Sábado, 21 Marzo 2026

Delia Cancela: “Éramos energías, egos”

Figura del pop porteño, la artista y diseñadora de moda se formó en el instituto Di Tella, antes de conquistar París, ciudad donde nació su hija y gran compañera.
Por Maria Paula Zacharias
Delia Cancela: “Éramos energías, egos” Fotos: Lucía Bonells

Colaboración producida y compartida junto a la revista La Revue

 

El gato mira lánguido desde el sillón de toile de jouy. Hay plantas, cuadros, libros, fotos, una gran mesa de trabajo y una ventana abierta al aire cálido porteño. Una mujer de pelo rojo y ojos azules observa la escena. Delia Cancela, artista con una extensa trayectoria entre Buenos Aires y París, lleva décadas repartiendo su vida entre estas dos ciudades.

Nacida en Buenos Aires, vivió más de treinta años en París, donde nació su hija Celeste, también artista. París y la moda atraviesan su historia como dos constantes casi inseparables. Se repite en su recorrido una figura persistente: mujeres pequeñas pero fuertes que se abren camino en el arte. Delia Cancela ha sido reconocida en Argentina y Francia con premios a su trayectoria y distinciones oficiales. Su obra y su trabajo la llevaron a vivir en Nueva York, Londres —donde fue homenajeada y forma parte de la colección del Victoria and Albert Museum— y, de manera más prolongada, en París, entre 1975 y 1999.

Desde su infancia, Delia  empezó a soñar con París. Se enamoró tempranamente del diseñador de moda Jacques Fath viéndolo en las revistas. Cuando era adolescente, su hermana mayor mencionaba a los príncipes que se casaban con las princesas. Ella quiso ser princesa. "Si yo tengo ganas de casarme con el príncipe Fath, ¿por qué no?", recuerda con una sonrisa. Empezó a viajar muy joven. Los años pasaron y echó raíces en la ciudad luz. 

 

Figura central del pop

Llegó por primera vez a la capital francesa en 1967, a los 24 años, becada por el gobierno francés con el Premio Braque. "Tuve mal de mar y todas esas historias, pero fue muy increíble. Lo hice tres veces", recuerda sobre aquellos viajes en barco que marcaron el inicio de una etapa decisiva. Para entonces, ya era una figura central del pop porteño, junto a su compañero Pablo Mesejean: desfiles, vestuarios, muestras y tapas de revista. Un universo que celebraba la música, la moda, los colores, el cine y los cuerpos libres y en el que convivían Saint Laurent, los Rolling Stones, Alicia en el País de las Maravillas y los finales felices.

"Pablo quería volver a Buenos Aires porque lo extrañaba todo, recuerda Delia.  Yo no extrañaba nada. Extrañaba a mi mamá, a mi papá. Extrañaba a mi familia, sí, a los afectos, pero estaba feliz. Me sentía más libre. En Buenos Aires habíamos tenido el Di Tella, que era bárbaro. Éramos energías, egos. Estaba Romero Brest. Venía la plata de afuera, de Estados Unidos. Pero yo necesitaba más libertad. Me quedaba pequeño eso. Siempre necesito libertad". Al viajar se dio cuenta de que la gente extraña a su país, especialmente los argentinos. Pero ella no tanto. París le ha dado una hija, quien se volvió su mayor cómplice.

Siempre se las arregló sola. Nunca esperó nada del hombre. Ni de su familia. El padre de su hija se fue, dejándola sola con un bebé de ocho meses en brazos. La crió, mientras creaba. Trabajaba para pagar el alquiler. Es la historia de tantísimas mujeres. "Eso me dio fuerza", dice. "Me tuve que poner de piedra. Y eso es el estrés. Empecé a dibujar más, otra vez volví a mi mundo, pero siempre seguí muy amiga de Pablo, queriéndolo mucho. Y Pablo se murió. Yo estaba llena de vida, con un bebé, y mi gran amigo murió, y mi otro amigo, Jaime, se murió dos años después. Estoy sola, me dije. Y sigo desesperadamente optimista, vamos a salir adelante. Y bueno, lo que te da un hijo. Te alimenta, te llena de ganas, de fuerzas, y esa es mi relación también con Francia".

París, entonces, no era una fiesta, sino una ciudad bella y oscura a la vez, teñida de hollín. La historia del arte que Delia había aprendido estaba ahí en vivo y en directo. "Salía sola por la ciudad. Había descubierto que estaban los Nenúfares de Monet en l'Orangerie. No había turistas todavía. Me sentaba y podía quedarme horas mirando", recuerda.

 

Ícono de melena pelirroja

Uno de sus sellos más reconocibles, junto con los corazones, son los peinados de las mujeres en sus pinturas y dibujos: pelos erizados, largos, que llegan hasta el suelo o se levantan como montañas. Ella misma es un ícono de melena pelirroja. El recorrido erótico del mundo de la mujer es un elemento esencial en sus obras. Delia es pura feminidad.

