Contra el desastre ecológico

¿Qué vale más, el arte o la vida? Desesperados ante la indiferencia, ambientalistas del mundo recurren al shock concientizador y artistas contemporáneos imaginan proyectos por fuera de la idea de individuo.  
Por Elena Oliveras

 

El presente texto está incluido en el libro:  Distopías y microutopías, Buenos Aires, Paidós, 2024.

 

En Senectus Mundi Franco Berardi introduce una curiosa imagen cuando dice: “El viejo y la niña parecen dominar la escena de nuestro tiempo” (1). La escena tenía lugar el 23 de septiembre de 2019 en la Sede de las Naciones Unidas, Nueva York, donde se desarrollaba la Cumbre sobre la Acción Climática. El viejo era Donald Trump y la niña (en realidad una adolescente sueca de 15 años por aquel entonces) era Greta Thunberg. 

La imagen contrapone el realismo y la conciencia madura de Greta a la arrogancia ignorante de Trump. Ella habló ante los líderes mundiales acusándolos de omisión y traición. Era el perfil visible de “una revuelta de los jóvenes que al norte se rebelan contra la asfixia climática y al sur se rebelan contra la pobreza producida por el neoliberalismo”. (2)

En su arenga Thunberg dijo: “I am doing this because you adults are shitting on my future” (Estoy haciendo esto porque ustedes, los adultos, se están cagando en mi futuro”). No podemos pensar que todos los que adhieren a Trump son negacionistas. Saben que existe un calentamiento global, y hasta una “ebullición global”, pero creen que es irreversible y, por lo tanto, ya no hay nada para hacer. 

Dentro de un medio hostil, los jóvenes ambientalistas actúan con cierto optimismo. Los identificaríamos con las caras sonrientes de los modelos del film El triángulo de la tristeza de Ruben Östlund. Ellos avanzan con energía y seguridad oponiéndose a las caras gruñonas, asténicas o despreciativas de aquellos que permanecen en un más allá de autosuficiencia. El film muestra el modo en que los empresarios de la moda, a través de diferentes actitudes de sus modelos, se dirigen a públicos bien diferentes. Están, por un lado, los que se muestran demasiado interesados en sí mismos como para involucrarse en algo más que en sus imágenes. Por otro lado, están los que desean irradiar su energía hacia los demás. 

El primer grupo de consumidores, con mayor solvencia económica, estaría representado por la clientela de Balenciaga y, el segundo, por la de H&M. Sería éste el sector de los optimistas que creen en la lucha por un mundo mejor, en oposición a los que no manifiestan ningún interés en actuar, como si no hubiera ninguna alternativa de cambio. Mantienen vigente, de este modo, el slogan de la primera ministra británica Margaret Thatcher: “There is no alternative”, indicando que no había ninguna opción real al camino que había emprendido en sus políticas neoliberales. 

Sin embargo, hay alternativas para jóvenes como Greta Thunberg que obstinadamente resisten. También para artistas que hemos considerado en esta investigación, como Andrea Juan, Joaquín Fargas, Adrián Villar Rojas, Juan Sorrentino, Matilde Marín, Jonathas de Andrade, Romina Orazi, Florencia Levy, Claudia Fontes, Teresa Pereda, entre otros. A través de prácticas distópicas o microutópicas abren un camino de resistencia a contrapelo de la apatía generalizada.

  

Socioambientalistas en el museo 

Jóvenes socio-ambientalistas de todo el mundo ponen de manifiesto su pasión por el presente, participando de un rasgo propio de las vanguardias del siglo XX. Asumen el compromiso con su tiempo al denunciar la grave situación en que se encuentra el planeta. Señalan, entre otras cuestiones, la contaminación del agua y el agotamiento del aire respirable. Están desesperados por la indiferencia; de allí que recurran a un shock de concientización con la esperanza de aglutinar voluntades en favor de una microutopía de salvataje.

No sólo los recursos básicos están en altísimo riesgo; también lo está la energía nerviosa de la población. Como observa Franco Berardi, la “sustentabilidad psicológica” se encuentra seriamente amenazada dado que el burnout que padece un gran porcentaje de la población puede llevar al “estallido psicótico”. 

