El Castillo Hearst (EE. UU.): visita a la exuberancia de un magnate

La descomunal mansión donde vivió William Randolph Hearst, dueño de un emporio de medios a principios del siglo XX, es una joya arquitectónica con infinidad de obras de arte y reliquias de la era dorada de Hollywood.
Por Ignacio Marchini

Sobre la costa oeste de los Estados Unidos, a medio camino entre San Francisco y Los Ángeles, un castillo extemporáneo que se vislumbra a kilómetros de distancia, mezcla de arquitectura medieval, catedral española y templo romano, ocupa la cima de una colina de quinientos metros de altura. De cara al océano Pacífico, el palacio que se extiende a lo largo de más de ocho mil kilómetros cuadrados fue el resultado de los designios febriles de uno de los mayores magnates del siglo XX: William Randolph Hearst.

El descomunal Castillo Hearst, situado en San Simeon, en el estado de California, tardó casi treinta años en ser construido. Su obra comenzó a raíz del encargo que el excéntrico multimillonario le hiciera a Julia Morgan, la primera mujer en la historia en llegar a ser arquitecta en el Estado Dorado. Era una brillante profesional que había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de París y que detentaba una carrera prolífica, en la que se contaban varios trabajos realizados para Phoebe Apperson Hearst, la madre del empresario. Ya había diseñado para William Hearst el edificio del periódico Los Angeles Herald-Examiner en 1915, con muy buenos resultados, por lo que, luego de que otros tres candidatos le dijeran que la idea era imposible de realizar, fue convocada nuevamente en 1919 para comenzar el monumental proyecto.

Morgan supervisó personalmente la construcción y las sucesivas remodelaciones durante casi treinta años, hasta que en 1947 dejó inconcluso el trabajo debido a los problemas de salud del magnate que lo obligaron a alejarse del paraíso que había erigido en La Cuesta Encantada, como había bautizado a la colina en su juventud, cuando era un simple lugar agreste donde solía acampar con su familia durante varios meses. El resultado de casi tres décadas de trabajo fue propio del ego desmesurado y la fortuna que lo impulsó: cuatro edificios (Casa Grande, Casa del Mar, Casa Del Monte y Casa Del Sol) que totalizan ciento sesenta y cinco habitaciones, cuarenta baños y extensiones gigantes de jardines y terrazas repletas de fuentes y esculturas; una inmensa piscina exterior semicircular, conocida como la Piscina de Neptuno, coronada con un templo romano auténtico que hizo traer de Europa, y otra pileta interior decorada con mosaicos bizantinos, mucho más pequeña pero de igual opulencia; un zoológico privado, de los más grandes del mundo, que llegó a contar con osos polares, jirafas y leones.

A este despliegue arquitectónico, al que hay que sumar canchas de tenis, una enorme biblioteca de estilo gótico, una sala de cine y un aeródromo, se le agregaba una colección privada invaluable, conformada por obras de arte de todo el mundo: estatuas egipcias, sarcófagos romanos y pinturas de famosos artistas como Jacopo Tintoretto y Adriaen Isenbrandt, por nombrar solo algunas de las incontables piezas traídas del Viejo Continente que decoraban las múltiples habitaciones del palacio.

Este lugar paradisíaco fue el punto de encuentro de las más importantes figuras de Hollywood y políticos de la época: Winston Churchill, Gary Cooper, Greta Garbo y el mismísimo Charles Chaplin, por nombrar solo a algunos, asistían a las lujosas fiestas que daba el anfitrión, lo que da cuenta de la importancia del empresario durante la primera mitad del siglo XX. 

William Randolph Hearst fue una de las personas más poderosas de los Estados Unidos. Empresario, político, pero sobre todo magnate de los medios, llegó a tener veintiocho periódicos de circulación nacional, los cuales utilizaba sin tapujos para manipular la opinión pública en favor de sus intereses comerciales y personales. Uno de los fundadores de la prensa amarillista, sus campañas mediáticas llegaron al punto de que se atribuye el comienzo de la guerra hispano-estadounidense de 1898 a su intervención, a través de sus diarios.

La vida de este hombre fue retratada parcialmente en la que muchos críticos consideran la mejor película de la historia, Citizen Kane (1941). Protagonizada, dirigida y co-guionada por Orson Welles, el filme recrea la vida de Charles Foster Kane, un empresario de medios brillante, audaz y solitario, cuya trayectoria tiene notables coincidencias con la de Hearst, como su intento fallido de ser gobernador del estado de Nueva York o la construcción de una mansión delirante y lujosa, llamada Xanadu en la imaginación del director y con un aspecto mucho más gótico y sombrío. Esta representación no le cayó nada bien al magnate y usó todos sus recursos para que el estreno fuera un fracaso. Si bien no le fue bien en la recaudación, ochenta años después se sigue manteniendo como una obra de culto debido a lo innovador de su técnica cinematográfica y a la complejidad de su guión, escrito en tándem con el brillante Herman J. Mankiewicz.

Los vínculos de esta mansión con el cine se mantendrían incluso más allá de la muerte del multimillonario, cuando Stanley Kubrick aprovechó la piscina con columnas romanas reales para filmar parte de su película Spartacus (1960), y más recientemente con Mank (2020), la película de David Fincher que retrata en clave film noir los días en que Mankiewicz escribió el polémico guión en cuestión, inspirado en la vida de Hearst.

Una década después del estreno de Citizen Kane, a la edad de ochenta y ocho años, William Randolph Hearst murió de un infarto en Beverly Hills. El castillo fue donado en 1957 al estado de California y actualmente es considerado un edificio histórico nacional. Abierto al público a través de visitas guiadas, es una visita poco frecuente en el clásico recorrido por California y una oportunidad única para apreciar la fastuosidad delirante de esta fortaleza. 

 

 

 

 

 

 

 

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