El Aleph como es sabido y admitido es uno de los cuentos más importantes de Borges. En este ensayo procuramos mostrar el sentido del relato, mediante los significados levemente encubiertos por Borges con alusiones literarias y símbolos. Nada que no se haya hecho antes. Es el placer de escribirlo, más que el descubrimiento o el aporte de nuevas interpretaciones o significados lo que nos provoca.
Misterio, límite, causa y ciclo
Vivimos en el misterio y con el misterio. Nada sabemos sobre el tiempo, (si es que así puede llamársele), anterior a nuestro nacimiento, ni posterior a la muerte. Nacimiento y muerte no sólo son los límites de la vida, sino que como límites yacen detrás de todo el conocimiento. La razón, todos nuestros conocimientos necesitan un “nacimiento” y una “muerte”, un principio y un final (1). La eternidad y la infinitud no nos han sido dadas. Pero, aunque estén fuera de la razón, viven en nuestra consciencia. De ahí las citas preliminares del Aleph.
“O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space”. Hamlet II, 2 (2).
Hamlet propone una distinción entre el campo de la consciencia y la capacidad racional: estamos encerrados en la razón, en una “cáscara de nuez,” pero la consciencia sigue conteniendo un reino ilimitado, infinito, que va más allá de la razón. Mientras que la razón, atada al concepto, a la lógica y al discurso no “concibe” si no hay límites, sin los cuales el conocimiento es imposible. No domina el infinito; ni la eternidad, agregamos nosotros.
E inmediatamente, la cita del Leviatán: “But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a nunc stans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a hic stans for an Infinite greatnesse of Place”. Leviatán, IV, 46 5 (3).
Hobbes nos dice que la eternidad es el “ahora permanente”, el “nunc stans” que es el postulado indemostrable del tiempo inabordable por la razón. Nadie lo puede entender porque no es sucesivo, es la eternidad del Aleph: todos los instantes coexistiendo, es el “ahora” del espíritu que está fuera del tiempo. El “hic stans” es “el aquí permanente”, la infinitud, el postulado indemostrable del espacio, no sometido al movimiento ni a la extensión. A diferencia del “aquí” físico, (que es relativo, móvil, perspectival), el “hic stans” indica presencia total, indivisible, sin ubicación particular, sin cambio. Es un aquí metafísico, no geométrico; el “aquí” de la infinitud o del espíritu. Hobbes, en esta cita maravillosa, también nos dice que nadie puede entender ese “hic stans”, o sea que no está sujeto a la razón, cuya función es entender y cuyo producto es el concepto (4).
La expresión racional de la eternidad es el tiempo, la de la infinitud es el espacio. El tiempo y el espacio están sujetos a la razón, en especial a las matemáticas, el tiempo a la aritmética y el espacio a la geometría.
Las citas previas de Hamlet y Leviatán nos dicen que siempre necesitamos un principio, una causa donde todo se origina y que esa causa originante no puede formar parte de lo originado, la causa no es parte de los efectos, es absolutamente diferente. Ese principio siempre es misterioso, incomprensible. Se expresa sin sonido o sin significado, con contradicciones en los términos y otros instrumentos, (no se nos ocurre otra palabra), que no están en la existencia, que no están sujetos a la razón, que están antes de la razón y que hacen posible que ésta exista. Y necesitamos un final, porque la razón debe estar circunscripta para existir. El final es siempre la negación de la razón que transcurre, es una muerte a partir de la cual gobierna la sinrazón, lo inexplicable, lo inasible por el intelecto.
Todo el conocimiento está circunscripto por límites; “perímetros” dirían los griegos. Y siempre esos límites son misteriosos, son postulados indemostrables, que no “existen”, no están en nuestra realidad. Las matemáticas miden el tiempo y la extensión, pero necesitan el cero y el infinito para existir. El cero y el infinito son postulados indemostrables, no existen, no están sujetos a la razón, sólo se puede “creer” en ellos, pero sin ellos las matemáticas no pueden existir.
En general nos referimos al cosmos, al orden, para designar la totalidad en que vivimos, pero no hay constancia de ningún orden, hasta que descubramos una ley rectora de la totalidad, vivimos en el caos originario, vivimos en lo diverso, aunque permanentemente nos referimos al universo, como si existiese esa norma rectora. Llamamos tiempo a lo que transcurre y se mide, pero lo único que tenemos es la eternidad y llamamos espacio a la extensión que medimos, pero en realidad estamos en la inconmensurable infinitud.