“El agotamiento no concierne solo a los recursos físicos, sino también a la energía nerviosa de la población, cuya atención está bajo un asedio permanente y cuyo cerebro tiende al estallido psicótico”. (3)

Las manifestaciones de las agrupaciones ambientalistas suelen tener lugar en calles, aeropuertos y sitios de la cultura. Cada vez más provocativas y hasta escandalosas profanan lugares auráticos y de veneración, como los museos más famosos y visitados del mundo. Intentan sacudir las conciencias adormecidas pues saben del alto impacto publicitario de sus “atentados” a obras icónicas de autores célebres. Resignifican la función del museo como lugar en el que se reúnen obras de arte que “hablan” (Heidegger). Consideran que en ese contexto de “promesse de bonheur” (Stendhal) merecen ser escuchados los que expresan su disconformidad cuando en el mundo no se vislumbra nada parecido a la felicidad. 

En la segunda mitad de 2022 se sucedieron varias acciones en importantes museos europeos que tuvieron amplia repercusión en la prensa de todo el mundo. En la National Gallery, Londres, los integrantes del grupo británico Just Stop Oil (Sólo paren el petróleo) intervinieron una obra de su colección. De modo repentino y sin que los guardias tuvieran tiempo de reaccionar, los “performers” arrojaron sopa de tomates -en clara alusión a las latas de Sopas de Warhol- sobre los Girasoles de Van Gogh. Curiosamente los girasoles representados, al estar cortados de la planta, simbolizan el pasaje de la vida hacia la muerte, un contenido muy presente en las acciones de los que defienden la conservación del planeta. 

Por su parte, Letzte Generation (Última Generación) se autodefine como la primera generación en la historia del mundo que está sufriendo el cambio climático y como la última que puede frenar las consecuencias. En el Leopold Museum de Viena, integrantes de esa agrupación arrojaron un líquido oleoso negro (símbolo del petróleo) sobre la pintura Vida y muerte de Gustav Klimt. Es curioso que, como en el caso de los girasoles, la obra elegida se relaciona con la confrontación vida-muerte. Recordemos que Klimt puso ocho años en terminar esta pintura que fue exhibida en 1911 en la Exposición Internacional de Arte en Roma con el título Muerte. Un año después fue presentada en la Exposición Internacional de Arte de Dresde. Para entonces, ya tenía el título Muerte y vida. Por razones que se desconocen, el artista decidió revisarla en 1915 modificando los colores y la composición. Seguramente no imaginó que, más de un siglo después, sería alterada nuevamente y por motivos tan cruciales como los que lo afectaron personalmente. 

 

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Muerte y Vida, 1908-1915, de Gustav Klimt. Óleo sobre tela, 198 x 178 cm. Pintura después de haber sido rociada con líquido negro. Acción de Letzte Generation, 15 de noviembre de 2022.

 

Una obra de Monet de la serie Les Meules (Los Pajares) también fue objeto de las acciones de Letzte Generation. En el Museo Barberini, Potsdam, sus integrantes arrojaron puré de papas sobre ella. Su portavoz, Aimée von Baalen, explica el motivo del ataque: si las cosas siguen como están las flores que pintó Monet quedarán sin referentes reales.

“Monet amaba la naturaleza y plasmó su belleza única y frágil en sus obras. ¿Cómo puede ser que tantas personas tengan más miedo de que esas reproducciones de la realidad sufran daños, que de la destrucción de nuestro propio mundo, cuya magia Monet admiraba tanto?”. (4)  

Añade von Baalen: “¡Cuando entremos en guerra por los alimentos y el agua ya no habrá tiempo para admirar el arte!” Es lo que también postula el colectivo sueco Restore Wetlands. En junio de 2023 dos de sus integrantes arrojaron pintura roja sobre El jardín del artista en Giverny de Monet en el Museo Nacional de Estocolmo. Reclamaban la preservación de los humedales destacando que, si no se reacciona, preciosos jardines, como los del pintor francés, no serán más que un recuerdo.

