Más de 150 espacios, 600 artistas y 800 actividades gratuitas se distribuyeron en doce circuitos por la capital chilena. Con la construcción de públicos como prioridad, SAFA buscó revitalizar la actividad artística y acercar a los habitantes de Santiago a una oferta cultural que todavía tiene mucho por revelar.
Una ciudad puede tener una escena artística activa y, sin embargo, necesitar que algo la ponga en movimiento. Que los visitantes de una galería se animen a entrar a un taller, que un coleccionista descubra un espacio independiente, que alguien que nunca frecuenta exposiciones encuentre una puerta de entrada al arte contemporáneo. En Santiago de Chile, ese fue el desafío de SAFA, el primer festival que dedicó una semana entera a conectar los lugares donde se produce, se exhibe y se comparte arte. Durante seis días, la capital ensayó una manera distinta de recorrer su propia geografía cultural.
Del 6 al 11 de octubre de 2026, el Santiago Festival de las Artes combinó exposiciones, aperturas de talleres, encuentros con artistas, conversaciones y visitas mediadas. Los doce circuitos atravesaron comunas y barrios con identidades diversas, desde las galerías de Vitacura hasta los proyectos independientes de Yungay y Matta-Franklin. El recorrido permitió reconocer una trama cultural que desborda los nombres y las zonas más conocidas de la ciudad y que reúne distintas maneras de entender la producción nacional de arte contemporáneo.
Aunque la posibilidad de organizar una feria estuvo sobre la mesa, Fundación Antenna decidió priorizar otro reto y propiciar nuevas formas de acercamiento entre la sociedad chilena y su escena artística. Las ventas podían ocurrir —y ocurrieron—, pero el eje estaba puesto en generar encuentros y abrir caminos capaces de prolongarse más allá de los días del festival. "Antes de hablar de mercado creo que debemos impulsar y fomentar nuevas audiencias que conecten con nuestros espacios de creación y nuestros artistas”, explicó Alfonso Díaz, cofundador y director ejecutivo de la fundación.
La apuesta no consistía en sumar nuevos espacios al circuito del arte, sino en hacer más visibles los que ya existían y propiciar otros vínculos entre ellos. “Lo único que creamos fue ser una plataforma enorme para visibilizar y conectar, pero en verdad, todo ya existe”, señaló Díaz. Así, el festival, puso en diálogo proyectos con escalas, objetivos y formas de trabajo muy diferentes.
La diversidad de esa trama se advertía, sobre todo, al salir de los recorridos habituales. El mapa incluyó galerías consolidadas, talleres de artistas, colecciones privadas y proyectos independientes vinculados con sus barrios. En Yungay, Galería Hifas convirtió un antiguo garaje de la calle Libertad en una vitrina abierta de forma continua para que las obras pudieran verse desde la calle, sin puertas ni intermediarios. El proyecto se vincula con artistas, vecinos, estudiantes e investigadores, y durante SAFA presentó Formas de Sostener, de Cocó Santibáñez, una exposición que partía de objetos cotidianos para explorar el cuerpo, el cuidado y el trabajo doméstico. En el mismo barrio, Casona Compañía, sede de la Colección Ca.Sa, incorporó al circuito una perspectiva ligada al coleccionismo privado.
Los talleres abiertos ofrecían otra forma de acercamiento. Además de permitir conocer los espacios de trabajo de los artistas y observar sus procesos creativos, la programación incluyó talleres participativos en los que el público podía aprender distintas técnicas y oficios. La experiencia ampliaba el vínculo con el arte; ya no se trataba solo de mirar las obras, sino también de experimentar con los materiales y las prácticas que las hacen posibles. “El programa se abrió más o menos una semana antes y, previo al festival, el 90 por ciento de todos los talleres y clases estaban llenos. Ahí te das cuenta del hambre de la gente de aprender nuevos oficios o acercarse a disciplinas blandas. Tenemos pocos espacios creativos hoy en día”, contó el director ejecutivo de la fundación.
Hacer visibles la diversidad de ofertas no garantiza, por sí solo, que nuevos públicos se acercaran a ellas. Para Díaz, la mediación era una condición para que ese encuentro pudiera producirse: “SAFA está sustentado en la mediación. Lo consideramos súper importante ya que necesitamos construir audiencia. Esas futuras comunidades que van a tener diálogo con los diferentes espacios, artistas o agentes. Y si esa relación no está construida es muy difícil que exista y más crudo aún, que prospere algo”.
Esa idea se tradujo en la formación de cien jóvenes mediadores, seleccionados entre cerca de 600 postulantes y preparados durante más de cuatro meses. Durante el festival, acompañaron y guiaron visitas en once instituciones. Su tarea era facilitar el diálogo con las obras, habilitar preguntas y ofrecer puntos de entrada a quienes no contaban con conocimientos previos.
La continuidad aparece como el desafío principal. La organización aspira a que SAFA se convierta en una cita estable del calendario cultural y busca extender la escuela de mediación.
La prueba de la revitalización que SAFA busca impulsar no estará únicamente en reunir espacios bajo una misma programación, sino por su capacidad para transformar, aunque sea gradualmente, la relación entre la ciudad y su escena artística. El Santiago Festival de las Artes hizo visible una geografía cultural que ya estaba ahí; queda por ver si ese mapa amplía los recorridos habituales y cuántas de esas primeras visitas darán lugar a vínculos duraderos con el arte.




























