La obra de Pablo Edelstein (1917–2010, Buenos Aires) está en tiempos de revalorización. Maestro de la cerámica escultórica, dominó la pintura, el grabado y el dibujo, incursionó en el collage y el happening en su larga trayectoria. Su hijo y su nieto, Pablo y Alexis, han realizado el trabajo de compendiar su obra en un libro de lujo, editado en 2024 por India Ediciones, y su obra se exhibió recientemente con éxito de ventas en Nueva York.
El libro se consigue en Yenny, Cuspide, Galerna, Artaediciones, Malba, Proa, Dain Cultura y Museo Marco de la Boca. Y para ver su obra, habrá que viajar a España: será presentada en Casa de América, y en la Feria JUSTMAD de la ciudad de Madrid, y en una serie de galerías y espacios de Madrid, Mallorca y Barcelona. Para desplegar toda su producción en una muestra permanente, abrirán en 2026 un espacio en el centro de Buenos Aires.
Sin desvelarse por el éxito comercial, Edelstein dedicó su vida a la pasión por crear. Nació en Suiza en 1917. Cosmopolita y viajero, después de su crianza en Europa, en 1944 se estableció definitivamente en la ciudad de Buenos Aires para iniciar el camino artístico. Durante treinta y siete años fue un maestro apasionado e inolvidable en escuelas nacionales de Bellas Artes de la Argentina. Tuvo una larga carrera, sembrada de premios, exposiciones y homenajes. Y fue un protagonista fundamental en la institucionalización y defensa de la disciplina que tanto amaba, la cerámica.
Entre otros reconocimientos obtuvo el Diploma al Mérito en Cerámica, en 1992, de la Fundación Konex. Falleció en 2010, pasados los 90 años, poco después de su última gran exposición en el Centro Cultural Recoleta. Con su vida y su obra dejó una huella imborrable. Su obra forma parte de instituciones y colecciones privadas de la Argentina y del exterior.
En su repertorio están el erotismo, la tauromaquia, las flores, los paisajes, los bustos y cabezas, los bodegones y la experimentación, la geometría y la abstracción. Vivió obsesionado con la figura humana, que fue puliendo y sintetizando hasta volverla angular. Al final de su camino, se encontraba subyugado por la Cinta de Moebius y el deseo de atrapar en chapa metálica una idea del infinito. Cada una de estas disciplinas fue para él una forma de dar cuerpo a “arquitecturas vivas” y revelar la voz intrínseca del medio.
La última muestra presentada fue Materia Expandida, en la galería François Ghebaly de Nueva York. Reunió su obra con la de la artista argentina Patricia Iglesias Peco, residente en Los Ángeles y quien fue alumna de Pablo. Cerró en octubre de 2025, con grandes ventas de sus obras en cerámica. Se trató de un diálogo entre pintura y cerámica que atraviesa generaciones, lenguajes y modos de entender la materia como núcleo de la creación artística.
El título Materia expandida remite a algo más elemental que los términos “material” o “medio”: alude a aquello que constituye la esencia misma de las cosas, aquello formado por bloques fundamentales y atributos inalienables. Esta reflexión sobre la sustancia y sobre la capacidad del artista para transformarla es el punto de partida de la muestra, que enlaza las prácticas de Peco y Edelstein —maestro y discípula— en una conversación sensible sobre naturaleza, tiempo y memoria.
Distribuida a lo largo del espacio de la galería en Nueva York, la exposición combinó las sinuosas pinturas policromas de Peco con esculturas cerámicas de Edelstein que presentan sus motivos recurrentes de caballos y toros, producidas entre 1968 y 1997.
Discípulo del artista argentino-italiano Lucio Fontana en la década de 1940 —cuando la cerámica recién comenzaba a integrarse al lenguaje de las artes visuales—, Edelstein incorporó de su maestro la importancia del gesto y de la relación directa con el material. Ambos mantuvieron una amistad duradera y una extensa correspondencia en la que compartieron técnicas, reflexiones y visiones sobre el arte argentino de su
tiempo. “Al verlo trabajar, tomé conciencia por primera vez de la importancia de la técnica gestual”, recordaría Edelstein en 2002.
Patricia Iglesias Peco, fue a su vez su discípula. Se formó en el taller de Edelstein en Buenos Aires siendo adolescente, su pensamiento y enseñanza marcaron profundamente su práctica. En su trabajo, que enlaza elementos del bodegón clásico con alusiones literarias, la artista construye vívidas rapsodias sobre la metamorfosis, la dualidad y el mundo orgánico. Su pintura se caracteriza por una manipulación intuitiva, casi escultórica, de la materia pictórica: la huella gestual, la textura y la tensión entre abstracción y figura son el centro de su lenguaje.
En la muestra, las atmósferas violetas, los óxidos y ocres de sus lienzos dialogan con los esmaltes cristalinos y las terminaciones terrosas de las esculturas cerámicas de Edelstein, componiendo un encuentro entre dos sensibilidades unidas por una misma pregunta: ¿cómo la materia puede expandirse hasta volverse espíritu?