En definitiva ¿qué vale más, el arte o la vida? (5)  Siendo que, como demostró Kant, el arte es la forma más alta de comunicación entre los seres humanos ¿para qué sirvió? No parece que ayudó a valorar la vida como el bien más preciado. La “responsabilidad” no está sólo en la obra de arte si pensamos que, en tanto símbolo (symballein), requiere de un espectador que la complete. Él resulta “la otra mitad” de un todo. Duchamp llevó al extremo esa co-participación al decir que son los espectadores los que hacen la obra de arte. Entonces, atacar a una obra de arte sería también cuestionar al espectador que no supo completarla y, eventualmente, actuar en consecuencia. 

De todos modos, los ambientalistas no pretenden destruir las obras que, por otra parte, se encuentran en sus sitios muy bien resguardadas por vidrios protectores. Ellos reconocen que la cultura debe ser conservada como patrimonio universal.

Llegados a este punto, podemos preguntar qué opinan los propios artistas. Encontramos que Claudia del Río afirma:

“Banco al ambientalismo, son posiciones extremas, pero podemos vivir sin esas obras maestras; sin embargo, la vida en Rosario [donde ella vive] con el humo y herbicidas, etcétera, etcétera, nos mata acá y pone de rodillas aún más al continente americano. La justicia ambiental debe legislarse como un derecho de la naturaleza”. (6) 

Por su parte, Azul Blaseotto dice a propósito de las intervenciones ambientalistas:

“Me caen bastante simpáticas estas acciones. Porque sacuden el sopor de la mirada cómoda y domesticada de generaciones que creen que el valor cultural debe conservarse en los museos. Mientras que se miran, conservan y valorizan determinados objetos, la vida misma se extingue ante nuestros ojos: los fuegos queman los bosques, la desertificación seca los ríos, humanos y no humanos perecen o migran si pueden, adonde son rechazados o cuanto más, enjaulados; los hielos continentales se derriten, las montañas se derrumban, el humo sofoca... ¿y qué? ¿La propuesta es ir al museo con aire acondicionado? Esas acciones están dirigidas a sacudir las mentes atoradas, las obras no corren peligro ya que están todas bajo vidrio. Lo que buscan es hacer reflexionar a las capas ‘educadas’ para generar algún tipo de reacción ante el suicidio por goteo”. (7)

Compartimos las opiniones Blaseotto y del Río dada la urgencia en actuar. El momento es ahora. No reconocerlo es aceptar que la humanidad se está dirigiendo a un destino de suicidio inevitable. 

 

La Intermundial Holobiente

Para crear nuevas relaciones con el planeta La Intermundial Holobiente presentó, en la documenta 15 de Kassel (2022), una obra no antropocéntrica orientada a visibilizar entidades no humanas con pleno derecho a ser valoradas. Creado en 2020, ese colectivo fue formado por la artista Claudia Fontes, el escritor Pablo M. Ruiz y la filósofa Paula Fleisner. El neologismo “holobiente” recuerda el acuñado por Lynn Margulis, “holobionte”, para referir a la vida como cooperación y no como competencia. De este modo, la idea de “individuo” quedaría atrás frente a la de multi-especies integradas en una unidad ecológica. 

Más allá de lo factual, el “holobiente” incluye lo ficcional por cuanto el pensamiento onírico tendría tanto valor como el consciente para asegurar la vida de todos los seres, tanto humanos como no humanos. Es éste el objetivo utópico de La Intermundial Holobiente, tal como se expresa en una declaración de principios:

“En La Intermundial Holobiente creemos que la supervivencia de los humanos en el planeta Tierra depende de nuestra capacidad para imaginar un proceso integral descolonizador y no extractivista. Un proceso así solo puede ser viable si conseguimos imaginar lo no humano como central al problema humano. En lugar de crear círculos de inmunidad alrededor del excepcionalismo humano, de modo de excluir siempre algo o alguien para ser explotado como 'recurso', proponemos imaginar nuevas formas no jerárquicas de coexistencia desde una perspectiva que necesita ser simultáneamente posthumana y materialista. El punto de partida que proponemos para repensar nuestra condición en el planeta es que absolutamente todo, humano y no humano, tiene su propio punto de vista y su agencia y que tienen que ser tenidos en cuenta en cualquier intento de transformar el mundo.”  

