Lunes, 20 Abril 2026

Estilos: Vaporwave, el paraíso que nunca existió

Cómo una estética de internet construyó una mitología entera sobre la nostalgia, el capitalismo tardío y la utopía fallida del futuro que prometió el siglo XX. Todo lo sólido se vaporiza en el aire.
Por Martín Sanzano

 

La génesis de lo que se conoce como vaporwave se dio entre 2010 y 2011 en los rincones más recónditos de Internet. Eso, que por aquel entonces todavía no tenía nombre, eran canciones construidas con fragmentos de jazz suave, melodías de ascensor y publicidades de los ochenta —todo ralentizado, distorsionado y saturado de reverb— ensambladas sobre imágenes con columnas griegas, computadoras viejas y amaneceres de neón sobre el océano. Un experimento sonoro, pero también visual, que sin proponérselo demasiado consiguió construir un universo inmediatamente reconocible. 

Sus elementos son una suerte de arqueología de lo digital: paletas de rosa, lila, cian, magenta y turquesa. Grillas en perspectiva que recuerdan los gráficos de los primeros videojuegos tridimensionales; bustos greco-romanos de mármol flotando en espacios virtuales; logotipos pixelados de marcas de los ochenta y noventa; textos escritos en katakana o en fuentes de computadora antigua como Times New Roman; y, de nuevo, soles con efectos glitch que se ponen sobre el océano en loop infinito.

La fecha de nacimiento oficial del vaporwave suele ubicarse en 2010, con la publicación del álbum Chuck Person's Eccojams Vol. 1, del artista Daniel Lopatin, bajo su alias Oneohtrix Point Never. Y es en 2011, con Floral Shoppe, de Vektroid, pero bajo el alias Macintosh Plus, que termina de consolidarse. Música construida a partir de retazos de otros temas manipulados al extremo hasta el punto de convertirlos en algo nuevo. Por citar un ejemplo, es como escuchar el tema Africa, de Toto, pero como si lo cantara un Barry White informático y el disco estuviese rayado. O un saxo sensual a la Kenny G, pero que suena como la introducción de Gativideo reproducida en los parlantes del televisor viejo de un micro de larga distancia.

Las imágenes elegidas para acompañar estos sonidos son un fenómeno aparte y sostienen el concepto con una sorprendente combinación kitsch de neoclasicismo con tecnología de consumo de fin de siglo, una pizca de cyberpunk y paisajismo corporativo. Los gráficos, con claras influencias de la pintura metafísica, parecen salidos de la portada de un juego para las consolas Sega o Nintendo, o de una copia barata de Twin Peaks. En otras palabras, entrar en la estética de este movimiento es como caminar por un shopping abandonado en 1995. Y es allí donde radica la gran paradoja del vaporwave

La palabra que más aparece en cualquiera de los análisis de este movimiento es nostalgia, pero no por algo que el oyente —¿o deberíamos decir consumidor?— haya vivido. La mayoría de los artistas y seguidores del vaporwave nacieron a finales de los noventa o en los 2000, por lo que resulta cronológicamente imposible que recuerden cómo era Miami en 1987, que hayan escuchado el jazz de hotel de los años de Reagan o incluso siquiera visto los primeros protectores de pantalla de Windows. Es la añoranza de una época que no fue vivida, pero sí consumida a través de películas, publicidades y canciones. La representación de un pasado que, en términos reales, nunca existió. Un espacio estético e histórico indefinido.

Conceptualmente, el vaporwave se ubica entre el capitalismo tardío que definió Fredric James —mercantilización total de la cultura, inmediatez y pérdida de historicidad— y el aceleracionismo que describieron autores como Nick Land, Alex Williams y Nick Srnicek  —insatisfacción con el presente, añoranza de "otros futuros posibles" perdidos en el tiempo y el anhelo de una "modernidad alternativa"— y la teoría del simulacro de Jean Baudrillard —ya no vivimos rodeados de representaciones de la realidad, sino de copias sin original—. 

En Internet, su único lugar de existencia, el vaporwave provocó tantos adeptos como detractores. Para los primeros, representaba una sátira del capitalismo que tomaba la música diseñada para hacer consumir y la convertía en algo incómodo, contemplativo, casi amenazante. Ralentizarla era un gesto de resistencia, de sacar el freno del acelerador del sistema. Sin embargo, para los segundos, el vaporwave no vino a criticar al capitalismo, sino a celebrarlo. O hasta hacerle apología.

Aunque no fue uno de sus fundadores, James Ferraro es uno de los nombres más representativos e integrales de este movimiento. Nacido en Nueva York en 1986, este productor de música experimental, compositor y artista contemporáneo tuvo un recorrido que no sigue la lógica habitual de la electrónica. Empezó en el ruido más opaco y lo-fi —en proyectos como The Skaters— y derivó hacia una forma mucho más inquietante de composición, donde lo artificial se vuelve protagonista. 

Su obra clave es Far Side Virtual (2011), un disco hecho con sintetizadores plásticos, melodías tipo MIDI y climas que remiten a interfaces que le aportan otra paleta de colores al vaporwave. Hay menos nostalgia y más presente inmediato, siempre filtrado con pura artificialidad. Está mucho más cerca del ringtone que del homenaje y plagado de guiños ineludibles a tres videojuegos de simulación que marcaron a fuego una era: Second Life, Sim City y, claro, Los Sims. Todo suena tan amable como neutro, tan brillante como sintético. Para completar el cuadro, la portada del álbum presenta dos iPads en un fondo extraído de StreetView

Ferraro supo estirar los límites del movimiento, salir de Internet y llegar no solo a las bateas de vinilo con sus discos, sino también a las salas de exhibición con instalaciones como Time, Moving and Storage (2013), una exposición en tres partes que hizo con Takeshi Murata y Ben Jones, donde los datos o bits se desplazaban a través de la distancia que hay entre las ciudades de Nueva York y Los Ángeles. Animaciones digitales, gráficos 3D de baja resolución, loops visuales y pantallas que funcionan como interfaces. Información en plena circulación, en pleno movimiento. 

Obras como esta o discos como Palm Mall, de Cat System Corp. (un interesante ejemplo del subgénero mallsoft, que es básicamente vaporwave pero con sonido ambiente de shopping mall), forman parte de las múltiples ramificaciones que brotaron de la raíz de este movimiento tan efímero —más allá de los revivals, el período de gracia del vaporwave duró apenas dos años— y tan poderoso —podemos afirmar que ya forma parte del corpus estético de la generación Internet— como un meme. Un movimiento que miró los desechos del capitalismo de consumo y encontró ahí, en ese basural virtual, una certeza: el paraíso no está en el pasado ni en el futuro, está en esa zona muerta entre lo que pudo ser y lo que no fue. 

 

 

 

 

 

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