Miércoles, 22 Abril 2026

Gulnur Mukazhanova y el material como terreno de disputa

En un ejercicio político de la transferencia comunitaria expandida, la obra textil de la artista kazaja evita con pericia el destino de curiosidad étnica y la funcionalidad decorativa. 
Por Fernando García

 

Como si no hubiera sido suficiente el drama conceptual de Joseph Beuys, persiste una idea errónea (¿prejuicio de clase visual?) que asocia al fieltro con la calidez doméstica o el souvenir antropológico. Pero en las manos de la achinada Gulnur Mukazhanova (Semipalatinsk, Kazajistán, 1984), el material se vuelve un terreno de disputa. Nada de impostura piadosa highbrow hacia la artesanía manual: lo que hace esta artista kazaja con base en Berlín es una operación de haute couture  sociopolítica sobre el cuerpo de la historia.

Los discursos curatoriales que atraviesan las bienales buscan en una reconsideración de los textiles la dosis de autenticidad que el centro exige a la periferia. Pero Mukazhanova no llegó al núcleo duro del arte contemporáneo como un opiáceo dosificado para bienpensantes. En su serie sobre Qandy Qantar (Enero sangriento), el levantamiento civil de 2022 que dejó un saldo de 238 muertos en Kazajistán, el fieltro antes que proteger, expone, denuncia. En esas masas de lana golpeadas, tumefactas y amasadas con mucha violencia, retornan las prácticas performativas del expresionismo abstracto o el gesto informalista (por los materiales cotidianos también) pero desde un ángulo extraviado que se desentiende de esta especulación genealógica. Kazajos a sus cosas. 

Porque el mundo de Muhazhanova no ha sido el de Rauschenberg ni el de los latinoamericanos insomnes por el influjo de Sartre y la bohemia existencialista. Si en Beuys el fieltro tártaro apareció como un señalamiento de la supervivencia, en Mukazhanova apunta a descorrer el manto de la capacidad asesina del poder político. Es curioso que un material, en distintas manos y generaciones, pueda ser tan determinante y específico para ubicar a una de las regiones más remotas de la ex Unión Soviética en la sensibilidad del arte contemporáneo. Y que la confluencia se cristalice en Berlín, nada menos.  

Así, Mukazhanova revela su origen pero desprecia el purismo porque su obra pide ser híbrida a los gritos. En False Hope or Moment of the Present  (2018) mezcla los oficios del nomadismo con el brillo barato del lurex y las telas sintéticas que inundan los mercadillos de la inmensa Asia Central. Pero, ay, el título. Eso del presente como una falsa esperanza es un brutal neón a la altura de la prosa visual de una Jenny Holzer

Mukazhanova explora entonces la fricción (no solo conceptual sino física) entre los materiales de la identidad ancestral y las chucherías de la globalización. El resultado colorido e informe no dejar de ser un comentario óptico/háptico sobre la idea de consumo que llega en enormes contenedores etiquetados en Beijing y Moscú, casa matrices de las potencias que transicionaron al capitalismo de estado a los dos lados de las montañas y el horizonte kazajo. 

En su paso por espacios consagratorios como el CHAT (Center for Heritage, Arts and Textile) de Hong Kong o la Bienal de Venecia, Muzhakanova evitó con pericia el destino de curiosidad étnica para imponerse como una esteta del volumen. En esas capas de lana y tela asoman estratos geológicos de la memoria: cada pliegue oculta un silencio y cada color es un grito. 

En la ruta de Marco Polo, la kazaja fue reclutada por Venecia en 2024 para los fastos por los siete siglos pasados desde la muerte del legendario viajero. El dinamismo de la alfombra que vuela al ras del piso en las imágenes de la Sala delle Colonne es el mismo vórtice de la historia de su tierra. Una serpiente que es también remolino que se remonta al antiguo Imperio Chino, el dominio mongol, la irrupción del comunismo y la salida a la (re)identificación étnica, los conflictos posmodernos, la migración masiva. Transiciones abruptas que su estética intenta fijar en objetos que se llevan a las patadas con la funcionalidad decorativa. 

Se trata de textiles concretos, en el sentido literal del término y en su significante como demanda de lo visible (mostrar algo concreto, eso). Mukazhanova y su obra tienen peso, olor y una urgencia que tira las puertas abajo. Porque lo que ha traído al circuito no puede pasar desapercibido nunca y en ningún lado. Es el documento visual y táctil de como una identidad y un lugar pueden deshacerse y volverse a ensamblar demasiadas veces y con demasiada violencia. Y su ejercicio es el de una transferencia comunitaria expandida. En estas piezas se transmite una advertencia antes que un saber. Mukazhanova viene del futuro: un lugar donde ni el fieltro abriga ya. 

 

 

 

 

 

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