La Tempestad, la magnífica pintura de Oskar Kokoschka

El artista austríaco fue uno de los grandes maestros del expresionismo. Su turbulenta relación con Alma Mahler dio como fruto uno de los cuadros más radicales del modernismo vienés.
Por Gisela Asmundo

 

“La función del arte es revelar la verdad, y probar así que su objetivo final lo posee en sí mismo”.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel

 

El genio rebelde

Oskar Kokoschka nació en 1886 en la ciudad de Pöchlarn, Austria, situada en la ribera del río Danubio. A causa de la industrialización de la época en el centro de Europa, su familia padeció problemas económicos. 

Con diecinueve años ingresó a la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de Viena, donde entre 1905 y 1908 adquirió parte de su conocimiento artístico. Siendo aún alumno, su trabajo se dio a conocer por primera vez en la exhibición Kunstschau, considerada uno de los grandes eventos del modernismo vienés. Fue en ese espacio donde se establecieron las bases de un nuevo grafismo con colores brillantes y letras en negrita para la creación de carteles artísticos. 

La exposición fue organizada por un grupo de artistas conformado por Gustav Klimt, Josef Hoffmann, Koloman Moser, Elena Luksch-Makowsky, Max Oppenheimer,  Schroeder Henry y el mismo Kokoschka, entre otros. Klimt, quien presentó El Beso en dicha exhibición, lo llamó “el talento más grande de la generación más joven”, y por sus cualidades radicales e inquietantes un crítico lo denominó “el jefe salvaje”.

Sin embargo, Kokoschka cosechó tanto alabanzas como indignaciones y no todo fue color de rosa en su carrera. Su alta reputación como artista innovador en el círculo vanguardista también le generó adversidades. En el ámbito artístico, donde se relacionaba con la alta burguesía, no era más que un artista intrascendente, con indudable talento, pero que osaba dinamitar los cimientos del canon artístico conservador establecido por la antigua sociedad vienesa del Imperio Austro Húngaro.

En aquella época, joven y enojado, trataba de mostrarse como una persona imponente, por lo que se puede ver en fotografías. Solía vestirse de manera elegante, pero con la cabeza afeitada, en una rara mezcla que hoy podría definirse como un dandy punk

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Oskar Kokoschka

 

Kokoschka se destacó tanto en sus pinturas como en sus obras para teatro y poemas ilustrados. Entre ellos, se distingue Los Chicos Soñadores, libro de fábulas con textos e ilustraciones, que publicó en 1908 a los veintidós años. Realizado por encargo de la Wiener Werkstätte, en sus manos se transformó en objeto de arte con una historia de amor cifrada. En sus obras escritas para teatro como el drama Asesino, la esperanza de las mujeres (para esta última realizó un cartel llamado Piedad), exploró el subconsciente y el yo oculto del impulso irracional, “la amarga lucha entre la mente y el sexo, una batalla ganada por el sexo”, en sus propias palabras.

Cuando el director de la Escuela de Arte, Alfred Roller, lo expulsó de dicha institución, Oskar fue rescatado por el prestigioso arquitecto modernista, Adolf Loos. El arquitecto fomentó su estilo al incitarlo a pintar retratos de personas tal como las veía. En alusión a este aspecto de su personalidad sensible y perceptiva, Kokoschka comentó en una ocasión: “Ellos dicen sobre mí que yo puedo ver lo que hay debajo de la piel de las personas”.

Loos además le presentó a Herwarth Walden, editor de la revista berlinesa Der Sturm (La Tormenta), un fanático del expresionismo y su atracción por la vida interior en reacción al espíritu decorativo y superficial del Art Nouveau y La Secesión Vienesa. En la revista estuvo dibujando entre 1910 y 1912. “Parecía sacudir el edificio del arte moderno como un terremoto”, escribió el artista de la Bauhaus Oscar Schlemmer sobre Kokoschka.

Por aquel entonces Oskar vivía en una miserable pobreza, hasta que el dueño de una galería, Paul Cassirier, le ofreció un contrato e ingresos que le permitieron participar de la vida social en Berlín.

 

Alma Mahler, la mujer más cautivante de la época

Alma Schindler nació en Viena el 31 de agosto de 1879. Hija de la cantante Anna von Bergen y del pintor paisajista Emil Jakob Schindler, creció en un ámbito cultural que frecuentaban grandes artistas. Después de la muerte de su padre, su madre se volvió a casar con uno de los últimos discípulos de su marido, Carl Moll, uno de los creadores de la Secesión Vienesa.

Su primer beso se lo dio con Gustav Klimt. También tuvo un amor de juventud con su maestro musical, Alenxander von Zemlinsky y otros romances con hombres de la cultura y el arte. A los veintidós años se casó con el prestigioso director y músico de orquesta Gustav Mahler, el cual le llevaba casi veinte años. Antes de morir, Gustav le dedicó dos sinfonías. Durante este matrimonio tuvo un amorío con Walter Gropius, el afamado arquitecto creador de la escuela de arte alemana Bauhaus; quien después de enviudar más tarde, se convertiría en su segundo esposo. El último fue el escritor Franz Werfel. 

