Al paulista Nelson Leirner le cabría mejor la etiqueta fenomenológica de sismo que la de artista ya que su paso por la escena fue un sacudón telúrico dispuesto a derribar las estanterías del buen gusto y a poner en entredicho los consensos estéticos. Volver aquí sobre su acción rehabilita el lugar del artista como un profanador. Pero no en el sentido impío que se atribuía León Ferrari o cualquiera de los iconoclastas que trabajaron sobre los símbolos del capitalismo o el socialismo, sino que el altar en el que Leirner decidió activar su granada de mano fue el del propio arte. Ya fuera hacia sus sistemas de validación, estrategias fetichistas de mercado o, incluso, desenmascarando muy pronto la farsa solemne en la que suele convertirse el arte contemporáneo global.
Tan pronto como en 1967 adelantó un escenario común para el siglo XXI. Su envío al 4to Salón de Arte Moderno de Brasilia consistió en la presentación de un cerdo disecado prolijamente ubicado en una caja. Leirner acaso buscaba reproducir en el contexto brasileño de dictadura y efervescencia radical el rechazo del Salón de los Independientes de París ante el ready made Fountain firmado por R. Mutt (Marcel Duchamp). Pero no. Leirner pretendía ser literal y lo que había enviado no tenía pretensiones de renovar la escultura o expandir el objeto sino que era eso, el cadáver de un animal.

O Porco, 1966. (Cerdo disecado en caja de madera). Pinacoteca de Sao Paulo, Brasil.
La aceptación ponía en evidencia la fisura institucional. Si el rechazo podía encender las alarmas de censura, la aceptación desnudaba el desconcierto del jurado y una validación absurda en la genealogía de la subasta de Comedian de Maurizio Cattelan en Sotheby´s por seis millones de dólares. Si quiere entenderse lo de “farsa solemne” escrito más arriba basta con repasar el texto con el que la casa de subastas anunció la venta pública y la declaración de Justin Sun, el cripto millonario que compró la banana y anunció que se la comería “como parte de la experiencia artística”. Leirner estaba contra todo esto: la fruta que se pretende ready made, su valor como obra y la posibilidad de que el chiste represente una “experiencia artística”.
En este sentido, Leirner desafió las propias estrategias de los neo dadaístas. Su pretensión no era que un objeto banal como la lata de sopa Campbell tuviera lugar en un museo sino que el museo entendiera que era otro supermercado revestido de prestigio.
El 67 fue el año en el que Leirner dejó todo listo. Como parte del grupo Rex organizó una galería (Rex Gallery & sons) que llevaba ese mismo nombre y que tras un año decidió cerrar con la Exposición-No Exposición. El público que ingresaba a la despedida podía llevarse cualquier obra sin pagar nada. Así el acto final de los Rex se trató de un saqueo consentido. Un acto de denuncia y justicia poética. ¿Se podía ir más lejos?
El cerdo presentado al Salón de Arte Moderno de Brasilia forma parte de la colección de la Pinacoteca de Sao Paulo. Tanto el MoMA como el Malba tienen versiones de su Homenaje a Fontana, donde la revolucionaria idea del tajo fue reemplazada por cierres relámpagos que podían ser manipulados por los espectadores (condición que no se cumple).
Homenaje a Fontana, 1967. (Telas y cierres). MALBA, Buenos Aires, Argentina.
Leirner murió en 2020 a los 88 años y nunca abandonó la posición de enfant terrible con la que había irrumpido en los 60. El deber frente a su audacia es saber que la única forma de salvar al arte es, cada tanto, intentar matarlo.



