Para su presentación en la documenta 15 de Kassel La Intermundial Holobiente eligió un terreno del Parque Karlsaue donde los jardineros acumulan materia orgánica en descomposición (compost) proveniente de diversas partes del predio. Esa zona autorregulada fue ideal para el despliegue de Theaterschlag de Claudia Fontes. Aclaremos que ese título retoma un término técnico utilizado en el teatro para describir un giro repentino y dramático de los acontecimientos. Tal situación sirve de metáfora de los cambios en la naturaleza por acción del ser humano. 

En Theaterschlag se despliega un gran telón translúcido que imita el paisaje circundante e invita a confrontar esa representación con la presentación directa de la naturaleza. El desplazamiento de las nubes y un juego de luces variables acentúan la relación dinámica y poética entre modelo/copia. 

La fragilidad del ecosistema estaba representada por la inestabilidad de la instalación ya que la tela estaba sostenida por dos globos de helio (el gas más abundante en la atmósfera) movidos por el viento. Complementaba este dispositivo visual el Fantascopio de Erica Bohm integrado por dos cámaras estenopeicas que registraron, durante los 100 días que duró documenta 15, las diversas escenas en sendas solarigrafías.

 

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Theaterschlag, de Claudia Fontes para La Intermundial Holobiente, instalación en el marco de la presentación de El libro de las diez mil cosas, documenta 15, Kassel, Alemania, 2022. Cortesía de la artista. 

 

El libro de las diez mil cosas fue protagonista de la presentación de La Intermundial Holobiente. Incluyó, de manera polifónica, a catorce artistas y escritores: Erica Bohm, Virginia Buitrón, Gabriela Cabezón Cámara, Tulio de Sagastizábal, Lucas Di Pascuale, Carla Grunauer, Reynaldo Jiménez, Guadalupe Lucero, Anahí Rayén Mariluán, Leticia Obeid, Sergio Raimondi, Luis Sagasti, Ral Veroni y Susana Villalba. Ellos imaginaron  formas de convivencia utópica con todo lo existente, es decir con las “diez mil cosas”. La idea de base era que el proceso de supervivencia en la Tierra sólo podría ser viable si se consideraba a lo no humano como central en el problema humano. 

En sus paratextos, los autores de El libro de las diez mil cosas interpretaron lo que podría estar presente en las páginas que permanecieron en blanco. Asimismo el espectador era invitado a imaginar, a partir de la lectura de los paratextos, el texto central invisible. También podía suceder que un simple insecto posado en una página del libro durante un tiempo imprevisible despertara la lentezza d’animo (Alberti) del receptor ampliando el campo de su imaginación y de su pensamiento crítico.

  

En el fin del mundo

Instalada en Cantabria, norte de España, Andrea Juan siente la sana resonancia de esa tierra dotada de mar, ríos, valles, montañas y cuevas donde resguardarse ante las inclemencias del tiempo. Allí se encuentran huellas del pasado prehistórico, que tanto ella como Gabriel Penedo Diego- directores de SM Pro Art Circle desde 2014- consideran de particular trascendencia. Afirman: “tomamos al arte paleolítico como referencia para un nuevo comienzo y a la naturaleza como el punto de partida para lograrlo”. (8)

En 2004 la Dirección Nacional del Antártico de la República Argentina aprobó la propuesta de la artista de sumar el arte a la investigación científica. El proyecto se concretó en 2005 y se extendió hasta 2014 período durante el cual ella viajó anualmente al continente. 

Por otra parte, entre 2008 y 2016 Andrea Juan integró a artistas argentinos y extranjeros en el colectivo Sur polar. Los participantes respondieron a la consigna de presentar proyectos para desarrollar en la Antártida, teniendo en cuenta el cuidado del medioambiente afectado por el efecto invernadero que lleva a la desaparición de especies y a la rotura de las barreras de hielo.

Mientras tanto el metano –un gas con enorme poder contaminante- se eleva en la atmósfera. Sin que se tome conciencia del problema, se siguen destruyendo selvas tropicales impidiéndose la eliminación del dióxido de carbono y la generación de oxígeno.  

