Marcelo Martín Burgos

Sus esculturas en bronce pulido son un muestrario de monstruos y demonios que irradian ferocidad y evocan a esos seres que nacen en la imaginación de la infancia.

Marcelo Martín Burgos nació en La Plata en 1971. Dice Marrcelo sobre su biografía.

“En mi trabajo se puede ver claramente, al menos para mí, que intento crear amigos, protectores y compañeros a mi yo infantil. Para explicar el origen de estos seres necesito hacer una pequeña recapitulación hasta el momento en el que aparecieron en mi vida.

Cuando era pequeño vivía con mi familia en un orfanato en Tandil, del que mi papá era director. El orfanato era una caja de ladrillos rojos oscurecidos por el tiempo. Nuestra casa era sencilla, pequeña y completamente diferente al estilo del edificio. Era como un tumor anómalo pegado a un lado de la caja. Los huérfanos eran nuestros amigos de la infancia. Recuerdo que su dormitorio era frío y enorme, con techos altos y vigas de madera.

En aquellos tiempos, mi principal fuente de entretenimiento era dibujar. Mi abuelo Esteban solía enviarme cuadernos en blanco por correo, porque vivían en otra ciudad, La Plata. Yo le devolvía estos cuadernos llenos de dibujos. Mis monstruos empezaron a poblar las páginas. No eran aterradores, eran más bien protectores. Me mantenían a salvo de la melancolía, y proyectaban la ferocidad y fuerza que yo mismo deseaba tener. Eran amables con los niños, y los protegían de cualquier peligro. Mis monstruos desconfiaban de los adultos, no les gustaban, un poco como a mi abuelo Esteban. Podían lanzar fuego, tenían la fuerza de un dinosaurio y el olor de sus pedos era tan espantoso que ahuyentaba a los malos espíritus.

Lo único que se mantuvo a lo largo de los años fue mi refugio en el dibujo, lo que de alguna manera se convirtió en profesión. Estudié bellas artes en La Plata, en un colegio conocido por haber albergado uno de los pasajes más oscuros de la dictadura militar. Entré al colegio a la vez que la democracia entraba en nuestras vidas. Era una época luminosa. Con los años entendí que parte de la oscuridad de mi infancia era producto de lo que sucedía en el mundo adulto. Ese bachillerato de bellas artes fue lo que me permitió luego trabajar como ilustrador, diseñador, director de arte y más tarde director cinematográfico. Este trabajo fue lo que me dio la posibilidad de darme lo que yo consideraba el lujo de dedicarme al arte sin necesidad de mostrar ni vender. Tuve siempre la ambición de ser un artista “serio”, perfeccionista, inobjetable. Pero en realidad era un cobarde. Entiendo ahora que no era un lujo, era la soterrada sospecha de no ser suficientemente bueno.

No hace tantos años, estando en una plaza con mi hija en Madrid, miré hacia abajo y descubrí que estaba en medio de un montón de bichos y monstruos dibujados con tiza en el suelo. Inmediatamente recordé los monstruos de mi infancia y el confort que me daban. Aunque ya era un adulto, añoraba esa sensación de protección.

Gracias a la reaparición de estos seres fue que aprendí a aceptar los hechos de mi vida. Pude ver que aquellos dolorosos y confusos recuerdos de mi infancia, eran en verdad hermosos. Convertí los recuerdos de esos dibujos en esculturas sin esfuerzo, con la cabeza vacía y la esperanza de recuperar no sólo esos recuerdos de infancia sino también el pensamiento mágico por el cual les otorgaba poderes y talentos. Quería imbuirlos de la capacidad de despertar esos mismos recuerdos de infancia en quien los viera. Darles el poder de Medusa invertido para que devolvieran la vida a las estatuas.

Son doradas por la conexión con lo espiritual y lo sagrado. Son pulidas como un espejo para que, como en las galerías de espejos curvos de un parque de atracciones el bronce devuelva un reflejo distorsionado y cómico de quien esté mirando. El bronce expuesto sin protección, pátina ni artificio para que el tiempo le afecte, lo ensucie, lo corrompa y envejezca, como le pasa a todo lo que está vivo.

Quisiera que las esculturas puedan ir más allá de la condición de objeto y que la obra en su conjunto entre en el ámbito de lo experiencial, para lo que intentaré crear una obra que pueda ser vivida, y que no sólo se mire. Que despierte en el espectador esos recuerdos latentes de cuando descubríamos el mundo y todo era misterio y fascinación.

La mayoría de las personas hemos perdido la conexión con el niño que alguna vez fuimos y con el genio creativo que en ese momento tenían. Desaprender a dibujar, desaprender el canon e intentar recuperar algo de esa libertad creativa con estrategias rudimentarias y simples: dibujar con la mano izquierda o con los ojos vendados. Nunca hasta ahora se había instalado en mí y en mi entorno esta sensación de incertidumbre sobre el futuro. Vivimos en una distopía que abarca desde una pandemia hasta la posibilidad de que las tan mentadas Inteligencias Artificiales cambien la vida tal y como la conocemos.

Pareciera que la idea del arte como reflejo de la experiencia humana se estuviera diluyendo. El arte fue tanto distracción como abstracción y fue lo que me ayudó a navegar esa infancia que les relataba antes, esa edad en la que por primera vez tuve esta sensación de incertidumbre.

De alguna manera, parafraseando a Melville, lo que para el protagonista era el mar, es para mi el arte, es “el antídoto contra la pistola y la bala”. Es el sitio en el que puedo dar tranquilidad y seguridad a mi vida. Mantenerse humano consistirá en dejar un rastro sucio y desordenado. Me gusta la idea de que nuestro talento como humanos sea cometer errores. Que la belleza esté en el dibujo emborronado y la pintura corrida”.



1 ¿Principal rasgo de tu carácter?

Estoy en Babia el 50% del tiempo.

 

2 ¿Tu principal defecto?

Hablar mucho y preguntar poco.

 

3 ¿Tu ideal de felicidad?

Lograr ser feliz aunque la realidad no se ajuste a mi ideal.

 

4 ¿Tu artista preferido?

Tengo un preferido por semana, más o menos. Esta semana es Grosz, la semana pasada fue Bonnard.

 

5 ¿Un héroe / heroína de ficción?

Cosimo Piovasco de Rondó, el Barón rampante de Ítalo Calvino.

 

6 ¿Cuál sería tu mayor desgracia?

Intento no pensar en desgracias, porque después suceden.

 

7 ¿Tu color favorito?

Aguamarina.

 

8 ¿Cómo te gustaría morir?

Inicialmente, no me gustaría morir de ninguna forma, pero si llegado el caso tuviera que hacerlo, que sea muy viejo, ya cansado por haberlo hecho, probado y visto todo.

 

9 ¿Cuál es el estado más común de tu ánimo?

Una serenidad infundadamente optimista.

 

10 ¿Tienes una máxima?

Una prestada, la “navaja de Ockham”, también conocida como el Principio de la Simplicidad: "La solución más simple suele ser la correcta".

 

 

 

 

 

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