Colección MNBA: Dos bailarinas en amarillo y rosa, de Edgar Degas

El impresionista francés fue un sujeto oscuro y contradictorio. Conquistó el arte de representar la danza y en la captura del instante de la acción, le dio sustancia al tiempo y forma a lo infinito.    
Por Manuel Quaranta

 

Edgar Degas es de esos artistas cuyo nombre remite indefectiblemente a una imagen puntual. Cuando pronuncio Cezanne imagino manzanas, cuando digo girasoles pienso (ya con cierto hastío) en Van Gogh, cuando anuncio a Degas se imponen las bailarinas. Las representó en dos y tres dimensiones. A los cuerpos de bronce, además, les agregó, con sutil clarividencia, finos ropajes. Son figuras frías y tiernas, tímidas, no necesariamente bellas, de una humanidad conmovedora. Las adolescentes esculpidas continúan firmes, con sus sueños de gloria intactos. 

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La Petite Danseuse de quatorze ans, Edgar Degas,1881. Glipoteca Ny Carlsberg, Copenhagen.

 

En el libro Degas Danza Dibujo, el poeta inspirador de Walter Benjamin, Paul Valery, elaboró un retrato heterodoxo del artista: “En todas las categorías, el hombre verdaderamente fuerte es el que nota mejor que nada viene dado, que hay que construirlo todo, comprarlo todo; y el que se asusta cuando no nota obstáculos, el que los crea”. (1)

Degas era un ser voluntarioso, obstinado, de convicciones brutales. Se relamía frente a las tareas más arduas. Solo lo difícil, le gustaba repetir, es estimulante. Resistencias, dificultades, rehuía de los planes sencillos. La potencia del pensamiento crece con los problemas. Ahí se lanzaba Degas, al océano de contrariedades y terminaba asombrado con él mismo, único individuo al que de verdad le importaba asombrar. Si la mayoría de las personas se desanima con los obstáculos (2), están quienes descubren la inigualable felicidad de enfrentarlos. 

A los setenta años, Degas le confesó al pintor Ernest Rouart: “Hay que tener una idea elevada no de lo que hace uno, sino de lo que podría hacer un día, porque, si no, no merece la pena trabajar”. Entrega y ambición absolutas para construir una obra perdurable, si bien la perdurabilidad responde a misterios que exceden el trabajo consciente y el talento artístico; de hecho, Degas no gozó en vida de gran prestigio, sólo después de la guerra de 1914, y gracias a un grupo de especialistas, se granjeó el favor del público.

 

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Danseuse basculant (o Danseuse verte), Edgar Degas, 1877-79). Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

 

El museo Thyssen-Bornemisza conserva la Danseuse basculant (o Danseuse verte) de Degas, tal vez, compitiendo con Hooper y Rubens, Bacon o Caravaggio, sea el hit del museo madrileño. La pintura es pequeña, concisa, precisa, pero el movimiento (la representación del movimiento), el contraste entre los colores, la posición de la bailarina, la curvatura del suelo, la vuelven una obra perceptivamente memorable. Esto sugiere que ninguna obra de arte, ni literaria ni cinematográfica, se gana un lugar en la historia por el tema, sino que el tema siempre se ve desbordado por cuestiones formales (“en este hombre, la forma es una decisión motivada”, escribe Valery). Ninguna de las obras que me interesan se reduce a lo anecdótico. Es innegable, a veces ocurren extraños fenómenos de síntesis. 

Como cualquier artista de relieve, Degas fue un sujeto contradictorio, oscuro, en el límite con la decencia. Se reconoce su antológica misoginia y un antisemitismo furibundo. Vicioso voyerista. Gruñón e irritable. Fóbico hasta la risa, vivía de rentas y trataba a todos como señor feudal. Era un genio, no una buena persona.

Entre sus hazañas, Degas conquistó el arte de representar la danza. En el Museo Nacional de Bellas Artes el espectador distinguirá en la sala 11 a dos bailarinas de ballet contorsionándose, articulando sus movimientos, forzando sus cuerpos. Sobre todo la bailarina vestida de amarillo adopta un estado muy inestable; hay algo de muñeca mecánica en la pose, en su mímica. Son figuras sorprendidas en acto, en el acto, en un instante determinado. Degas capta un momento específico (3), el gesto, la mueca, la intimidad de dos cuerpos solitarios en compañía. 