Las distintas culturas designan de modo diferente al postulado indemostrable donde todo empieza. Para los griegos según la tradición clásica de Hesíodo, el principio es Chaos, la hendidura, el abismo de donde nacen Nyx, la noche y Erebo, la tiniebla y de esas dos potencias de la oscuridad nace la claridad, Hémera, el día y Éter, el aire luminoso del cielo.
Con el nacimiento de la filosofía los griegos dejan de lado la doxa, la opinión, la creencia y se valora el logos, la razón. Sin embargo, Aristóteles para explicar el principio desde donde la razón empieza debe recurrir a una contradicción en los términos, el “primer motor inmóvil,” un ente inexistente, otra vez un postulado indemostrable (5). La razón una vez más cae derrotada por el misterio, por lo que no “existe”, por lo que solamente “es”, por la doxa, la creencia sin evidencia.
En la otra cultura fundante de Occidente, la cultura judía, la negación, la nada preexistente también es la causa del principio: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”, dice el Génesis. E inmediatamente después nacieron la luz y la noche. El comienzo es siempre la negación de la existencia.
Los judíos son una de las primeras culturas en crear un alfabeto, o sea la desagregación analítica de los sonidos de las palabras y la construcción de un lenguaje no instintivo, un logos del lenguaje. Pero esa sucesión de sonidos tiene que comenzar también por su negación, la letra Aleph que no tiene sonido, que es el principio que contiene todos los sonidos simultáneos y a partir del cual nacen los sonidos sucesivos. Aleph es, por tanto, un emblema de la inmanencia originante; lo que “es” sin pronunciarse.
Y en este cuento Borges se refiere a esa letra sin sonido, a ese signo que no significa, a uno de los mil modos de llamar a la inexistencia que es causa y fundamento de la existencia.
El cuento
Los dos cuentos de máximo misticismo de Borges comienzan con una mujer que fue muy bella, que está muerta y que fue indiferente al amor del narrador, que podemos suponer que es Borges. En el Zahir es Teodelina Villar, en el Aleph es Beatriz Viterbo. ¿Las mujeres muertas son el origen de la vivencia mística?
El cuento comienza cuando Borges recuerda la muerte de Beatriz Viterbo y relata que todos los 30 de abril, día del cumpleaños de Beatriz hace una visita a la casa en que ella vivió. Es una visita ritual, en la que él revive su amor, más allá de la humillación y el desinterés de Beatriz en vida.
Hay un notable parentesco literario con la Divina Comedia, pero es una relación invertida en la cual los personajes del Aleph son caricaturas de los de personajes de Dante. Beatriz Viterbo es la Beatrice de Dante, las dos están muertas y las dos reciben la devoción de sus amantes platónicos, cuyo amor jamás correspondieron. Pero mientras que Beatrice Portinari brilla en el Paraíso, Borges descubrirá las fotos obscenas de su amada Beatriz Viterbo.
Carlos Argentino Daneri, primo de Beatriz, es quien recibe a Borges todos los 30 de abril. Daneri es un poeta pretencioso y grandilocuente, que se gana la vida como bibliotecario de una biblioteca insignificante. No olvidemos que Borges también fue bibliotecario y poeta, de modo que hay aquí una burla de sí mismo.
Daneri está escribiendo un poema que se llama La Tierra, en el cual pretende la descripción del planeta. De nuevo una referencia irónica mediada en la soberbia del personaje, que de paso tortura a Borges leyéndole estrofas en cada visita. Pero aquí ya se insinúa la dirección del cuento, nuestro intelecto es incapaz de lo simultáneo, la descripción de Daneri es una enumeración caótica e incompleta, su propósito es burdamente imposible.
Daneri el poeta pretencioso, será el guía de Borges remedando a Virgilio, príncipe de los poetas, que fue guía de Dante. El cuento tiene una estructura similar al Gólem. Comienza con burla e ironía, para ganar profundidad y finalmente llevarnos a la perplejidad (6).
Después de algunas vicisitudes irónicas Daneri llama a Borges con urgencia. Nos enteramos que Zungri y Zunino, los propietarios de la casa en que vive Daneri piensan demolerla para ampliar su confitería. Daneri está desesperado. Piensa encargarle la defensa a Zunni, un prestigioso abogado. Es obvio que las zetas de los apellidos de los propietarios demoledores y del supuesto abogado defensor, no son casuales. ¿Es un chiste de Borges? Sin embargo, Zayin equivale a nuestra Zeta y es la séptima letra del alfabeto hebreo. Literalmente significa espada, arma en el misticismo hebreo y en Dante, además de sus sentidos simbólicos en los pitagóricos.
