El surrealismo solitario de Gertrude Abercrombie

Las visiones del mundo que habitó la artista estadounidense le permitieron desarrollar un estilo distintivo con metáforas de una fragilidad primaria que bordean lo metafísico.    
Por Valeria Muzzio

 

El filósofo Gaston Bachelard en su Poética del espacio dice: “La casa es uno de los mayores poderes de integración de los pensamientos, los recuerdos y los sueños de la humanidad. El principio vinculante de esta integración es el ensueño. Pasado, presente y futuro confieren a la casa dinamismos diferentes, que a menudo se interfieren, a veces se oponen, a veces se estimulan. La casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es realmente un cosmos”.

Una pequeña habitación dolorosamente vacía y agrietada por el encierro, otras veces habitada por mujeres sombrías, es lo que persiste a lo largo de la obra de Gertrude Abercrombie (Austin, Texas, 17 de febrero de 1909 ​- Chicago, Illinois, 3 de julio de 1977). Son esos rincones que nadie mira, pero que ella insiste en mostrar, puertas sin bisagras que no parecen abrirse; gatos, búhos y escobas olvidadas, objetos que lejos de desaparecer una vez plasmados, son reelaborados amparados por la magia del surrealismo. Sus pinturas son las visiones del mundo en el que habita la artista, metáforas de una fragilidad primaria que creció hasta convertirse en arte. 

Abercrombie nació en un hogar ambientado con música, sus padres Tom y Lula Jane Abercrombie, eran cantantes de ópera itinerante y sus primeras experiencias estuvieron marcadas por el constante cambio de residencia. La historiadora de arte Susan Weininger, quien ha estudiado su vida y obra durante más de cuarenta años, cuenta que su madre fue a Austin, para estar con su hermana mayor Gertrude, ya madre de seis hijos, cuando se acercaba el momento del parto. La niña recibió el nombre de esa tía y madre de su padre, Emma Gertrude, así como de su hermana Gertrude, que había muerto de difteria a la edad de cuatro años. Poco después de su nacimiento, la familia reanudó los viajes, estableciéndose primero cerca de Ravinia, en las afueras de Chicago, donde su madre, era prima donna en una compañía de ópera. Cuando le ofrecieron la oportunidad de estudiar en Berlín en 1913, la familia se fue a Europa. Gertrude Abercrombie recordó más tarde que estaba "muy asustada". Sin embargo, se adaptó rápidamente a su nuevo entorno. De hecho, fue la única de la familia que aprendió a hablar alemán con fluidez, ejerciendo de traductora para sus padres. Mientras su madre estudiaba ópera, su padre trabajaba para la Cruz Roja. Su estancia terminó abruptamente con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, aunque lograron llegar a casa en la Nochebuena de 1914. Casi sin dinero, partieron hacia la pequeña ciudad de Aledo, en el oeste de Illinois, donde vivía la familia de Tom Abercrombie.

Fue recién en 1926 que la familia se mudó al barrio de Hyde Park de Chicago, ciudad que se convertiría en su hogar definitivo y en el escenario principal de su carrera artística. Se graduó en Lenguas Romances en la Universidad de Illinois en 1929. Sin embargo la literatura no sería el camino donde desplegaría su obra. Tampoco la música, a pesar de su talento natural, su oído absoluto que la llevó a improvisar en el piano, sesiones de jazz con los músicos más emblemáticos de la escena de Chicago. 

 

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 Gertrude Abercrombie frente de uno de sus cuadros (circa 1937).

 

Es a partir de 1932 donde se vuelca de lleno a la pintura. Estudió brevemente dibujo de figuras en el Instituto de Arte de Chicago, y después de un curso de un año en arte comercial en la Academia Americana de Arte de Chicago, logró su primer trabajo dibujando guantes para los anuncios de los grandes almacenes Mesirow. En 1933 fue designada para el Proyecto de Obras de Arte Públicas (el primero de los programas de arte financiados por el gobierno), lo que le dio tiempo para desarrollar su enfoque. Este programa gubernamental, empleó a artistas y artesanos en la creación de murales, cuadros, esculturas, cartelería, fotografía, diseño escénico, manualidades. Una oportunidad que, por primera vez, la hizo sentir una verdadera artista. “Todos los meses cobramos 94 dólares, lo cual era maravilloso. Trabajábamos de sol a sol, muy duro, pero realmente supuso un alivio, nos salvó la vida. Y sirvió de gran impulso a mi carrera como pintora”, señaló décadas más tarde. 