 

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Dos bailarinas en amarillo y rosa, Edgar Degas, 1898. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

 

Ultraconservador en lo ideológico, Degas experimentó sobre todos los medios de expresión plástica. Para Deux danseuses jaunes et roses (Dos bailarinas en amarillo y rosa) utilizó carbonilla y pastel (el óleo lo aburría). En esta obra se aprecian fácilmente los arrepentimientos, que el artista tuvo la delicadeza de no ocultar. Son líneas gruesas que visibilizan las decisiones y recuperan la noción de trazo en la pintura. Degas compartía con Valery la idea de que el dibujo era una de las formas más altas de la inteligencia.

 

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La classe de danse, Edgar Degas, 1871-74. Musée d'Orsay, París.

 

Si afinamos el ojo detectaremos en La classe de danse (4) (Museo de Orsay) la captura del instante de la acción (gerundio pictórico). La bailarina de la izquierda se está rascando la espalda, y a su derecha, apenas se ve la mano de otra bailarina acomodándose un aro. Se siente una intensa emoción estética al descubrir esos gestos sutiles que el autor no destaca, sino rescata de un olvido inminente. La obra de Degas orbita sobre lo momentáneo del momento, lo provisional de una postura que indica el carácter provisional de la vida.

En la galería de arte de Queensland, Australia, se expone Trois danseuses a la classe de danse, notablemente parecida a la del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. La contorsión de la bailarina sentada recuerda a la bailarina con tutú amarillo. Tiene lógica, en una clase de danza el precalentamiento y los ejercicios tienden a la repetición. 

 

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Trois danseuses a la classe de danse, Edgar Degas, 1888-90. Queensland Art Gallery, South Brisbane.

 

En 1915 Degas comienza un lento declive físico. “Poco a poco, dejó de serle posible trabajar, y su razón de vivir desapareció de su vida”, apunta Valery. La ironía del destino hizo que la noticia de su muerte, acaecida a fines de septiembre de 1917, se diluyera entre guerras y revoluciones. 

Degas intentó darle forma al infinito y sustancia al tiempo. Murió seguro de que lo había conseguido. 

 

1. El libro comienza así: “Igual que el lector, ensimismado a medias, garabatea en los márgenes de una obra y genera, al albur de la abstracción y de la punta del lápiz, seres pequeños o inconcretos ramajes junto a los bloques legibles, eso mismo voy a hacer yo, según el capricho de mi mente, en la contigüidad de estos pocos estudios de Edgar Degas”. 

2. Resuenan los dichos del escritor británico (nacido en Francia) Somerset Maugham: “La voluntad necesita obstáculos para ejercitar su fuerza; cuando no se halla impedida nunca, cuando no es menester esfuerzo alguno para lograr los propios deseos, porque uno ha dirigido sus deseos tan sólo sobre las cosas que pueden ser obtenidas con sólo extender la mano, la voluntad se torna impotente. Si uno camina continuamente en un llano, los músculos necesarios para trepar una montaña habrán de atrofiarse”.

3. Degas no prestaba demasiada atención al color, ni a la luz, ni a los planos o los volúmenes. A él le interesaba el dibujo, la línea, asir el instante, por eso otro de sus temas favoritos fueron las carreras de caballos. La cuestión del instante capturado desveló a un contemporáneo del pintor, Eadweard Muybridge, quien desarrolló las cronofotografías (antecesoras del cinematógrafo), con las cuales investigó el movimiento equino. En 1912 (con Degas aún vivo), Marcel Duchamp pintaría Nu descendant l'escalier, donde aborda el problema de la sucesión lineal del tiempo y del espacio.  

 

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Nu descendant l'escalier, de Marcel Duchamp (1912).

 

4. El póster de la película El loro y el cisne (2013), de Alejo Moguillansky, reversiona la pintura de Degas, otorgándole a la anécdota original un cariz cinematográfico.

 

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