Desde sus comienzos en la vanguardia de los años 1960, en el Instituto Di Tella, introduce el lenguaje de la moda en el arte hasta convertirlo en un elemento central de su obra. Desde 1970, junto a Mesejean, crea imágenes para la portada del Vogue inglés y su obra se encuentra documentada en libros de arte y de moda. Publican también en las revistas Harper´s Bazaar y Queen. En 1971, crean una marca de ropa en Londres, Pablo and Delia. Desde los años 1980, Delia retoma su carrera individual y expone en Buenos Aires, Europa y Asia. Colabora para Hermès, Kenzo y Eres.

 

Florcita de maceta rococó rosada

Al día de hoy, camina por la ciudad como una más. Compra su comida en el mercado orgánico Biocoop, cruza los puentes y "se entretiene el ojo y el pensamiento". ¿Su lugar favorito? "La fontaine de Palais Royal. Je suis romantique", dice. "Me siento en la fuente y veo el agua en cascada, con las casas detrás (en una vivió Colette), y ese sendero de árboles. Y escuchar el agua. En ese lugar siempre me pasan cosas mágicas, como ver un gato pelado, como una aparición, que camina por ahí como si fuera su casa. Gente que veo. Lo que pasa en el agua. De golpe, aparecen patos. Aparecen pájaros. El sonido de la brisa en los árboles…".

En París se mantiene leal al onzième arrondissement (la comuna N°11) mientras que el tumulto porteño la obligó a cambiar Palermo por Colegiales. "Me tuve que ir volando de Palermo porque no se podía vivir más. Todo iba creciendo: los ruidos, la gente, la violencia, todas las casas tiradas abajo o convertidas en tiendas. Y eso no te pasa allá. Llegás y la ciudad está igual".

Delia es viajera, pero no es cuatro por cuatro. Más bien un autito de ciudad, un Smart. O una florcita de maceta. "Florcita de maceta rococó rosada", completa. Intentó vivir en el campo pero no pudo. Se describe como muy urbana, no muy aventurera: "Estoy leyendo un libro de María Negroni, La idea natural. Es la naturaleza literaria, en la escritura. Yo no soy de meterme en la naturaleza, pero está en mi obra. No soy una botanista. Soy muy consciente de lo que está pasando, observo todo. Pero, por ejemplo, no sé nadar. Si me meto en el verde, me pican los bichos, las mosquitas, tengo alergia".

Su gran amigo Javier Arroyuelo la describe así: "Es literalmente entre telas que Delia ha estado, vivido y creado la mayor parte de su vida". En el catálogo de la muestra Delia Cancela: Reina de corazones 1962-2018, una gran retrospectiva realizada en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Arroyuelo describe: "Entre esas telas que son tanto los lienzos sobre los que se pinta como los géneros con los que se confecciona la ropa. Con el mismo impulso y sin hacer distinciones intelectuales, con la misma fuerza y originalidad y con una continuidad indiscutible, Delia Cancela ha pintado, dibujado, creado vestuarios y practicado, a su manera, la moda". 

La moda, pero también las mujeres, son su leitmotiv. Así la describe la curadora Carla Barbero en la misma publicación: "Así como los marcadores y lápices acompañan a Delia en sus derivas, son las imágenes de mujeres las que se reiteran. Mujeres que admira, mujeres de su familia, mujeres de novela y las distintas mujeres que ella es. En su taller, hay un estante donde a lo largo de más de veinte años compone un bosque de rostros femeninos y es que ella parece conocer mejor que nadie que el cuerpo es el mejor lugar donde viven las imágenes. Cada vez que dibuja o diseña, Delia cuestiona la mirada corriente sobre esos cuerpos que, en tanto imagen, son el lugar del cuerpo colectivo".

 

Memoria, emociones, herencia

En 2025, Francia la nombró Oficial de la Orden de las Artes y las Letras, reconocimiento que se otorga a quien haya "contribuido significativamente al enriquecimiento del patrimonio cultural francés". En la ceremonia de la Embajada de Francia en Buenos Aires, se emocionó con el discurso del embajador Romain Nadal, pero no lloró. Ya no consigue el alivio de las lágrimas desde el día en que perdió casi toda su obra en un incendio, en 2001. Fue terrible.

Desde la distancia, en las buenas y en las malas, la acompaña Celeste Leeuwenburg, su hija. Celeste es tan parecida a Delia que a veces confunde. La misma cara, los mismos ojos. Pero Celeste tiene un acento francés imborrable. A los 24 años regresó a París con una beca, igual que su madre. Y la obra que la está llevando por el mundo es un homenaje a su mamá, De lo que ella me dijo y cómo me siento. Se basa en historias que escuchó de su boca y de los trajes que ella creó en los años 1970 (sobrevivieron al incendio porque Celeste los tenía en su placard para usarlos). Así creó un diálogo coreográfico y fotográfico, una nueva obra. Una videoinstalación, afiches en las calles y ahora un libro de lujo editado en Luxemburgo, donde esos traje entran en danza sobre un fondo blanco, porque además de enseñarle a descreer de los estereotipos, Delia la entrenó en el arte de crear con lo que se tiene al alcance de la mano, con lo que hay.  