Muy brevemente, para los pitagóricos es la concordancia entre los siete planetas y las siete notas musicales, es un índice de la totalidad cósmica, para los hebreos no sólo es un arma, también es la completitud de la creación y el descanso el séptimo día de la Creación, correspondiente al Shabat, en la Divina Comedia siete son los círculos del Purgatorio y en cada uno está un pecado capital, de modo que el siete es el camino ascendente de la purificación.
De modo que la espada Zayin, siete, en su versión de arma, será el instrumento de la demolición, que, como veremos impediría el acceso al Aleph. Pero Zayin también es la completitud de la creación, la vida. Éste es el significado de la zeta del apellido del defensor Zunni. ¿Habrá una contienda entre demolición y creación?
Pero después de contar esas circunstancias Daneri se refiere al Aleph, que él había descubierto en el sótano del comedor cuando era un niño: “Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos”, le dice a Borges. Ahora Daneri, el Virgilio de Borges le insiste para que descienda al sótano y vea el Aleph. En la Divina Comedia Dante asciende hacia el Empíreo, el cielo más alto donde reside Dios y las almas bienaventuradas. Es una oposición simbólica vehemente; Dante asciende porque su poema está armado como un itinerario de purificación y trascendencia; Borges “desciende” (al sótano del Aleph), porque su visión del absoluto ocurre como una irrupción inmanente, casi “anti-mística”, en un lugar doméstico y degradado.
Dante: ascenso = orden, jerarquía, salvación.
La Divina Comedia es literalmente una anábasis: de lo bajo (Infierno) a lo alto (Paraíso). El ascenso implica progreso moral y cognoscitivo: el alma se aligera, la mirada se fortalece, la inteligencia se vuelve capaz de ver. Es un cosmos jerárquico (esferas, grados de luz), donde lo superior es más real y culmina en la visión de Dios como luz y amor que ordena todo. En términos de sentido; subir es acercarse a la fuente; el absoluto es una meta que requiere camino, mediación, gracia.
Borges: descenso = inmanencia, parodia/ironía del éxtasis, choque con lo absoluto.
En “El Aleph” la revelación no está en un Empíreo sino en un sótano, en la casa de Carlos Argentino, entre lo cotidiano y la mediocridad del guía, el descenso sugiere que el absoluto puede estar abajo, oculto en lo trivial: no hay jerarquía cósmica, la experiencia es instantánea, total y simultánea: no “educa” el alma como en Dante; más bien la abruma.
Sin embargo, Borges señala que desciende diecinueve escalones; el arcano diecinueve en la cábala es un número maestro de modo que el descenso de Borges es también un viaje a lo trascendental. Está compuesto por 1 Ein Sof, el infinito, la esencia divina que no “existe”, que solamente “es”; previa a la creación que trasciende toda comprensión humana. Es la eternidad y el infinito, previos al tiempo y al espacio que son objetos de la creación, es “Yo soy”, como le dice Dios a Moisés frente a la zarza ardiente. Y por 9 Yesod, el fundamento, el vínculo entre lo espiritual y lo material. Diecinueve es la transición de lo Uno hacia la creación múltiple, la unión entre lo oculto y lo manifestado.
Borges llega a la casa de la calle Garay, Daneri vuelve a abrumarlo con sus explicaciones detalladas y su rebuscado lenguaje, Borges teme estar en manos de un loco que lo va a encerrar en el sótano. Pero cuando Daneri le da las indicaciones finales, bajar los diecinueve escalones, recostarse en el piso y mirar el décimo noveno escalón, ya no duda y desciende.
“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur” (7).
Borges nos refiere con sublime lenguaje poético la experiencia del infinito y la eternidad, que transita en el misterio de la consciencia. Pero su memoria, encerrada en la razón (in a nutshell), es insuficiente para describir. El milagroso Aleph, es la eternidad y el infinito, la simultaneidad, mientras que nosotros sólo tenemos el tiempo que medimos con la aritmética y el espacio que concebimos con la geometría.
Por eso los místicos, que tienen visión interior refieren “emblemas,” que son precisamente la única expresión posible. La etimología de emblema, del griego “en”, interior y “ballein”, lanzar, tirar, o sea tirar hacia adentro, indica precisamente la visión interior, que los místicos pueden tener, aunque jamás podrán describir y necesitan expresarla aunque no se pueda “entender” (8). Borges no es un místico (aunque tuvo dos experiencias místicas “inefables”), carece de emblemas, y se resigna a describir ese mundo simultáneo, inalcanzable para el lenguaje sucesivo.
