Raquel Forner: presagios y visiones de futuro

Figura clave del arte argentino, dedicó su vida no sólo a la producción, sino también a la divulgación y formación de jóvenes. Sus pinturas eran, según la propia artista, videncias, y debían expresar dramáticamente los acontecimientos de su época.
Por Luciana García Belbey

 

Raquel Forner (Buenos Aires, 1902 - Buenos Aires, 1988), es considerada una de las artistas argentinas más destacadas del siglo XX. Premiada y galardonada por prestigiosas instituciones culturales tanto de nuestro país como del exterior. Su trayectoria estuvo plagada de muestras tanto individuales como colectivas, a nivel nacional e internacional. Sus obras conforman los acervos patrimoniales de renombrados museos y espacios culturales alrededor del mundo; así como colecciones privadas. Sus series relacionadas a la guerra y al cosmos son seguramente las más reconocidas, lienzos cargados de gran dramatismo y expresividad. Como ella misma expresaba en 1938, después de haber presentado Mujeres del mundo: “Necesito que mi pintura sea un eco dramático del momento que vivo”.

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Mujeres del mundo, 1938, óleo sobre tela, 170x 238 cm. Fundacion Forner-Bigatti, Buenos Aires, Argentina. 

 

Nació en el seno de una familia de la pequeña burguesía, por lo que la buena posición económica de sus padres le permitió contar con su apoyo a la hora de decidir dedicarse de lleno al arte. La epifanía ocurrió a sus trece años, en un viaje familiar por Europa. Ese es el preciso momento en que a la futura artista se le despierta la vocación que la acompañará por el resto de sus días, y que abrazará con gran dedicación. Allí ve por primera vez obras de los modernos Picasso, Matisse, Braque; pero también tuvo la oportunidad de maravillarse con maestros antiguos como Masaccio, Piero della Francesca, y sobre todo El Greco, quien la impactó enormemente. Al regreso, en 1918, se inscribe en la Academia Perugino, fundada, hacia 1897, por Augusto Bolognin. Entre sus docentes se contaba con figuras reconocidas como el escultor Torcuato Tasso y el pintor Eliseo Coppini. Era la única de las academias (para “señoritas”) que estaba incorporada a la educación oficial, en tanto, autorizada a emitir certificados de estudios oficiales y válidos, por ejemplo, para ingresar directamente a la Academia Nacional de Bellas Artes, ese fue el siguiente paso para Forner. De este modo, dadas sus grandes condiciones, sus padres accederán a la recomendación de sus maestros, e ingresa a la prestigiosa institución a los dieciséis años. En 1922 obtuvo el título de Profesora de Dibujo, paralelamente también cursó estudios de idiomas y música. Con sólo veintidós años, en 1924, participa por primera vez en el Salón Nacional de Bellas Artes, y obtiene el Tercer Premio con su obra Mis vecinas. Sus primeras muestras individuales tienen lugar en 1928 en la galería Müller, de Buenos Aires, y en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata. Poco se sabe de su obra temprana, dado que ella misma decidió, luego, destruir casi por completo su producción previa a la década del treinta. Hecho que años más tarde lamentará.

En 1929 regresa a Europa, esta vez, aunque aún muy joven, ya como artista consolidada. Durante dos años se radica en París y asiste a los cursos del reconocido artista asociado al Fauvismo, Othon Friesz, en la Academia Escandinava. En esta gran experiencia de formación e investigación incorpora nuevas nociones y conocimientos artísticos, sobre todo ligados a la expresión plástica y al color, pilares del arte moderno. En aquel tiempo, asimismo, comienza a experimentar con la que será una de sus marcas registradas dentro de su lenguaje pictórico: la figura humana de grandes proporciones, rotunda y exuberante. Ese mismo año expone en el Salon des Tuileries, de París, y en el Nuevo Salón-Año Primero, en Amigos del Arte, en Buenos Aires, y en el XI Salón de Rosario, Santa Fe. En la capital francesa frecuenta a los artistas argentinos que luego conformarán el llamado Grupo de París. En 1930 participa en la Primera Exposición del grupo latinoamericano de París, en la Galería Zak, donde expone junto a Butler, Del Prete, Pissarro, los uruguayos Carlos Alberto Castellanos, Figari y Torres García, y los mexicanos Rivera, Orozco y Lazo, entre otros. Regresa a Buenos Aires y en octubre de ese año es invitada por Alfredo Guttero a realizar una muestra individual en el Salón de la Asociación Wagneriana.

La obra de Raquel Forner está tempranamente vinculada a los lenguajes del arte moderno. De allí que su pintura, ya para esta época, apele a la simplificación y la estructuración geométrica de las formas, por lo que es incluida por la crítica del momento (y a posteriori) dentro de las corrientes renovadoras del arte argentino. En su lenguaje plástico comienzan a aparecer fragmentación, rebatimientos, escorzos y facetamientos de volúmenes; elementos que se profundizarán en contacto con el arte europeo de vanguardia durante su viaje de 1929. 

