Las grandes obras en neón de Maurizio Nannucci (Firenze, 1939) tienen, también, ese no sé qué. Nada de aquella intangibilidad medio cursi de la letra que Ferrer imaginó para el soliloquio de un loco y su balada lunfa-pop escrita por Piazzolla. Más bien un estado intermedio, pero también de incertidumbre, en el que sus slogans ejercen la seducción corporativa de la publicidad, aunque reversibles con el ejercicio irreverente del texto en el arte contemporáneo. Veamos More than meets the eye (más de lo que el ojo puede abarcar), por ejemplo, que pasó del edificio del MAXXI (Museo Nacional del Arte del Siglo XXI) construido por Zaha Hadid en Roma a incrustarse en el fantasma post industrial de un gasómetro de la empresa italiana de energía Eni, como parte de un programa de intervenciones en sitios específicos. En la noche es un espectáculo fascinante, esqueletos de la modernidad que hacen de soporte para un billboard con una frase hecha que, explica el gran oráculo digital, indica en inglés que una persona, situación o cosa puede ser más compleja de lo que parece a simple vista. El show es tautológico, el titánico esfuerzo del arte contemporáneo puede tener algo no visible muy a pesar de su luminiscente evidencia. ¿Y si dijera “Impossible is nothing”? ¿De qué lado de la vitrina estaríamos?
Nannucci, il cavaliere del neón, señala el emplazamiento con las mismas palabras que lo haría el funcionario de turno asesorado por un ghost writer (¡pero si hasta los fantasmas, hasta los más eruditos, los que escriben, están en la fase final del reemplazo por las habladurías del chat GPT!). Dice el caballero florentino de este neón gigante: “A través de la luz blanca del neón la obra diseña una nueva geografía de la ciudad trazando un puente ideal entre el arte contemporáneo y la arqueología industrial”. Lo más significativo de esta operación es, al fin, la supervivencia del neón (quien juega con las palabras también lo hace con fuego, ojo: Roma, el camino que va de Nerón al neón). De material industrial (una fase que ya, tan pronto, es arqueologizable) a signo de contemporaneidad.
En la ciudad pos-moderna, las carteleras ya emulan en su complejidad tecnológica al metaverso. Sin embargo, Nannucci es el artista neoclásico de un Quattroccento fuera de órbita. El neón opera como reemplazo de la luz divina y a las palabras de la Biblia se las cambió por mensajes que están en ese no sé qué donde la corporación juega al artista. Nannucci lo está diciendo sin decirlo: en el siglo XXI ni Dios ni Estado, mercado. Por eso frente a ñoñerías tales como And what about the truth (¿Y qué hay de la verdad?) o What to see what not to see (Qué mirar y qué no mirar) que podrían intercambiarse entre el pabellón de una Bienal y una vitrina de Fendi (y quizás ese sea su more than meets the eye…) sobresale el que acaso sea su mejor neón. All art has been contemporary (1999) (Todo arte fue contemporáneo) dice en un azul mortecino. Es como aplicar esta intermitencia en la que vivimos a cualquier época, lo que reduciría la especificidad de aquello que define una forma sin forma del arte a la que se conviene en llamar contemporánea. El modo de entender las cosas, que le hacía decir a León Ferrari que la Iglesia había tenido la mejor agencia de publicidad de la historia a su servicio.
Nannucci es un emergente de la radicalidad del 68, un activista capaz de haber creado entre 1974 y 1985 una editorial, una radio y una galería sin fines de lucro para dar lugar a la creación experimental. Pero su sello en el siglo XXI son estos neones con slogans que se mimetizan demasiado bien con el dialecto corporativo. De todo aquello, acaso queden aquí los restos de un espejo. Quien pueda unirlos verá reflejado allí un texto que dice algo así como que el sponsor es el artista.
