La selva tropical ha sido considerada el “pulmón” de nuestro planeta, pero existe otro “pulmón” invisible: el fitoplancton de los océanos. Andrea Juan lo convertirá en tema de uno de sus proyectos más conocidos: Invisible Forest (El bosque invisible). El título retoma la denominación del oceanógrafo biológico Paul Falkowski quien utilizó la denominación “El Bosque Invisible de los Océanos” para aludir a la acción imperceptible de las plantas marinas unicelulares o fitoplancton. Su importancia es similar a la de la vegetación en los bosques: absorben dióxido de carbono y mantienen estable y limpio el ecosistema marino, es decir que desempeñan un papel fundamental en los ciclos bio-geo-químícos.

Además, desde el krill hasta las ballenas, las focas, los pingüinos y las aves marinas necesitan del fitoplancton para su alimentación. Dado su importante rol, es muy preocupante que se esté alterando su estructura por el aumento del calentamiento global, la luz, el viento y la acidificación de los océanos.

En Invisible Forest el fitoplancton es representado con fieltro de colores vivos (verde, turquesa, rojo, lila, azul) a lo que se suma un conjunto de maniquíes blancos de tamaño similar al de un ser humano. La neutralidad formal y matérica de los maniquíes, que apenas se recorta sobre la superficie blanca del fondo, connota pérdida de vitalidad en contraste con los colores vivos y variados del fitoplancton. Sorprende el modo en que los maniquíes los reciben en una suerte de “simpoiesis”, recordando sugerencias de Donna Haraway. Resulta significativo, además, que los maniquíes no estén solos. Operan en conjunto, quizás para hacer más efectiva la lucha contra la destrucción.

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Proyecto Antártida - Invisible Forest 2780, de Andrea Juan. Instalación, fieltro, maniquíes. Base Marambio – Antártida, 2010. Fotografía, toma directa, edición de 8 ejemplares.

  

En consonancia con los objetivos específicos de El bosque invisible, en la serie Blue (2009) Andrea Juan reunió fotografías microscópicas del fitoplancton. Ampliadas y reagrupadas fueron ubicadas sobre un fondo azul, lo que dio nombre a la serie. En este caso no hubo representación simbólica, como en Invisible Forest, sino documentación fotográfica de lo que realmente existe en el fondo del mar aunque no lleguemos a verlo a simple vista.

Una de las obras que mayor asombro produjo fue Nuevas Especies (2011). Se mostró allí la aparición de seres desconocidos por la rotura de las Barreras de Larsen en el mar de Weddel. Tras el colapso de esa barrera de hielo de más de 10.000 km² se pudo observar lo que estaba debajo: seres vivos que recién entonces empezaron a ser vistos. Conforman un ecosistema que había permanecido estable en las profundidades, bajo la capa de hielo, durante los últimos mil años.

Otros trabajos de Andrea Juan centralizaron diferentes cuestiones cruciales. En Metano (2006) se registraron escapes de ese gas mientras que Red (2005) impactó por el deshielo de los glaciares y Melting (2007) mostró la pérdida de agua dulce por efecto de ese deshielo. 

En síntesis, contando con el poder del arte de “hacer ver” (Rancière) desde principios del nuevo siglo las acciones de Andrea Juan en el “fin del mundo” apuntan a la concientización del daño ecológico en vistas a una microutopía de sustentabilidad.

 

 

Notas:

1) F. Berardi. “Senectus Mundi”, op. cit., p. 11.

2) Ibíd.

3) F. Berardi. Autómata y caos, op.cit., p. 99.

4) A. Greenberger. “Climate Activist Throw Mashed Popates at $110 M. Monet Painting in Germany”, ARTnews, 23/10/2022.

5) Ibíd.

6) Daniel Gigena. “Ambientalistas al ataque de las obras de arte. ¿Qué opinan artistas, críticos e intelectuales argentinos?”, La Nación, 07/11/2022.

7)  Ibíd.

8)  Cf. A. Juan y G. Penedo Diego. Circle. Programas de arte. www.circleproart.com, acceso 18/4/2024.

 

 

 

 

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