El Reloj de Christian Marclay

Desde sus inicios en la experimentación sonora, Marclay se ha erigido como un artista conceptual de inigualable ingenio y versatilidad. The Clock, su obra maestra más ambiciosa y original, le valió un León de Oro en la Bienal de Venecia de 2011.
Por Fernando García

 

Atención: lo que sigue es un ready made de Wikipedia (versión en inglés). A la medianoche, los personajes van a bares y beben. Algunos buscan intimar mientras otros se sobresaltan al ser despertados por el sonido del teléfono. En las primeras horas del día, los personajes están casi siempre solos o durmiendo. Varias escenas de sueños se sobrevienen entre las 3 y 5 AM. Cerca de las 7 AM se los ve despertando. Desde las 9 hasta el mediodía toman el desayuno o tienen sexo mañanero. A medida que el mediodía se acerca hay secuencias con escenas de acción hasta que se escuchan las campanas de High Noon (western de 1952). El ritmo del video se ralentiza de inmediato una vez que pasan las 12. Entre las 4 y las 5 PM la atención se centra en el transporte dado que los personajes viajan en aviones, trenes y automóviles. A eso de las 6 PM cenan mientras se escuchan tiroteos. Al anochecer van de fiesta. A eso de las 8 empieza la actividad de las orquestas y teatros. A medida que se acerca la medianoche todos se vuelven más frenéticos y violines chirriantes de múltiples clips construyen el momento. A la medianoche Orson Welles es empalado en el reloj de la torre de The Stranger (1954) y el Big Ben, una vista recurrente en The Clock (2010), explota en V de Vendetta (2005). 

El Vivo Dito de Alberto Greco, el cine de Andy Warhol (Sleep, Eat, Empire), el “A day in the life” de Los Beatles y de Stephen Dedalus en el Ulyses de Joyce o los Treinta Minutos de Vida de Moris y “Del rigor en la ciencia”, el cuento de Borges de apenas un párrafo. Todas estas obras forman constelación con The Clock (2010) la masterpiece del video-artista Christian Marclay (California, 1957) que le dio al tiempo del arte el de la vida misma. Una película de veinticuatro horas en la vida de la modernidad a partir de un trabajo de tres años de edición y montaje sobre 70 años de imágenes producidas por la industria del cine. Una película imposible de ver, cuyo espectador utópico es un atleta de la vigilia impulsado por una sobrecarga de adrenalina y endorfinas. Una película que nadie puede ver completa como nadie puede completar las veinticuatro horas de un día siguiendo el pulso del mundo. ¿Una película?

 

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Lo que más se ve en The Clock son, claro, relojes. En You Tube la obra es fragmentada en franjas horarias (3.10 a 3.15) y así aparecen relojes antes inadvertidos por todas partes. Un reloj que da las 3.15 PM en el comité de campaña del candidato a presidente de Taxi Driver y tantos otros que contradicen el mandato del bolero: “reloj no marques las horas”. The Clock es la reconstrucción de la vida por el arte porque, como en el cuento de los cartógrafos de Borges, ocupa todos sus instantes. Es como un organismo vivo. 

Marclay la estrenó (es correcto aplicar aquí palabras del cine) en la galería White Cube de Londres después de trabajar con un equipo sobre 12 mil fragmentos y un presupuesto de cien mil dólares. La galería dispuso de seis copias destinadas a instituciones por 467.500 dólares y en el primer día de exhibición ya se habían recibido propuestas de distintas partes del mundo. Marclay las vendió con la condición de que nunca fueran exhibidas al mismo tiempo y así es como hoy en día hay copias de The Clock en el Los Angeles County Museum, la Tate de Londres, el Centro Pompidou, la National Gallery de Canadá, el Boston Museum of Fine Arts y el Israel Museum de Jerusalem. El MoMA espera, en tanto, la donación de los coleccionistas Jill y Peter Kraus. La nave nodriza del arte moderno estrenó la película de películas de Marclay entre diciembre de 2012 y enero de 2013. Se podía ver desde las 10.30 AM hasta las 5.30 PM. Un remix de The Clock debería incluir escenas del público (que podía permanecer en la sala el tiempo que quisiera) viendo The Clock en el MoMA. Close up a relojes de pulsera o celulares (no se podían sacar fotos).  

La universalidad de The Clock es absoluta. Casi como un fenómeno de la naturaleza. La verdadera bomba de tiempo. El ready made más grande de la historia. Un día en la vida.

 

 

 

 

 

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