Al regresar a Buenos Aires y hasta finales de 1950, su obra estará totalmente atravesada por “los horrores” de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial. Estos lienzos, cargados de simbolismo, expresan una visión sumamente trágica y desesperanzada, e imprimen ya su sello distintivo: su profunda sensibilidad, su interés por expresar los sufrimientos y padecimientos de los más desprotegidos, visiones que, según la propia artista, se le presentaban en forma de ensoñaciones o videncias. “Mi obra se caracteriza por estar dividida en series. Estas series tienen como punto de partida una videncia extra-plástica […] porque nunca mi pintura es ilustración de una idea. Esa videncia, ese sentir nace en formas plásticas, en ritmos, y en color. Así la serie del Drama, que comenzó en 1938 y terminó en el ’45 fue inspirada en la guerra. Para mi incomprensible, la guerra, la muerte organizada”. 

Hacia 1957 el interés de Forner se orienta hacia la carrera espacial. La nueva gran aventura del ser humano, la conquista del espacio, es una temática que rápidamente la cautivó y que continuó trabajando hasta sus últimos días. Así su serie sobre El espacio, está plagada de seres interplanetarios, extraños, mutantes. Del mismo modo, su paleta cambia, ahora opta por una variedad tonal mucho más vibrante y brillante, con colores vivaces y saturados. Así como el color se vuelve un gran protagonista, la materia pictórica adquiere mayor densidad y textura, sus formas se hacen mucho más sueltas y abiertas. De todas maneras, nunca deja de lado la dimensión poética y simbólica que la caracteriza. Para Marcelo Pacheco, curador de la exhibición que actualmente presenta el Museo Nacional de Bellas Artes, Forner crea en [estas series] “un mundo nuevo para una nueva dimensión, para un futuro acontecer que celebre la vida y termine con la violencia. Los mutantes y los astroseres tratan de crear un universo que permite la hermandad entre el nuevo hombre”.

  

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Monstruo espacial con mutantes, 1973, óleo sobre tela, 73 x 100 cm. Fundación Forner-Bigatti,  Buenos Aires, Argentina. 

 

En los sesenta se vivía el apogeo de la era espacial, y la carrera por conquistar la luna y otros cuerpos celestes del sistema solar. Forner pensaba de manera esperanzada que la búsqueda de nuevos horizontes y nuevos lugares para la vida extraterrestre iba a traer aparejado un cambio de conciencia en la humanidad. Hecho que la artista creía fervientemente que nos hacía falta como sociedad, de ahí que comience su etapa de las mutaciones, los grandes cambios, tanto psíquicos como espirituales. En sus últimos años, según ella misma creía, llega a su plenitud como artista, es el momento en que se expresa con total libertad, sin tapujos ni ataduras, tal como lo haría un niño, solía parafrasear un pensamiento de Picasso en el que justamente sostenía que para pintar como un joven, había que trabajar por muchos años. Es en su madurez donde pinta con una energía vital y arrolladora, como no lo había hecho antes, viaja, expone en el exterior, trabaja como una “jovencita”, incansablemente. Es también una etapa plagada de homenajes y reconocimientos. “Yo creo que desprenderse de lo superfluo y alcanzar la esencia del ser y del hacer, concretar en profundidad su verdad, eso es para mí ser joven, y para lograr esto, sigo luchando”, sostenía en los años 80.

En 1982 Forner crea la Fundación Forner-Bigatti. Para ella fue siempre una gran preocupación decidir cuál sería, a su muerte, el destino de sus obras y las de su marido, Alfredo Bigatti (fallecido en 1964). La Fundación, en su origen, tuvo como principal objetivo convertir su vivienda-taller en casa-museo, con el fin de seguir albergando las obras de ambos artistas. Esta institución sin fines de lucro tiene, a su vez, la finalidad de preservar y difundir el legado del matrimonio de artistas, a través de diversas acciones y actividades educativas-culturales. Raquel Forner falleció en Buenos Aires, a los ochenta y seis años, el 10 de junio de 1988, al poco tiempo el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires le dedicó una exposición-homenaje.

 

El Grupo de París y su matrimonio con Bigatti

En su estadía parisina toma contacto con el grupo de pintores e intelectuales argentinos radicados en “la ciudad luz”, integrado por Horacio Butler, Héctor Basaldúa, Aquiles Badi, Antonio Berni, Juan Del Prete, Pedro Domínguez Neira, el escultor Alfredo Bigatti y el escritor Leopoldo Marechal; juntos integrarán el llamado Grupo de París. Estos jóvenes artistas mantenían una fluida presencia en Buenos Aires, dado que actuaban en el medio local “a distancia”, organizando exposiciones, realizando envíos a los salones, entre otras acciones. Juntos, en Europa, suelen recorrer los principales museos, asisten a las academias libres y también toman clases en renombrados talleres de la época. A su regreso al país, en la década del treinta, incorporarán al contexto argentino influencias de las tendencias de vanguardia vigentes en el viejo continente. De este modo contribuirán en gran medida al proceso de renovación del ambiente artístico local. No sólo en cuanto a las novedades relativas al lenguaje plástico moderno, sino también en lo concerniente a la enseñanza y a los mecanismos de exposición y difusión artística, todas contribuciones muy valiosas que consolidaron el ecosistema artístico local. Un claro ejemplo de las acciones que estos jóvenes artistas querían imprimir en el ámbito porteño fue la creación en 1932 de la academia de enseñanza de Cursos Libres de Arte Plástico. Con tal fin, Forner junto a los pintores Alfredo Guttero, Pedro Domínguez Neira y el escultor Alfredo Bigatti, siguieron la modalidad de los talleres libres que conocieron en París. 

