En una carta escrita en 1987 a la revista Locus, el autor californiano K. W. Jeter introdujo por primera vez el término “steampunk” como una forma irónica de agrupar su propia novela Morlock Night junto a las de colegas como Tim Powers y James Blaylock. La etiqueta —una analogía directa con el cyberpunk— sirve para describir al subgénero de fantasía ambientado en el siglo XIX que Jeter y sus contemporáneos venían escribiendo desde fines de los setenta.

Tapa de Morlock Night, la novela escrita por K. W. Jeter en 1979.
La estética de este movimiento se apoya en obras y autores del 1800, como los reconocidos Julio Verne y H. G. Wells, con sus máquinas de explorar el tiempo, submarinos de hierro forjado o dirigibles imposibles. E incluso en otros de menor renombre, como el ilustrador francés Albert Robida, que imaginó un futuro lleno de aeronaves, máquinas y ciudades tecnológicas desde un aspecto decimonónico, o de su colega inglés William Heath Robinson, cuyas ilustraciones estrafalarias y dibujos humorísticos forman parte esencial del patrimonio cultural británico.

Tapa de Le Vingtième Siècle (El siglo XX), novela ilustrada por Albert Robida en 1883.
El steampunk toma las bases del diseño industrial victoriano real, con su maquinaria a vapor (steam, en inglés, quiere decir vapor), instrumentos de cobre y zinc, relojería expuesta, cuero curtido y madera barnizada. Un anacronismo explícito que imagina un mundo en el que la tecnología parece anterior a la electrónica, pero que cumple —o pretende cumplir— funciones futuristas. Como una computadora que funciona con válvulas y manivelas. O armas que combinan revólveres con calderas.
La búsqueda de estos artistas nunca fue reconstruir aquella época con fidelidad histórica, sino reinventarla. Y un buen ejemplo es el trabajo de Jean "Moebius" (el seudónimo con el que firmaba sus obras) Giraud, el ilustrador francés que le dio al steampunk gran parte de su vocabulario visual antes de que el término existiera. En la historieta de ciencia ficción El Garaje Hermético, publicada entre 1976 y 1980, mezcló arquitecturas complejas con vehículos con mecanismos expuestos y una anatomía de las máquinas que parecía casi respirar.

Ilustración de la serie Les Voyages d’Hermès de Jean "Moebius" Giraud, comisionada por la casa de moda francesa Hermès en 2010.
El trabajo de Moebius en otras historietas como, Arzach y The Long Tomorrow publicadas entre 1975 y 1976, fueron clave para el diseño conceptual de las famosas películas Blade Runner y Alien (junto a Dan O'Bannon y Ridley Scott) porque demostró cómo el metal viejo, oxidado y sobrecargado de detalle podía ser tan expresivo como cualquier paisaje natural. Una fusión entre la tecnología antigua y la ciencia ficción que se transformaría en la semilla del movimiento.

Viñeta del comic The Long Tomorrow de 1976, del dibujante Jean "Moebius" Giraud y el guionista Dan O'Bannon.
En 1983, el dibujante belga François Schuiten y el guionista francés Benoît Peeters editaron el primer número de Les Cités Obscures (Las ciudades oscuras), una serie de historietas ambientadas en un universo de ciudades alternativas con torres de hierro forjado, estaciones ferroviarias monumentales que desafían la gravedad, máquinas de vapor colosales integradas en la vida cotidiana y ascensores que comunican rascacielos. La transición perfecta entre los pioneros del siglo XIX y el cómic de vanguardia de los 80.

Viñeta de la serie Les Cités Obscures de 1983, del dibujante belga François Schuiten y el guionista francés Benoît Peeters.
Aunque fue principalmente escritor, Michael Moorcock fue una de las figuras que más contribuyó a definir el clima visual y conceptual que luego sería identificado como steampunk. En novelas como The Warlord of the Air (1971), parte de la saga Oswald Bastable, el autor londinense imaginó una historia alternativa donde el Imperio británico del siglo XX todavía dominaba el mundo gracias a enormes dirigibles y una tecnología basada en principios victorianos. La portada y las ilustraciones asociadas a sus libros recuperaban una estética de aventura imperial, máquinas voladoras y exploración colonial que anticipaba muchas imágenes centrales del género.

