En 1945, durante un viaje por Suiza, el pintor francés Jean Dubuffet se propuso recorrer hospitales psiquiátricos para reunir dibujos, pinturas, esculturas y otros objetos. Su misión era encontrar una forma de creación que no estuviera condicionada por la educación artística, las modas ni las instituciones. En esas visitas, entró en contacto con médicos, artistas y coleccionistas, y descubrió las obras de Aloïse Corbaz, Adolf Wölfli y Heinrich Anton Müller, nombres hasta ese momento ignotos, pero que con el tiempo se convirtieron en referencia de un movimiento. Ese mismo año, Dubuffet acuñó una expresión que terminaría definiéndolo: Art Brut.

Jean Dubuffet
“Entendemos esto [el Art Brut] como obras ejecutadas por personas que están libres de cultura artística, donde la influencia mimética, al contrario de lo que ocurre con los intelectuales, tiene poco o ningún papel, de modo que sus autores extraen todo (los temas, la elección de los materiales empleados, los medios de transposición, los ritmos, las formas de escritura, etc.) de su propio fondo y no de los clichés del arte clásico o del arte de moda”. La definición programática del pintor francés fue publicada en el catálogo L'Art Brut préféré aux arts culturels, editado por la Galerie René Drouin de París en 1949.
“Presenciamos una operación artística pura en estado puro, bruta, reinventada en su totalidad por su autor a través de todas sus fases, basándose únicamente en sus propios impulsos. Este arte manifiesta únicamente la función de la invención, y no los persistentes papeles del camaleón y del mono que son constantes en el arte cultural", completaba el pintor francés.

Catálogo L'Art Brut préféré aux arts culturels, editado por la Galerie René Drouin de París en 1949.
Mientras los museos, las academias y las galerías definían lo que podía ser considerado arte, Dubuffet dirigió su mirada hacia los márgenes. Hacia esa frontera que separa lo normal de lo que supuestamente no lo es. Personas internadas en instituciones psiquiátricas, presos, solitarios, autodidactas, excéntricos y otros creadores que no se reconocían necesariamente como artistas. Lo que le interesaba no era solamente la biografía de esas personas, sino la manera en que desarrollaban lenguajes visuales propios, muchas veces utilizando materiales y procedimientos inesperados.
“La locura le da alas al hombre y favorece su poder de visión. [...] Esta distinción entre lo normal y lo anormal nos parece muy artificiosa: ¿quién es normal? ¿Dónde está ese hombre normal? ¡Muéstrennoslo!”, dice el manifiesto. “Muchas obras modestas, breves, casi desprovistas de forma, resuenan con una fuerza extraordinaria; y por esa razón son preferibles a muchas obras monumentales de ilustres profesionales. [...] El verdadero arte nunca está donde se espera encontrarlo. [...] El arte detesta ser reconocido y saludado por su nombre; huye inmediatamente”.
Adolf Wölfli fue uno de los primeros grandes hallazgos de Dubuffet. Nacido en Berna en 1864, estuvo internado durante buena parte de su vida en el hospital psiquiátrico de Waldau. Detrás de esas paredes, Wölfli construyó una obra gigantesca que combinaba dibujos, escritura, partituras, números, símbolos y narraciones. Composiciones atravesadas por una acumulación obsesiva de líneas, figuras geométricas y elementos repetidos. Con el tiempo, la producción de Wölfli se convirtió en uno de los ejemplos fundamentales para comprender qué buscaba Dubuffet cuando hablaba de Art Brut.

Adolf Wölfli
Otra figura central fue Aloïse Corbaz, nacida en Lausana en 1886. Después de trabajar como institutriz y vivir una experiencia traumática vinculada a su relación con el mundo de la corte imperial alemana, fue internada en instituciones psiquiátricas. En ese contexto empezó a desarrollar una obra poblada de personajes, figuras femeninas, flores, corazones, músicos y escenas teatrales. Corbaz dibujaba sobre papel, cartón y otros soportes, utilizando lápices de color y materiales que tenía a su alcance. Su universo visual es uno de los favoritos de la colección de Dubuffet.

Aloïse Corbaz
También hay que mencionar a Augustin Lesage, un minero francés que arrancó a pintar después de escuchar, según relató, una voz que le anunció que algún día sería artista. Esa experiencia mística hizo que las primeras obras de Lesage surgieran de manera casi automática y fueran creciendo hasta convertirse en composiciones simétricas de enorme complejidad, llenas de arquitecturas imaginarias, figuras, ornamentos y motivos geométricos. Trabajaba a gran escala y construía sus imágenes a partir de una acumulación minuciosa de detalles, haciendo de cada pintura un universo en sí mismo.