 

AlmaMahlerNew.jpgAlma Mahler

 

Cuando Alma entraba en una habitación, las cabezas se volvían. Se decía que su presencia magnética era como “una carga eléctrica” en cualquier reunión. Pero luego de la muerte de una de sus dos hijas y su primer esposo, Alma se sintió completamente destrozada. Así se lo hizo saber en una de sus cartas a su antiguo amante y futuro esposo Walter Gropius.

Instalada en una casa nueva, su vida volvería a dar un vuelco inesperado. En abril de 1912 se encontró por primera vez con Oskar Kokoschka, el pintor de veintiseis años que se había hecho una rápida reputación como el enfant terrible del mundo del arte. Su padrastro, Carl Moll, sugirió que “el pobre genio hambriento” hiciera un retrato de Alma. Ella ya había visto su trabajo en la exhibición de Kunstschau, notando sus diseños grandiosamente concebidos, y por lo tanto, estuvo de acuerdo en posar para él. Invitado a cenar en la casa de sus padres, Kokoschka apareció con varios papeles y de inmediato empezó a dibujar.

Luego de un rato, Alma se empezó a sentir incómoda al ser observada de manera tan aguda, y sugirió tocar el piano. Eligió su pieza musical preferida: Tristán e Isolda, la ópera de Wagner. De golpe Kokoschka comenzó a toser al punto que tuvo que interrumpir su tarea. Apenas podía hablar y parecía incapaz de seguir dibujando. Fue en ese momento cuando se pusieron de pie y se abrazaron apasionadamente. Así se originaba uno de los affaires más estrepitosos de la época.

Kokoschka recordaría: “Estaba deslumbrado por ella, me perturbó… qué hermosa era… qué seductora detrás de su velo de luto”. Alma también se había enamorado del artista salvaje, excéntrico y provocador, y decía: "Oskar es un genio. Lo amo por eso, y amo al niño terco y mal educado que hay en él”. Se volvieron inseparables y él comenzó a enviarle cartas, le escribió más de 400, además de pintarla en varias ocasiones.

 

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El comienzo del ocaso

A pesar de sentirse mutuamente enamorados, en los tres años que estuvieron juntos las diferencias empezaron a notarse. Oskar habría de reconocer, que cuando conoció a Alma, era un joven inmaduro con la costumbre de “darse de lleno contra la pared”, en cambio ella era una mujer madura acostumbrada al lujo y a estar siempre rodeada de hombres que la pretendían. Fueron justamente los celos enfermizos la condena de ese amor. La personalidad obsesiva y controladora del artista terminaron por cansar a Alma.

En sus cartas diarias volcaba su amor apasionado, su adoración posesiva, manifestando una clara dependencia. Aclamaba: “Debo pronto tenerte como mi esposa, de otra manera mi gran talento irá a la ruina”. La celaba cada vez que asistía a la ópera con sus amigos, con la propia memoria de su difunto marido, e incluso controlaba su manera de vestir.

Después de años de haber sido descuidada por Mahler, ahora Alma se encontraba ante la atención absorbente de Kokoschka y un amor que la consumía. En un momento sintió que era necesario alejarse de Viena por un par de semanas y emprendió un viaje junto con su hija Gucki para Scheveningen, dejando a Kokoschka solo y totalmente apático. Luego confesaría a su amigo Joseph Fraenkel: “No sentí que esto fuera desleal a Oskar, él ya estaba muy lejos de mí. Solo quería aclararme una vez más que todo había terminado entre nosotros”.

Alma había quedado embarazada y aunque todavía se sentía atraída en parte hacia él, temió engendrar un hijo que heredara la ferocidad del artista y tomó la decisión de abortar. Tomando los paños ensangrentados, Kokoschka dijo: “Ese es, y siempre será, mi único hijo”. Jamás pudo perdonarla y unos meses después completó la que se consideraría su obra maestra La Tempestad.

 

Aproximación a  La Tempestad

En el ojo de una violenta tormenta, dos amantes yacen lado a lado, alrededor de la ferocidad del mar. La mujer pareciera descansar plácidamente, mientras que el hombre se encuentra tenso y despierto. Es una escena muy intimista pero a su vez llena de distancia, el reflejo de un amor cargado de tristeza y también de belleza. Todo, las pinceladas, la composición y especialmente los colores, sugieren que esta es una imagen sobre emociones muy profundas, y que trata de algo más de lo que aparenta. 

 479172x.jpg“La Novia del Viento” (“La Tempestad”) 1913. Óleo sobre tela 180,4 x 220,2 cm.

 

La Tempestad o La novia del viento es una alegoría acerca de uno de los amores más apasionados en el mundo del arte de comienzos del siglo XX. La pintura es la respuesta al desafío de una mujer: “Hazme una obra maestra y me casaré contigo”. Esas fueron las palabras de la compositora Alma Schindler (más conocida como Alma Mahler, viuda del compositor y director musical Gustav Mahler) al extraordinario artista austríaco Oscar Kokoschka. 

