Marcelo Brodsky: “Ya no existe el reconocimiento profesional a los derechos de autor"

Artista y activista por los derechos humanos. Sus obras en base a fotografías intervenidas, se sitúan en el límite entre la instalación, la performance y los memoriales.
Por María Paula Zacharías

El estudio de Marcelo Bordsky, en el Bajo Belgrano, es una belleza de lápices, crayones y marcadores de colores, grillas con obras de toda una vida, bibliotecas, fotografías y ventanas llenas de verde. Balconea a este gran espacio una de las más nutridas bibliotecas de fotolibros. “Acá estamos, produciendo, sobrellevando el momento con la familia y el laburo. Tengo un papá de noventa y seis años, tres hijos. El arte me ayuda a dialogar con lo que está pasando”, dice.

Brodsky fue el director del banco de imágenes Latinstock para todo América Latina por treinta años: “Hace tres años lo cerramos porque ya no se venden más imágenes. Si bien tienen más importancia que nunca en la comunicación entre las personas, ya no existe el reconocimiento profesional a los derechos de autor”.

Cuando a la empresa le iba muy bien, hace quince años, compraron quinientos fotolibros y los donaron a la Biblioteca Nacional. “Ahora hay más espacios, pero entonces no había ningún lugar público donde ver libros de fotografía. Están en el tercer piso, con libre acceso, junto con la mapoteca y la colección fotográfica. Quería dejar algo concreto en lo público, junto con otra experiencia fundamental como fue participar en la creación del Parque de la Memoria”, cuenta.

Hoy esa experiencia le sirve para su obra, en la que recurre a imágenes de archivo y debe negociar los derechos de su uso. En la edición virtual de BAPhoto expone en la galería Rolf imágenes de sus series sobre el Teatro Colón, compiladas en el libro El alma de un gigante, y otras de las muy reconocidas series Poéticas de la resistencia y El fuego de las ideas. Son piezas históricas de fotografía documental que Brodsky interviene con colores e inscripciones, señalamientos y apropiaciones. Prepara una muestra para el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York. Una de las imágenes que incluirá es una manifestación de mujeres en 2017 en Washington contra Trump: “Esta imagen de Mario Tama, de Getty Images, fue censurada porque hay carteles que dicen God hates Trump. Por eso, por la censura, fue mucho más”. También rescató imágenes de la represión en Dakar, Senegal, de 1968: “Fue mi primera imagen sobre represiones estudiantiles en África. La conseguí en France Press. Nunca se había publicado”, cuenta.

 

–Lo que se ve es lo que queda después de una represión violenta y vos lo ponés en primer plano: coloreás los zapatos que quedaron tirados en el piso.

–Cambia el punctum. Hay un desvío de la mirada en función de un proyecto en el contexto de una obra más amplia, 1968. El fuego de las ideas, que tiene cincuenta y cinco imágenes de África, América Latina, Europa y el resto del mundo. Cada lugar tiene una investigación específica. En el epígrafe, que es artístico, poético y político, comento la imagen y la sitúo en contexto de la historia del país. Al relacionarla con otros lugares, cuentan el espíritu de los tiempos, de ese tiempo.

 

–¿Cómo es tu proceso de trabajo?

–Trabajo de distintas maneras, en otras series hay tomas directas. Pero en esta serie sobre 1968, primero busco la imagen adecuada para contar la historia que quiero. En ese caso fueron cuatro años de investigación, y tuve ayuda de amigos. Busco en agencias, universidades, archivos de fotógrafos, instituciones, o con ayuda de curadores y colegas. Cada imagen es una historia. Yo necesito que esté en alta resolución y con licencia de los derechos de autor. Los detalles son muy importantes. La copio en papel algodón en 60x90 cm en blanco y negro, y las intervengo con acuarelas, marcadores, lápices, crayones, témperas, y todo tipo de recursos visuales. Es una mezcla de pintura y fotografía, nunca uso herramientas digitales. Nací cuando no existía ni el fax. En los primeros tiempos de la agencia mandábamos las fotos por carta. Mi software es mi propia mano. No hago copias. Hago siete piezas de cada imagen, pero son todas originales, intervengo cada una manualmente. Son todas distintas.

 

–Hace quince años mantenés una serie, Correspondencias visuales ¿De qué se trata?

–Cuando terminé los libros sobre la represión en dictadura (Buena Memoria en 1997, Nexo en 2001 y Memoria en construcción en 2005), quise hacer otra cosa y fue trabajar sobre el lenguaje visual: usar la imagen como forma de conversación. Primero lo hice con mi maestro, Manuel Esclusa, y después con muchos otros, como Martin Parr y Pablo Ortiz Monasterio. Son una investigación sobre hasta dónde somos capaces de llegar con una comunicación exclusivamente visual. Ahora en pandemia estamos haciéndolo con Nicolás Janowski y se nota en las imágenes. Con Martín Kovensky tuvimos una comunicación que duró varios años, entre fotos y dibujos. Es una obra compartida. Me interesa trabajar con otros.

 

–También hiciste un ensayo del Teatro Colón.

–Me encargaron hacer un libro de arte sobre su historia. Tiene fotos mías y textos de intelectuales que han escrito sobre el teatro. También hay imágenes de archivo intervenidas como suelo hacer yo. Hay una serie de guiños a otras realidades. El libro después se centra en cómo los inmigrantes construyeron el teatro. Es el primer libro que encargan a un artista para hablar del teatro, de manera más libre, personal. Después de tres años, terminé en 2018 estrenando una ópera contemporánea en colaboración con Nicolás Varchausky y Matías Feldman. Con Alejandro Chaskielberg hicimos dieciocho minutos de video, que constituyeron una instalación inmersiva con música y textos. Al final, en una sala había una muestra de mis fotos. Fue una experiencia extraordinaria.

 

Adelanto del libro Artistas de entrecasa. Diario de cuarentena en la voz de 90 artistas.

Entrevista en YouTube (Buenos Aires, 2 de septiembre de 2020).

 

 

 

 

 

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