, Blanca de la Torre insiste en una idea central de su mirada sobre el arte: las obras no deberían limitarse a describir las crisis del presente, sino ayudarnos a imaginar aquello que todavía no existe. No se trata de negar la complejidad del mundo, sino de preguntarnos qué relatos somos capaces de construir a partir de ella.

Después de más de dos décadas trabajando entre museos, bienales e instituciones de distintos países, la directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno ha desarrollado una práctica atravesada por la ecología, la accesibilidad y la construcción de conocimiento como formas de pensar la creación contemporánea y su relación con el mundo. Desde hace años investiga los vínculos entre prácticas artísticas y crisis ecosocial, no solo en el plano discursivo sino también en las metodologías y formas de producción. Su reciente paso por Argentina, invitada por el Centro Cultural de España en Buenos Aires, en un ciclo organizado junto con Fundación WilliamsLa EscuelitaOficina de ProyectosCentral Affair y Fundación arteba, abrió el marco para esta conversación, en la que reflexiona sobre el lugar que ocupan hoy los museos, la responsabilidad de los relatos y la capacidad transformadora del arte para ensayar otros modos de habitar el mundo.

 

—¿Qué te conmueve hoy en el arte?

—Me conmueven los proyectos que interpelan desde las posibilidades y las alternativas. Para mí es muy importante que el sentido crítico no vaya acompañado de escenarios distópicos o apocalípticos, sino de propuestas. Me interesan los artistas que ensayan futuros posibles, que invitan a mirar el mundo desde otro lugar y a pensar cómo queremos habitarlo. También me atraen las obras capaces de activar otros sentidos, que van más allá de lo puramente visual, o aquellas que incorporan elementos orgánicos o vivos. Si pienso como institución, sobre todo, busco proyectos que puedan llegar a personas muy distintas entre sí. Me importa que una pieza tenga múltiples capas de lectura, que pueda conmover tanto a alguien que nunca se acercó al arte contemporáneo como a quien lleva años vinculándose con él. La accesibilidad y la inclusión son dos principios fundamentales para mí.

 

—Vivimos un momento atravesado por transformaciones sociales, tecnológicas y ambientales muy profundas. ¿Qué puede ofrecer hoy el arte que no ofrecen otros lenguajes?

—El arte tiene una capacidad impresionante para crear nuevos relatos. Y precisamente en un momento tan crítico como el que vivimos, necesitamos urgentemente relatos nuevos. 

 

—¿Seguimos necesitando al arte?

—Sí, para comprender el mundo y también la manera en que nos relacionamos con él.  Creo que comprender está profundamente ligado a transformar, porque la transformación nace de la capacidad de inspirar. Ahí es donde el arte sigue siendo fundamental. Yo confío profundamente en su poder transformador.

 

—Si el arte tiene ese poder transformador, ¿también tiene responsabilidades?

—Debe existir una libertad absoluta para crear. Lo que a vos te conmueve no tiene por qué ser lo mismo que me conmueve a mí. Un simple pétalo cayendo puede convertirse, para alguien, en el momento más poético de su vida. El arte también sucede en esa relación subjetiva con las obras. Dicho esto, sí considero que tenemos una responsabilidad en la manera de contar y de construir los relatos. Por eso me interesan mucho más las creaciones que abren alternativas que aquellas que solo reproducen escenarios apocalípticos. En el ámbito de la crisis ecosocial, por ejemplo, me parece que es mucho más fácil instalarse en el pesimismo que buscar otros caminos. Mostrar únicamente el desastre puede conducir a la parálisis y al inmovilismo. Además, la negatividad también se contagia. Yo no voy a un museo para salir deprimida; voy para salir siendo una persona mejor.

 

—La figura del curador ha ganado cada vez más visibilidad en las últimas décadas. ¿Cómo entendés hoy el rol de la curaduría?

—Me parece una figura esencial para hilvanar esos relatos. La curaduría consiste en construir una narrativa y generar esos cortocircuitos que nos colocan en un lugar distinto desde el cual mirar las cosas. Muchas veces no tiene que ver únicamente con las obras, sino también con los espacios intermedios, con las elipsis que se producen entre una y otra. Estos pueden ser tan importantes como las propias piezas para articular un sentido.

 

—¿Cuál creés que sigue siendo la función irrenunciable de un museo o un centro de arte?