En 1936 Forner se casa con el escultor Alfredo Bigatti quien será para la artista un gran compañero de ruta. Juntos realizan viajes, exponen, trabajan en su casa taller de San Telmo. Tienen una vida compartida a través del arte, los amigos en común, y de gran acompañamiento mutuo en lo profesional. A la muerte de su esposo, en 1964 Forner pinta Viaje sin retorno, un óleo de enormes proporciones, un políptico de nueve piezas cargadas de gran expresividad y simbolismo, y que aún se conserva en su Casa-Museo. En éste introduce un mensaje “secreto” a manera de fórmula, en el panel central superior, haciendo las veces de dentadura de una gran figura humanoide escribe: L+A=V (Lucha + Amor = Vida) y del otro lado, L – A = M (Lucha – Amor = Muerte). En relación a esta obra es inevitable pensar en la siguiente frase de Forner: “Yo comparo la trayectoria de un artista con la de un globo aerostático […] si al globo lo dejamos en libertad, sin lastre alguno, el globo se perdería irremisiblemente en el espacio. Necesita lastre para regular su ascenso y en el momento oportuno, desprenderse de él, para cobrar altura y cumplir con su destino. Porque la lucha termina para el artista, cuando termina su vida”. 

 

El drama, obra que denuncia al “Hombre” como artífice de la guerra

Sin dudas, El drama, 1942, de 126 x 174 cm, es una de las obras fundamentales de su trayectoria, y la que le da nombre a toda la serie. Por este gran lienzo, la artista obtuvo el Primer Premio de Pintura en el “XXXII Salón Nacional de Bellas Artes”. Se trata de una clara y abierta denuncia al hombre como artífice de la guerra. Es una obra desoladora, y cargada de símbolos que aluden a los desastres de las guerras que asolaban el mundo en aquellos años. Y se relaciona con Desolación, también de 1942, que pasa ese mismo año a integrar el patrimonio del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

 

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 El Drama, 1942, óleo sobre tela, 126 x 174 cm. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, Argentina.

 

Un conjunto de obras anteriores, que inicia hacia principios de la década de 1930, pueden pensarse como un claro antecedente de este gran óleo, que resume estos años de recorrido artístico y de sensibilidad social. En Presagio, 1931, las tres mujeres que aparecen en primer plano expresan un profundo temor en sus miradas, sus gestos desgarradores expresan las peores de las emociones. Todo es oscuro y tenebroso a su alrededor. Al fondo de la pintura se percibe un paisaje apocalíptico. Es un presentimiento de lo que está a punto de ocurrir. Le seguirán Mujeres del mundo, de 1938, y Ni ver, ni oír, ni hablar, 1939, que causa una gran polémica. En esta obra se ven tres figuras femeninas similares a las de Presagio, pero ahora totalmente atormentadas. Forner recurre a la exaltación de la expresión de sus rostros, y de sus cuerpos para denunciar la dolorosa realidad que estaban viviendo muchas personas en Europa producto de la Guerra Civil Española (1936-1939) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Para la artista estas no son guerras ajenas y lejanas, las vive de cerca, dado que le llegan cartas de familiares y allegados con las más crueles novedades.

 
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 Presagio, 1931, óleo sobre tabla, 120 x 80 cm. Fundación Forner-Bigatti,  Buenos Aires, Argentina. 

 

Para realizar El drama, la artista realiza una exhaustiva serie de dibujos preliminares, sencillos pero monumentales, con una compleja estructura cargada de personajes y símbolos. Este conjunto de elementos dotan a la obra de un gran sentido narrativo. Forner quiere dejar clara su posición, y su denuncia frente al drama de la guerra. Tres mujeres adultas y una más joven protagonizan el primer plano, entre medio aparece el autorretrato de la propia artista, quebrado, tirado como un despojo en el piso junto con un globo terráqueo, un conjunto de papeles y una mano con la llaga de Cristo. Hacia el fondo se despliega una escena abrumadora de cuerpos consumidos. La humanidad encarnada en la muerte, acompañada de árboles quemados y tierras arrasadas, completan la representación de la agobiante atmósfera que se respira después de un bombardeo. Un cielo oscuro envuelve este negro episodio, donde todo es desesperanza. 

Si bien sabemos con claridad a qué hechos históricos se refiere la obra, su mirada puesta en el drama humano la vuelve universal, e inevitable y lamentablemente nos hace pensar en cualquier otra contienda bélica, pasada, presente o futura.

 

 

 

 

 

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