Augustin Lesage
Existe una relación ineludible entre el Art Brut y el surrealismo. Dubuffet conoció a André Breton y compartió con los surrealistas el interés por las expresiones alejadas de la razón y de las convenciones culturales. En 1948 fundó junto a Breton, Jean Paulhan y otros intelectuales la Compagnie de l’Art Brut, y en 1949 presentó en la galería René Drouin de París una exposición acompañada por su manifiesto L’Art Brut préféré aux arts culturels, citado anteriormente, una defensa abierta a esas producciones frente a lo que consideraba el arte institucionalizado y académico.

André Breton
La variedad de materiales es parte fundamental de esta corriente artística. Papel, cartón, madera, tela, hilo, objetos encontrados, restos industriales, pintura, lápices, tinta y cualquier elemento disponible podían convertirse en herramientas. Las obras podían ser dibujos minúsculos o construcciones monumentales. Podían estar cubiertas de escritura, repetir obsesivamente un mismo motivo o inventar sistemas completos de símbolos. No existe una estética única, pero sí un mismo espíritu: estar al margen de las reglas conocidas del arte.
Uno de los casos más extremos es el de Henry Darger, el estadounidense que trabajó durante décadas como empleado doméstico en Chicago y produjo en secreto una obra monumental que prácticamente nadie conoció durante su vida. Su proyecto In the Realms of the Unreal combina una novela de miles de páginas con cientos de ilustraciones protagonizadas por las Vivian Girls, un grupo de niñas que atraviesan guerras, batallas y paisajes fantásticos. Darger se valía de acuarelas, dibujos y recortes de publicaciones para armar sus escenas. Actualmente, esa obra forma parte de la colección de Art Brut de Lausana, Suiza, la más completa del mundo.

Henry Darger
Ubicada a orillas del lago Lemán, en el sector norte de la ciudad, la Collection de l'Art Brut ocupa el histórico Château de Beaulieu, una elegante residencia del siglo XVIII rodeada de jardines. El museo alberga la colección reunida por el artista francés Jean Dubuffet, quien donó a la ciudad miles de obras. Entre otras, las de otro nombre clave, Madge Gill, una mujer nacida en Londres en 1882 que trabajaba principalmente con tinta y lápiz y desarrolló una iconografía obsesiva dominada por rostros, figuras femeninas y patrones geométricos que se multiplican hasta ocupar superficies enteras. Gill decía recibir instrucciones de una entidad espiritual a la que llamaba “Myrninerest”. Sus dibujos podían cubrir enormes rollos de tela y convertirse en auténticos laberintos visuales.

Madge Gill
Más tarde también conocido como Outsider Art, la historia del Art Brut también incluye artistas que no encajan fácilmente en esa definición inicial. La propia colección de Lausana fue ampliando sus fondos con nuevas investigaciones y adquisiciones, hasta reunir decenas de miles de piezas de creadores de distintas épocas y países. Además de Wölfli, Corbaz, Lesage, Darger y Gill, aparecen nombres como Gaston Chaissac, pintor y escritor autodidacta francés que se nutrió del ámbito rural de su país; Willem van Genk, artista neerlandés obsesionado con las ciudades, los transportes y los mapas, que sufría episodios relacionados con el autismo y la esquizofrenia, o Nek Chand, escultor autodidacta indio que construyó el famoso Rock Garden de Chandigarh con materiales reciclados.

Gaston Chaissac

Willem van Genk
Vale la pena mencionar también a August Walla, artista marginal austríaco que desarrolló un universo simbólico propio poblado de dioses y figuras fantásticas; a Johann Hauser, dibujante y pintor austríaco que, huérfano de pequeño, se crió en un hogar para niños con discapacidad mental y es conocido por sus imágenes intensas de figuras humanas y temas eróticos; a Marguerite Sirvins, artista francesa que creó delicadas composiciones textiles y dibujos durante su internación psiquiátrica; y a André Robillard, otro artista francés, pero en su caso célebre por ensamblar rifles, cohetes y objetos imaginarios a partir de materiales de desecho.

August Walla

Johann Hauser
“El acto artístico, con la tensión extrema que implica, la alta fiebre que lo acompaña, ¿puede acaso ser considerado normal?”, se preguntaba Dubuffet en su manifiesto. La pregunta, aún sin respuesta, sigue resonando en el aire.












