Mónica Girón: “La investigación sobre la forma nos permite acceder a pensar desde otro lado”

Desde su nuevo taller en La Boca, la artista prepara una muestra antológica en el Museo de Arte Moderno que interroga la relación milenaria entre los humanos, la naturaleza y el territorio.
Por María Paula Zacharías

Promediando 2022, en el marco de la muestra Violencia social y ancestral, obras de la colección y artistas invitados, se podrá ver en el Museo de Arte Moderno un proyecto específico de Mónica Girón (1959). La muestra abordará las violencias que han golpeado al sur del continente americano, desde dos dimensiones: las vinculadas a problemáticas sociales y políticas desde las dictaduras y guerras hasta los femicidios, y por otro, al territorio como escenario de tensión entre los saberes ancestrales y la explotación de los recursos naturales.

La exposición antológica de Girón planteará un recorrido por su obra histórica, proyectos en los que ha trabajado en los últimos años y obras nuevas pensadas para exhibir en el museo. A través de su producción artística, interroga la relación milenaria entre el hombre, la naturaleza y el territorio. Este proyecto aborda diversas formalizaciones para poder aprehender lo inasible. Girón propone la necesidad de visibilizar, con ejercicios racionales, emocionales y espirituales, los movimientos y tamaños de los continentes, la forma y profundidad de los océanos, la cantidad de humanos que viven en el planeta, la relación entre las emociones individuales y las sociales y la posibilidad de conectarnos a través del arte con nuestros predecesores para entender la relación que tuvieron con la naturaleza.

Presentará una nueva serie de pinturas en las que imagina el paisaje de los querandíes, comunidad que habitaba la zona del Río de La Plata a la llegada de los conquistadores españoles. A partir de datos fehacientes y proyecciones imaginarias sobre la relación entre los querandíes y la flora y fauna del lugar, Girón ensaya una posible mirada transhistórica del hábitat, desde la contemplación de su belleza hasta los usos de los recursos naturales para la vida cotidiana. Entabla así una relación con estos habitantes que nos precedieron a partir de lo que ya no existe y de lo que aún sobrevive en relación a la naturaleza y a nuestra sensibilidad. A la vez, expondrá nuevas obras donde es posible entender la corporalidad y la proporción de las masas continentales, sobre todo la Antártida y Sudamérica, que sumado a los mapas de los mares y el registro del crecimiento poblacional adquieren un lugar central para dar cuenta de la necesidad de poder afrontar una escala que nos supera, poder asirla y conocerla para así poder protegerla. 

En todo esto trabaja en estos días en su nuevo espacio de La Boca. Después de una vida produciendo obra en un pequeño departamento, Mónica Girón tiene un taller grande y luminoso en una antigua casa. Ahí encontró lugares de trabajo, una sala de exposición y un jardín que reconcilió a esta artista nacida en Bariloche con la ciudad, porque por fin encontró naturaleza. Solo hay un problema que heredó en esta casa con duende: no sabe todavía qué destino tendrán los enanos de yeso que moran entre los árboles del fondo. Lo primero que se ve al entrar es una obra reciente, un gran pizarrón que representa un mapamundi de cuatro metros, donde se recortan las placas tectónicas. 

 

– En tu última exposición en la galería Barro estaba muy de manifiesto la idea de una Pangea, y de que todo está conectado. La pandemia puso esa idea de relieve.

 –Sí, estoy leyendo una sistematización del trabajo de la duda existencial, una investigación sobre la Tierra, cuántos somos, el asunto del agua, las placas tectónicas, como para abordar el mundo desde distintas perspectivas. El covid era previsible. La investigación sobre la forma nos permite acceder a pensar desde otro lado. Los presupuestos que nos rodean son en general afirmaciones categóricas pero bastante cortas en su alcance. 

 

– ¿Qué temas estás tratando hoy en tu obra?