Portada de la novela The Warlord of the Air escrita por Michael Moorcock en 1971.
Pero el steampunk no fue propiedad exclusiva de Occidente. Antes de fundar Studio Ghibli, el japonés Hayao Miyazaki sentó las bases visuales del género en Oriente a finales de los 70 y durante los 80, obsesionado con la aviación de principios del siglo XX y la Revolución Industrial. En Conan, el niño del futuro (1978) y, de forma definitiva, en Nausicaä del Valle del Viento (1984), El castillo en el cielo (1986) y El Castillo ambulante (2004), Miyazaki definió la estética del movimiento en la animación con naves voladoras gigantescas propulsadas por hélices múltiples, trenes blindados a vapor, fortalezas flotantes de remaches y los icónicos "ornitópteros", las aeronaves que, como los pájaros, vuelan batiendo sus alas. Estos últimos, también mencionados en la clásica saga literaria de ciencia ficción Dune (1965) de Frank Herbert, y que hoy se pueden observar también en la versión fílmica Dune (2021), dirigida por Denis Villeneuve. Y dentro de la corriente del steampunk japonés, sería Katsuhiro Ōtomo, autor del legendario largometraje animado de ciencia ficción Akira (1988), quien llevaría el género a su máxima expresión con el film Steamboy (2004), considerado al día de hoy la película de animación más costosa de la historia del anime.

También hay expresiones más contemporáneas, como el artista hongkonés-canadiense James Ng, que construyó un universo visual donde la estética imperial china, la Revolución Industrial y la ciencia ficción conviven en escenarios de enorme escala. Su serie más reconocida, Imperial Steam and Light, imagina una China alternativa del siglo XIX en la que la tecnología a vapor alcanzó un desarrollo extraordinario: ciudades flotantes, máquinas gigantescas bélicas, trabajadores con trajes mecánicos y aeronaves que recuperan la iconografía de Julio Verne.

Imperial Airship, del ilustrador James Ng.
Formado en Disney, el ilustrador estadounidense Brian Kesinger llevó el steampunk hacia un territorio más íntimo, narrativo y lúdico con la serie Walking Your Octopus, protagonizada por Victoria, una joven exploradora victoriana, y Otto, su pequeño pulpo mecánico. Combina acuarela, dibujo clásico y elementos de fantasía en escenas que muestran un mundo de inventores, animales fantásticos y aventuras cotidianas atravesadas por la tecnología retrofuturista. Su trabajo aporta una mirada más cálida y cercana del universo steampunk.

Ilustración de Walking Your Octopus, de Brian Kesinger.
Richard Nagy, conocido artísticamente como Datamancer, llevó el steampunk a la vida real transformando la tecnología moderna en piezas de fantasía victoriana y se convirtió en uno de los máximos exponentes del género aplicado al diseño de objetos. Su serie de teclados, computadoras portátiles y estaciones de trabajo personalizadas reinterpreta dispositivos digitales mediante madera, acero, cuero, tubos de cobre y mecanismos inspirados en la relojería antigua. Sus creaciones, como el famoso Datamancer Steampunk Keyboard, siguen planteando la pregunta central del movimiento: ¿cómo serían los objetos tecnológicos actuales si hubieran sido inventados durante la era victoriana?

Datamancer Steampunk Keyboard de Richard Nagy.
Justo ahí, en la hendija donde se genera esa tensión entre la nostalgia y la utopía tecnológica, entre el hierro forjado y la fantasía, el vapor del steampunk sigue alimentando una de las estéticas más peculiares y fascinantes del último medio siglo.


