Ella misma confirma el perfil de su obra como autobiográfica. En una entrevista con el escritor, historiador, y presentador estadounidense Studs Terkel poco antes de la inauguración de una exposición retrospectiva de su obra en el Hyde Park Art Center en febrero de 1977, dijo: “Siempre me pinto a mí misma, pero no en realidad, porque no tengo un aspecto tan bueno o tan bonito”. Añadió que “todo es autobiográfico en cierto sentido, pero un poco onírico”. Abercrombie se auto percibía algo así como un “patito feo”, tomando como un cumplido el papel de la bruja de los cuentos. Si las habitaciones que retrataba funcionaban como espacios de su mundo interior, las figuras femeninas de sus cuadros, de aires misteriosos, con sombreros puntiagudos, varita y vestidos largos con cola; fabricaban la identidad de una mujer que eligió el papel de bruja bohemia para contarle al mundo quién era y con quienes prefería rodearse a partir del autorretrato. En cuanto a los exteriores, la pequeña ciudad de Aledo en el Medio Oeste, fue una constante en su obra, el paisaje árido, desolado, con sus colinas, ruinas y árboles no sólo le dieron un sentido de identificación personal si no también una sensación de pertenencia a sus raíces centroamericanas. 

 

Surrealismo propio

Durante la década de 1930, Abercrombie comenzó a desarrollar un estilo distintivo. Inspirada por el surrealismo, sus pinturas parecían capturar el alma y el mundo inconsciente que la invadía. Los sueños tenían una gran importancia y, según ella misma, eran fuentes para sus cuadros. Según la historiadora, Susan Weininger a veces imaginaba cosas que luego aparecían en la realidad. Por ejemplo, cuando comenzó a pintar huevos como el del cuadro El dinosaurio y más tarde un amigo que desconocía sus pinturas sobre este tema le regaló uno.

 

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El dinosaurio (1964)

 

El surrealismo es para mí porque soy una persona bastante realista, pero no me gusta todo lo que veo. Por eso sueño que todo ha cambiado. Luego lo cambio a mi gusto. Casi siempre es bastante real. Solo se le han añadido misterio y fantasía. Se ha eliminado toda tontería. Se convierte en mi propio sueño. Puede que otros lo entiendan o no. O que les guste”. 

Esa creatividad poderosa que nacía en su subconsciente lo transformaba en composiciones únicas, estados emocionales que pintaba con absoluto coraje, incluso cuando su técnica no era del todo reconocida. “No me interesan las cosas complicadas ni lo común, me gusta pintar cosas sencillas que sean un poco extrañas. Mi obra surge directamente de mi conciencia interior y debe surgir fácilmente. Es un proceso de selección y reducción”. En 1952, Abercrombie le dijo a la periodista Agnes Lynch: “Me gusta pintar misterios o fantasías: cosas que son reales en la mente, pero no reales en el sentido ordinario de la palabra”.

A Abercrombie le gustaba dejar en claro su desinterés por la técnica, así como de su falta de formación formal. En este sentido hizo una distinción entre ser una buena pintora y ser una mejor artista, y era esto último lo que a ella importaba. Hacer arte tenía que ver con la emoción, las percepciones y las ideas, no con la habilidad: “Algo tiene que suceder, y si no sucede nada, toda la técnica del mundo no lo logrará”.

Reconoció que los artistas Giorgio de Chirico, Max Ernst y Salvador Dalí podrían tener “algo que ver” con su obra. Luego dijo: “Pero la gran influencia fue el pintor belga René Magritte. Cuando vi su obra, me dije: ‘Ahí está tu padre’. Y desde entonces he estado trabajando en esa línea surrealista”.

 

Abercrombie y el jazz

La década de 1940 fue especialmente significativa para Abercrombie, tanto en su vida personal como profesional. En 1942, se casó con Robert Livingston, con quien tuvo una hija, Dinah. Sin embargo, el matrimonio no prosperó y terminó en divorcio en 1948. Este periodo influyó en su arte, reflejándose en obras más oscuras y emotivas. En 1948, se casó nuevamente, esta vez con el crítico musical Frank Sandiford, quien la acercó al universo del jazz, pero de quien se separó en 1964. 