–Ya tenía bastantes temas encaminados sobre la ecología. Hay que estar atento a desacelerar y reflexionar sobre el uso de los recursos naturales y de los recursos energéticos de cada persona. Como artista, también está la posibilidad de repensar los recursos creativos en estado de aislamiento, que concibo como un estado temporario. Es lo que me lleva a seguir trabajando también y a mantener un estado de bienestar mental. Mi día laboral empieza a las seis y termina a las nueve. No vivo sola, estoy acompañada, que es algo demandante para la psiquis. Yo tengo mucho entrenamiento en no pegarme al cuerpo emocional, ni el propio ni el colectivo, para poder trabajar, pero lo siento y sé que hay una tristeza inmensa. Si me conecto con eso, me pongo a llorar y no paro. Por eso, tengo un entrenamiento para poner distancia con las emociones y poner énfasis en cierto tipo de sensaciones que tienen capacidad de apelar a la voluntad para hacer un trabajo que quizás pueda ayudar a alguien. Hay que mantener la capacidad creativa, el apoyo y la esperanza. Estudio en grupo, participo en zooms de instituciones, produje algunos videos...

 

– ¿Qué estudiás?

–La contingencia, que es el estado en el que algo puede ser o no ser, algo superador de las ideologías de izquierda y de derecha. Eso lo estuve viendo con un historiador inglés, Timothy Clark. Con la socióloga y antropóloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui estudio el tema de la cultura híbrida de Latinoamérica y la colonización interna. Me interesan las formas y la arquitectura, y estoy siguiendo el desarrollo de Joseph Rykwert, un historiador del arte que piensa cómo nacen las ciudades. 

 

– ¿Qué te ayuda a transitar estos tiempos?

–El amor. Compartir y ayudar a alguien. En lo personal, me ayuda mucho ordenar. Yo mudé el taller en 2018, pero con el acelere de la vida contemporánea no había dedicado tanto tiempo a ordenar mi casa, que fue mi casa-taller durante muchos años. Hace cuatro años que estoy haciendo sistemáticamente un archivo digital de mi trabajo, que es relacional. Se arma un mapa; eso te lo permite la tecnología virtual.

 

– Tenés tu propia sala de exposición.

–Este espacio es para poder hacer visitas de taller porque la verdad es que en casa ya no tenía lugar. Soy muy afortunada por tener este espacio, que es de Lucrecia Urbano, de Zona Imaginaria. Lo tengo en préstamo para poder seguir mostrando y haciendo. Tengo incluso un archivo de obras grandes. Era una antigua casona, y se trabajaron las aberturas en la refacción para que haya mucha luz. La puerta de entrada tiene casi tres metros. Yo trabajé toda mi vida en un departamento monoambiente, y ahora tengo esta expansión. Puedo trabajar con escultura, con pintura al óleo o puedo hacer cosas que pueden tener algún tipo de gases o aromas. Nací en Bariloche. Cuando me vine a estudiar, no solo eran los setenta, en medio de la dictadura y todo era muy ominoso, sino que también fue irme de un mundo de naturaleza. Fue una especie de muerte absoluta. Esa voluntad de hacer arte fue aprender a vivir fuera de un entorno natural. Este taller tiene un pequeño jardín y es una reconciliación... Hay gusanos, hormigas, mariposas, flores, árboles. Es muy lindo. Es sorprendente porque está en La Boca. Cuando empecé a buscar, todos pensaban que una artista como yo debía buscar un galpón. Incluso yo lo pensé. Pero cuando encontré esta casa, si bien los espacios eran más chicos, descubrí que había algo en mí, en mi trayectoria, mi personalidad y mi capacidad que era mucho más adecuada a una casa con jardín que a un galpón. Quedaron unos enanos en el jardín de la familia italiana que vivió acá. No sé cuál va a ser su futuro. La casa tiene una cualidad, y es que ha sido muy querida. Es muy antigua y fue restaurada varias veces. Al jardín se le ha dedicado mucho tiempo. Tenía una jaula para pájaros exóticos y por eso hay plantados distintos tipos de césped para atraer insectos diferentes para esos pájaros. Tiene su imaginario.

 

Adelanto del libro Artistas de entrecasa. Diario de cuarentena en la voz de 90 artistas.

Entrevista completa en YouTube

 

 

 

 

 

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