Alebrijes (México): las criaturas fantásticas de Oaxaca

Plagados de colores brillantes y realizados sin moldes a partir de piezas únicas, estos seres mitológicos de buena fortuna se han vuelto una insignia artesanal del folclore mexicano moderno.   
Por Ignacio Marchini

 

Desde antaño, la humanidad ha narrado las historias de seres monstruosos, imaginados a partir de mezclas imposibles de distintos animales. Desde las quimeras en la mitología griega, pasando por las esfinges egipcias y hasta los pixiu de los viejos cuentos chinos, los relatos fantásticos de casi todas las culturas dan cuenta de estas bestias temibles. El continente americano no es la excepción, y particularmente en México es posible encontrar su propia versión de estas criaturas híbridas, aunque mucho menos terroríficas: los alebrijes.

Plagados de colores brillantes y alegres, los alebrijes son artesanías tradicionales de México hechas a base de cartón y papel de diario humedecido, montado encima de una estructura de alambre, sobre la que se aplica un acabado de pintura, una vez seco. Combinando las partes del cuerpo tanto de animales reales como de criaturas fantásticas, los artistas que se dedican a su fabricación dan vida a estos seres que, a diferencia de los mencionados anteriormente, no traen plagas ni auguran muerte, sino que son considerados amuletos de buena fortuna.

Al no utilizarse moldes, cada alebrije es una pieza única e irrepetible. Las primeras versiones de estas criaturas carecían del color y los patrones alegres que hoy día las caracterizan. Varias de estas tinturas son creadas a partir de pigmentos extraídos de la naturaleza como la miel, la madera molida del árbol de copal o el jugo de limón; con el tiempo, se fueron incorporando también elementos sintéticos, como la pintura acrílica. Sobre una base de color, casi siempre chillón, se aplican luego los detalles utilizando figuras abstractas y la técnica del puntillismo, que consiste en pintar a través del uso de múltiples puntos pequeños, por lo que dependiendo del tamaño del alebrije su manufactura puede tardar desde semanas hasta años.

En relación a los motivos que los decoran, abundan las referencias a la cultura zapoteca, en la que los vínculos entre las personas y los espíritus animales que los guiarán por el resto de sus vidas ocupan un lugar central. Posteriormente, se fueron incorporando a los motivos otras referencias populares como la Catrina, también conocida como la Calavera Garbancera, representada como el esqueleto de una dama, que es un símbolo de la muerte muy famoso en México. 

Si bien hay otras versiones sobre el origen de estas bestias de papel y cartón, la más aceptada cifra la creación del primer alebrije en 1936. Pedro Linares López, un cartonero de la Ciudad de México (se conoce como cartonería al arte popular mexicano que consiste en crear figuras a partir de papel de diario mojado y cartón), se enfermó gravemente cuando tenía treinta años de edad. Producto del mal que lo aquejaba, entró en una especie de coma. Durante ese trance, Linares soñó con todo tipo de criaturas híbridas, que gritaban al unísono la palabra “¡Alebrijes!”. Cuando despertó, recuperado de su enfermedad, usó sus conocimientos en artesanía para darle vida a la primera de las criaturas que lo llevarían a la fama.

Las bellas figuras repletas de colores se popularizaron rápidamente a partir de la década del ochenta y hace varios años que se fabrican en todo el país centroamericano, debido a lo económicamente accesible que son los materiales necesarios para su manufactura. Pero en dos pueblos en particular, San Antonio Arrazola y San Martín Tilcajete, en el estado sureño de Oaxaca, los alebrijes tomaron una impronta propia. A la idea importada de la Ciudad de México se le sumó la destreza de las y los artesanos oaxaqueños que trabajaban con madera de copal, dándole vida a nuevas versiones de estas criaturas, más estilizadas y elaboradas. Para realizarlas, humedecen la madera para que no se quiebre y, con cuchillos y machetes, la tallan hasta darle la forma deseada. Luego la lijan y, una vez seca, acaban el trabajo con pintura. A tal punto cobraron importancia estas artesanías en estos dos pueblos, que se convirtieron en el principal sustento económico de la mayoría de las familias que allí viven.

La popularización de los alebrijes se dio a partir de la realización de un taller llevado a cabo en Estados Unidos, organizado por Judith Bronowski, una cineasta que había realizado en 1975 un documental sobre el trabajo de Pedro Linares López, hecho que contribuyó a su posterior fama internacional. En ese encuentro, Linares conoció a Manuel Jiménez Ramírez y a la artesana textil, María Sabina, ambos oriundos de Oaxaca. Ramírez era un tallador que vivía en San Antonio Arrazola y fue él quien adaptó los alebrijes a su trabajo con madera, por lo que fue el responsable de popularizar esta versión al sur del país. Sabina, por su parte, descendiente de chamanes, cobró notoriedad internacional en la década del setenta debido a sus experiencias con hongos alucinógenos. Visitada durante años por cientos de personas que buscaban realizar un viaje espiritual se volvió un ícono de la cultura psicodélica. 

Con el tiempo, los alebrijes adquirieron un gran peso cultural y una fuerte carga simbólica, que excede por mucho sus primeros fines, meramente decorativos. Fueron asociados a importantes tradiciones, como el Día de los Muertos, una de las festividades más trascendentes del país, además de que también se los vinculó a seres mitológicos que tienen cientos de años en la historia de la cultura nacional. Las y los artesanos oaxaqueños, por ejemplo, suelen relacionar a los alebrijes con la figura del nahual, un término que en las culturas mesoamericanas se refiere tanto a un brujo que tiene la capacidad de tomar la forma de un animal, como al animal en sí mismo, que haría las veces de alter ego o espíritu guardián del chamán.

 

 

 

 

 

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