Los imperios artificiales de Kohei Nawa

El artista japonés hace especial foco en las superficies y materialidades de sus increíbles esculturas con el fin de generar percepciones sensoriales que desafíen las barreras entre lo físico y lo virtual.
Por Fernando García

 

“Generar una sensación de tacto sin acercamiento físico es una forma superior de expresión”, dice Kohei Nawa (Osaka, 1975) filmado en su bunker de Kyoto por un equipo de la televisión francesa antes de su desembarco en el museo del Louvre como parte de la muestra colectiva Japonisme, con la que Japón y Francia sellaron 160 años de relaciones diplomáticas. Fue en 2018 cuando bajo la pirámide diseñada por Ieoh Ming Pei que da acceso al museo más visitado del mundo, Nawa instaló Throne que es lo que es: un trono. Por el concepto metaimperial de la pirámide (Egipto revisitado como potencia por una geopolítica del arte) pero, a la vez, señalando el advenimiento de una inminente nueva autoridad. En ese juego de poder entre un imperio antiguo y otro moderno, esta escultura de diez metros hecha con tecnología de modelaje 3D de punta dorada en pan de oro, representa el trono de su majestad la Inteligencia Artificial

 

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Es curioso que al escritor y crítico cultural Jorge Carrión se le haya pasado incluir la escultura emblemática de Nawa en Membrana (2022), la novela escrita como el catálogo de un museo del siglo XXI creado por algoritmos y emplazado en medio del Amazonas. Throne fue creada por Nawa con un concepto similar: ofrendar un objeto donde se cruzan tecnologías ancestrales (el uso del oro en la parafernalia estética egipcia) con los últimos desarrollos de la impresión 3D al que considera el próximo imperio, uno que está más allá de lo humano. Un trono acaso sin rey ni reina y un atributo cuya forma sólo quizás la propia IA pueda atisbar. ¿Será muy diferente a esta suerte de alga o bacteria hiperexpuesta inspirada en la iconografía de las fiestas sintoístas del Ancien Régime japonés?

A Nawa le interesa explorar o suturar esta distancia entre lo cognoscible y lo indescifrable; entre lo físico y lo virtual. La ficha de Pix-Cell Deer #24, su única obra en la colección del MET de New York, es elocuente: “Este ciervo disecado ha sido transformado por la aplicación del artista de pequeñas cuentas de vidrio llamadas Pix-Cells, concepto de su propia invención con el que fusiona al pixel (la mínima unidad de una imagen digital) con una célula biológica”. Nawa ha desarrollado esta idea de una célula pixelada o un pixel plasmático hasta convertirla en una serie completa de obras en las que objetos adquiridos por Internet son revestidos por estas esferas transparentes creando una cascada de luz. El ciervo es una obsesión iconográfica de Nawa que echa raíces en los cuadros sintoístas conocidos como Kasuga Deer Mandala de fines del siglo XIV. 

 

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Pero la serie PixCell también le hizo lugar a una Virgen María de santería (Pix-Cell María #19) cuya observación digital (ahora mismo mientras se escribe esto) en la pantalla ofrece un poderoso influjo háptico a la vez que óptico. Es como si en estas piezas enjoyadas Nawa hubiera captado lo inmaterial de los objetos tanto como la presencialidad de lo virtual remoto que está y no está. Y así estamos (no estando). 

 

 

 

 

 

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