—No es exactamente la misma. La función principal de un museo es preservar el conocimiento: el pasado, el presente y también el futuro. Me gusta pensar que los museos trabajan con futuros. Hablamos de patrimonio público y, en mi caso, de patrimonio social, y toda la estructura del museo está organizada alrededor del estudio, el conocimiento y la preservación de ese patrimonio. Al mismo tiempo, tanto los museos como los centros culturales tienen la responsabilidad de generar experiencias artísticas y culturales. Me interesan especialmente esos espacios más porosos, donde se produce conocimiento crítico y donde las personas pueden relacionarse con el arte desde distintos lugares.

 

—En ese contexto, ¿el arte necesita además ser útil?

—Siempre pienso en La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine. El arte siempre ha sido útil. Si no lo hubiera sido, probablemente no habría sufrido episodios de censura desde los orígenes de la historia del arte.

 

—Hasta ahora hablamos de la creación artística como una herramienta para pensar otros futuros. En tu trabajo, la cuestión ecológica ocupa ese lugar desde hace muchos años. ¿Sentís que el campo artístico también está encontrando nuevas maneras de relacionarse con ella?

—Sí. Ese cambio ha sido enorme. Ya desde los años sesenta muchos artistas trabajaban la relación entre arte y ecología, pero eran casos mucho más puntuales. Hoy, en cambio, la crisis ecosocial atraviesa las investigaciones de muchísimos artistas y eso me parece muy positivo. También cambiaron las formas de trabajar. Antes era excepcional encontrar proyectos verdaderamente transdisciplinares, donde el arte dialoga con la ciencia, la biología o la arquitectura. Hoy esas colaboraciones son mucho más habituales y permiten abordar estas problemáticas desde perspectivas mucho más complejas.

 

—¿Qué implica hoy hablar de sostenibilidad dentro de una institución cultural?

—Implica, antes que nada, asumir contradicciones. Ser cien por ciento sostenible no existe, y es importante reconocerlo para evitar cualquier forma de autoengaño. Lo importante es saber hasta dónde podemos llegar y seguir avanzando. En una institución, la sostenibilidad no puede reducirse a una serie de gestos visibles. Tiene que formar parte de un plan sistémico que involucre a todos los departamentos. Muchas de esas transformaciones son invisibles y requieren tiempo, pero también hay decisiones concretas: utilizar materiales más naturales, evitar derivados del petróleo, reducir, reutilizar y preguntarnos constantemente si realmente necesitamos producir algo nuevo o si podemos trabajar con lo que ya existe.

 

—Al principio decías que una obra debería poder conmover tanto a quien nunca entró a un museo como a quien lleva años visitándolo. ¿Sentís que el propio mundo del arte, a veces, conspira contra esa idea?

—Sí, en el mundo del arte hemos caído en eso muchas veces. Existe una retórica demasiado compleja. ¿Por qué escribir un texto que solo va a entender un pequeño grupo de personas si podés escribirlo de una manera más simple y llegar a más gente? Las ideas complejas no tienen por qué desarrollarse de manera complicada. Al contrario, ahí está la clave. Los grandes temas pueden contarse de forma sencilla porque, en realidad, nos atañen a todos.

 

—Muy pocas personas eligen mirar el presente desde un lugar tan orientado hacia las posibilidades. ¿Qué es lo que más esperanza te genera hoy?

—Ya el mero hecho de levantarme por la mañana, mirar por la ventana y que me dé la luz en la cara me genera esperanza. El hecho de estar viva. Yo soy muy de fijarme en lo pequeño y esos pequeños detalles me hacen feliz. Respirar cada día ya es un lujo, así que ¿por qué malgastarlo? En el mundo artístico me pasa algo parecido. Hay determinados trabajos que me hacen feliz; a veces también un fragmento de un ensayo. Pero, sobre todo, me emociona cuando alguien sale de una exposición y me dice que algo cambió, que ahora mira el museo de otra manera. O cuando una persona disfruta una actividad y se toma el tiempo de agradecérnoslo. Ahí siento que todo merece la pena.

 

—Si tuvieras que proyectar el lugar del arte dentro de veinte o treinta años, ¿qué te gustaría que siguiera siendo capaz de ofrecer a las personas?

—Me cuesta mucho anticipar cuál será el mundo dentro de veinte o treinta años. Pero sí me gustaría que el arte siguiera acompañando la vida y ayudándonos a ver las cosas de otra manera. Que siguiera siendo una herramienta de futuro. Me interesa el arte contemporáneo como ese elemento que nos permite dibujar cuál es el mundo que queremos habitar. Si no somos capaces de esbozar qué mundo queremos habitar, va a ser muy difícil que podamos construirlo. Yo creo que el arte es una herramienta, a fin de cuentas, de imaginación política.

 

 

 

 

 

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