A medida que avanzaba en su carrera, su casa fue convirtiéndose en el templo y refugio de los músicos de Chicago: Sonny Rollins, Sarah Vaughn, Charlie Parker y Dizzy Gillespie -quien se convirtió en uno de sus mejores amigos-, eran habitués de las fiestas y sesiones que Abercrombie organizaba en el salón de su casa de Hyde Park. Sarcástica, magnética e histriónica hacia afuera, le encantaba ser la anfitriona y centro de atención de las veladas. La llamaban la Reina de Chicago. Y hasta tuvo su propia canción compuesta por el pianista Richie Powell titulada Gertrude's Bounce

Una nota en la partitura original dice: "Camina igual que el ritmo que suena en la introducción. El tema tiene una cualidad alegre y vivaz en términos de los movimientos menores que se sucedían al costado". Dizzy Gillespie comparó sus pinturas con el jazz. Es que al igual que un músico de jazz que improvisa sobre ciertos ritmos, notas y melodías, Abercrombie creó un repertorio sobre una serie de temas, escenarios, objetos y colores que tuvieron significados profundamente personales y resonantes para ella. 

 

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 Gertrude Abercrombie y el trompetista Dizzy Gillespie (1940).

 

"El Modern Jazz Quartet vivió aquí de vez en cuando durante dos años", le recordó Abercrombie a Terkel sobre el icónico cuarteto de jazz moderno, que surgió de la sección rítmica de Dizzy Gillespie a principios de los años 50. "Tocaban aquí en la ciudad cada dos semanas, cada mes o cada dos o tres meses y vivían aquí. Eran tipos divertidos y muy dulces".

 

Una aproximación a sus principales obras

En Interior, una habitación pintada de gris exhala un cierto grado de tristeza y quietud. La puerta blanca sin bisagras, parece condenada al encierro, a los costados el yeso desmoronado revela ladrillos debajo de la superficie de las paredes sin adornos. Tres nubes flotan dentro del marco de una ventana sin molduras situada en lo alto de la pared a la izquierda. En el centro, una tela arrugada de color azul verdoso cae sobre una mesa de madera redonda. Mientras que una escoba vieja reposa en diagonal en la esquina izquierda de este espacio poco profundo, poblado de silencio y abandono. La habitación funciona como un autorretrato psíquico, ya sea que esté físicamente presente o no. 

 

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Interior (1939)

 

En un cuadro de 1952 titulado White chair vemos la imagen de una habitación oscura, amueblada de manera típicamente austera, con una silla y una mesa volcadas sobre las que hay una jarra, una taza y una cuchara. Algo ha pasado. Un intento de comunicación, indicado por el teléfono descolgado, un papel tirado en el suelo, insinúan algún tipo de amenaza. En esa habitación, Abercrombie se muestra presente mediante el uso de un cuadro dentro de otro cuadro. Su presencia como una cabeza incorpórea en el retrato en la pared refuerza la fragmentación transmitida por la imagen.

 

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Silla blanca (1952)

 

Esta fragmentación se ve en su obra en varias ocasiones, que van desde imágenes de partes del cuerpo segmentadas flotando en la habitación familiar vista en Split Personality, o en Cabeza en un plato, en la que la propia cabeza de Abercrombie se nos presenta como la de Juan el Bautista. 

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Personalidad desdoblada (1954)

 

Los gatos -símbolo perfecto para el concepto de su obra por su carácter místico ligado a los sueños y la protección de las energías- eran centrales en sus pinturas, y la artista guardaba un verdadero amor por los felinos, incluso dicen que anotaba en una libreta los gatos que había tenido y lo que había sido de ellos. No es casualidad entonces que vivan dentro de sus habitaciones. Si los gatos son los preferidos de las hechiceras, ella encontró la manera de ubicarlos para expresar diferentes emociones. 

 

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Tres gatos (1956) 

 

En Mujer con su sombra (1954), la imagen que refleja la pared no es otra que la de un gato perfectamente sentado. O en Autorreflexión (1953), una mujer mirándose en el espejo en el medio de un pasaje desértico, la imagen que le devuelve el espejo no es otra que la de un gato negro. 

 

H4198-L369015921_original.jpgMujer con su sombra (1954)

 

En 1950, la salud de Abercrombie comenzó a deteriorarse, afectada por problemas financieros y físicos vinculados a su relación con el alcohol. Sus pinturas que funcionaron como una gran pieza del rompecabezas de lo que fue su vida, ya muestran su costado más triste, como si se fuese apagando lentamente. Durante sus últimos años necesitó de una silla de ruedas para trasladarse debido a la artritis que la acechaba, hasta quedar totalmente postrada en la cama. A pesar de estos desafíos, continuó pintando hasta su muerte el 3 de julio de 1977, a la edad de 68 años. Su obra, aunque en gran parte pasada por alto durante su vida, ha sido reevaluada y celebrada en las décadas posteriores, reconociéndose como una figura central en el arte surrealista estadounidense. 

 

 

 

 

 

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