Comenzó a trabajar en abril de 1913 en la que sería la obra más grande de toda su producción. Se encerró en un edificio en Viena para propiciar el estado de ánimo preciso para poder pintarla. Tomó la idea de pintar de negro todas las paredes del estudio. Alma, al ver esto, consideró la extraña conducta de su amante como algo extremadamente perturbador y decidió que lo mejor sería verlo de manera menos frecuente.

Pero algo ocurrió mientras trabajaba con la obra. Sus sentimientos hacia Alma empezaron a cambiar y esto se ve reflejado en los dibujos preparatorios. En estos se puede observar a dos amantes cercanos y juntos. Ambos se muestran fuertes y calmos, tomados de la mano. Pero en la pintura final, sus manos ya no se sostienen más juntas. 

En un primer momento utilizó el color rojo como tono predominante. Esto se puede apreciar al acercarse a la pintura. Pequeñas manchas rojas brillantes. El rojo, por su intensidad, es el color que simboliza la pasión. Sin embargo, la crisis respecto a su amada hizo que cambiara por tonalidades azules y grisáceas, colores fríos. Esto refleja de manera inconsciente, la idea de que las fantasías junto a su amante estaban llegando a un ocaso.

Kokoschka tuvo la intención de llamar a la obra Tristán e Isolda, la ópera preferida de Alma, pero cambiaría el nombre cuando el poeta Georg Trakl la pudo apreciar en una visita a su estudio. Trakl se sintió tan inspirado que escribió un poema ahí mismo. Utilizó el vocablo Die Windsbraut, una palabra alemana muy lírica, que literalmente significa La novia del viento, aunque a menudo se traduce como La tempestad.

Al mirar de cerca la amplia pincelada y las gruesas capas de pintura de la obra es fácil imaginar la intensidad con la que Kokoschka trabajó solo en un estudio sombrío. Lo que en un principio parece ser solo una masa de pinceladas agitadas, visto en profundidad permite tomar conciencia del movimiento de manos y marcas que Kokoschka ejecutó de una manera enfática en todo el lienzo. Es como si hubiera vertido su carga más alta de emociones sobre la tela para lograr que el cuadro cobre una vida extraordinaria, y en definitiva lo que es: una imagen bastante feroz.

Nada pareciera realmente poder preparar al espectador para el impacto que genera esta obra. Como si una sensación extraordinaria se liberara y atrapara al observador. Su ubicación estratégica se vislumbra desde una larga línea de puertas abiertas en el fabuloso Kunstmuseum de Basel, Suiza, donde se puede apreciar actualmente.

Kokoschka tomó el desafío de crear una pintura que sería, para siempre, un símbolo de su intenso amor por Alma. En 1913 la describió como su trabajo más potente e importante. La obra maestra expresionista que no fue suficiente para ganar la mano de Alma en matrimonio.

 

Los tormentos de la Primera Guerra 

A punto de estallar la Primera Guerra Mundial, siendo ya un hombre mayor, Kokoschka sintió que había perdido su libertad a causa de ese tormentoso amor. Es por esto que se enlistó como voluntario en el servicio militar para salir de esa depresión. Se aseguró un lugar en el regimiento de élite Dragones de la Guardia Imperial, para lo cual necesitó comprar su propio caballo. La venta de La Tempestad a un farmacéutico de Hamburgo cubrió los gastos.

Posteriormente fue condecorado por su papel en combate, en el que casi es asesinado. Aún cuando se encontraba en el hospital sufriendo los efectos de una herida en la cabeza, continuaba meditando acerca de su relación con Alma, y durante esa convalecencia escribió la obra Orfeo y Eurídice

Terminada la Guerra en 1918 y todavía traumado por Alma, encargó a un fabricante de muñecas de Múnich, Hermine Moos, una muñeca de tamaño real a semejanza de Alma. La muñeca fue diseñada de acuerdo con las descripciones de Kokoschka, que para ello envió bocetos y notas aclaratorias. Aunque el resultado fue una amarga decepción, utilizó la muñeca fetiche como modelo en varias pinturas y dibujos, para más adelante destruirla.

En 1919 asumió una cátedra en la Academia de Arte de Dresde, un cargo que ocupó hasta 1924. Jamás pudo olvidar a Alma, a pesar de haber tenido luego otro amor. Ella reconoció haberlo querido, pero después de la tormentosa relación, se volvió a casar dos veces más. Una con Walter Gropius, y finalmente con el escritor Franz Werfel.

Alma murió en 1964 en su departamento de Nueva York, a los ochenta y cinco años. En una de las mesas de apoyo de su hogar se alzaba una pequeña reproducción de La Tempestad. Oskar Kokoschka murió en 1980 justo unos días después de cumplir noventa y cuatro años en Montreux, Suiza. La muerte le llegó cuando se había establecido de manera incuestionable como uno de los artistas más innovadores del siglo XX.

 

 

 

 

 

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