La obra de Celeste tiene que ver con la memoria, las emociones, la herencia… una reflexión sobre la filiación y la transmisión entre generaciones de mujeres artistas. "A través de esta obra, pone en escena la transmisión viva de una historia familiar y artística, transformando el amor filial en una energía creativa compartida. A través de este proceso, el gesto fotográfico de Celeste se convierte en un acto de memoria y de reparación, una manera de hacer danzar la ausencia, al tiempo que entrelaza pasado y presente en una obra coreográfica y visual densa", escribe Christian Gattinoni. Se ha exhibido en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y en julio de 2022 fue finalista en los Premios Louis Roederer Discovery durante los Encuentros de la Fotografía de Arles. Presentó esta misma serie en noviembre de 2022 en el Festival Internacional Jimei x Arles (China) y en el Festival Emop de Luxemburgo en mayo de 2023. Ganó el Premio Les Filles de la Photo.

 

Una en cada continente

"Yo me fui de Buenos Aires a París porque gané una beca, pero también porque era la hija de. Tenía esa duda de si exponía a los 16 años porque mi trabajo era interesante porque soy la hija de Delia Cancela", dice Celeste desde París en videollamada. "Cuando llegué fue mucho más difícil porque no era la hija de nadie. Hoy me parece muy irónico haber tenido estos últimos cinco años muchos premios con este proyecto en homenaje a Delia cuando al final acá hoy la gente no la conoce tanto". Ahora Delia es la madre de. Hace unas semanas estuvo Celeste de visita en su casa durante casi un mes. Dejó todo ordenado y a Delia le cuesta encontrar sus cosas, aunque en su rezongo se nota alegría y gratitud. Cada vez les cuesta más la despedida. "Cuando vuelvo a Buenos Aires me emociono. Lloré los otros días en una clase de gimnasia con una canción de Calamaro. Estoy en un momento muy nostálgico. Argentina también es mi país. Pero por mi carrera necesito estar viviendo acá en este momento", cuenta Celeste.

Delia la añora, aunque están en contacto a diario por teléfono. Juntas hicieron producciones para Elle y Harper's Bazaar en París. En la pandemia, una en cada continente, volvieron al juego de la infancia de Celeste, los dibujos a medias. Así surgió un libro presentado en el Museo Nacional de Bellas Artes, Nosotras cautivas. Al principio fueron ellas solas las que jugaban a hacer cadáveres exquisitos como hacían durante los días de lluvia. Pero luego fueron sumando artistas de Argentina y Francia al proyecto. Después de tres años de trabajo, crearon 55 obras junto a 90 artistas. Delia y Celeste, siempre juntas, y en comunidad, no importan las distancias. 

 

La Fuerza del Espíritu

Delia extraña París. Pero tiene 85 años y acaba de unirse al staff de la galería Ruth Benzacar. "Nosotros consideramos que Delia es una figura relevante dentro de la contemporaneidad, una mujer, sobre todo mujer, que entendió el cruce entre la moda, el diseño y el arte muy tempranamente, que ha tenido un compromiso enorme en su quehacer artístico, y la verdad que su producción es increíble. Incorporarla para nosotros era una situación de bastante naturalidad. De hecho, cuando anunciamos su incorporación todo el grupo de artistas de la galería lo festejó fuertemente, lo cual confirmó que estábamos en una elección correcta", relata Orly Benzacar.

París representa para Delia una nueva raíz que se suma a las muchas que ya posee. La imagen que le viene a la mente es clara: ella es una planta con múltiples raíces que se alimentan mutuamente. Le gusta la estética de Francia, ese estilo particular que no encuentra en otros países mediterráneos, por más maravillosos que sean. "Francia la siento como parte de mí. Esa cosa un poco sólida, y al mismo tiempo abierta", explica. Le gusta el collar de perlas, la condecoración, pero también la libertad de andar en zapatillas, de no preocuparse y tener su propio estilo. De hecho, reconoce que su manera de vestir es muy parisina. Cuando tenía el pelo blanco, largo, lo era aún más. "Llegué con el pelo blanco y largo. Después empecé a teñirme, y esto se convirtió en mi imagen", recuerda.

Pero hay algo que le ha quedado muy presente este año: La Fuerza del Espíritu, de Marie Orensanz, una artista de la galería Ruth Benzacar, también muy francesa y de su generación. Una obra que encuentra un eco en la personalidad de Delia: "Todo el tiempo, cuando me doy cuenta que decaigo, me viene La Fuerza del Espíritu".

 

 

 

 

 

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