(…) “En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es". (…)
“En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas. (…)
El Aleph es infinito y eterno, “inconcebible” para la razón sin la intercesión del Empíreo, por eso la razón es incapaz de soportarlo y menos aún de describirlo. Es una experiencia mística sin ayuda. No está presente el Universo, no hay una ley sino una sucesión inabordable. Y entonces comienza una enumeración tan caótica como emocionante, que transmite la vibración y el asombro. Y al final aparece nuevamente el narrador, “y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.
Ya nos hemos referido en este ensayo al universo y a lo diverso, a la creencia de que hay una ley que rige la totalidad, que eso quiere decir “universo.” Esa creencia la necesitamos para vivir, para que pueda vivir la razón que inexorablemente requiere límites. Borges lo dice en Everness: (…) “Y todo es una parte del diverso / cristal de esa memoria, el universo; / no tienen fin sus arduos corredores”. (…)
Al fin la realidad se hace presente, el vulgar Daneri comenta groseramente lo que Borges ha vivido y se corta esta relación.
El Aleph y la Divina Comedia
E inevitablemente volvemos a Dante y a la Comedia, amados por Borges. Porque tanto el Aleph como la Comedia terminan en un punto y tienen una sorprendente coincidencia formal y una disidencia profunda.
Cuando Dante llega al umbral donde la visión se vuelve pura, lo primero que aparece no es un “paisaje” sino una forma mínima, un punto que irradia una luz tan aguda que obliga a cerrar los ojos.
Paraíso XXVIII, 16–18:
“Io vidi un punto che raggiava lume
acuto sì, che ’l viso ch’elli affoca
chiuder conviensi per lo forte acume”. (9)
El verso es célebre por su precisión: “Vi un punto que irradiaba luz tan aguda…”. La imagen concentra dos ideas típicamente dantescas, lo divino no es “más grande” por extensión, sino por intensidad; y lo absoluto es simple. Pero en el Paraíso XXXIII, Dante se distancia de El Aleph; dice haber visto que todo lo disperso por el universo se encuentra “ligado por amor en un volumen”: “en su profundidad vi… lo que por el universo se despliega”. El Universo no es una colección caótica; es una unidad inteligible donde lo múltiple se integra.
Paraíso XXXIII, 85–87
“Nel suo profondo vidi che s’interna,
legato con amore in un volume,
ciò che per l’universo si squaderna”. (10)
Alrededor de ese punto giran círculos concéntricos, coros angélicos y el lector comprende que el punto es el principio que hace posible la danza del universo. De allí la lógica del ascenso; se sube para cambiar de ser. El viajero va siendo dispuesto, educado, purificado para soportar una luz que de otro modo lo aniquilaría (11).
Y finalmente en el Paraíso XXXIII, nos enfrenta con la culminación de la visión mística y la unión contemplativa con Dios, es el amor el que mueve el Universo:
Paraíso XXXIII 142-145
A l’alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e ’l velle,
sì come rota ch’igualmente è mossa,
l’amor che move il sole e l’altre stelle. (12)
Hay una afinidad secreta y a la vez una oposición frontal entre el “punto” de Dante y el Aleph de Borges. Ambos son figuras de lo absoluto: un centro donde lo múltiple se concentra; una aparición que excede la visión y compromete al lenguaje. Sin embargo, Dante asciende hacia ese centro y Borges desciende hacia él; Dante lo recibe como plenitud ordenadora y Borges como simultaneidad insoportable. La diferencia parece escenográfica (Empíreo vs. Sótano), pero es metafísica; en Dante el infinito se revela como misterio creador, en Borges como exceso de presencia insoportable.
En Borges el escenario es deliberadamente anti-sublime. La revelación del absoluto no ocurre en la altura, sino abajo, en el sótano. Abajo es el lugar del Infierno en la Comedia. Borges desacraliza, y con esa desacralización interroga la experiencia misma de lo sagrado.
Dante es inspirado por Beatrice en el Empíreo, en cambio Borges no ve a Beatriz Viterbo, pero encuentra “cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino”. Su guía ha sido Daneri, un soberbio vulgar aclamado por la crítica que, como todo recibimiento, después que Borges ha contemplado el infinito Aleph le dice; “Tarumba habrás quedado”.
La forma del absoluto también cambia. El Aleph es un punto que contiene todos los puntos, pero su infinitud no se expresa como orden jerárquico sino como simultaneidad total. El narrador ve demasiadas cosas a la vez: no hay un Universo que se “encuaderna” en un volumen, en una ley, sino que estalla en una enumeración caótica, casi hipnótica. Borges reproduce el efecto con una retórica de acumulación, (“vi… vi… vi…”), como si el lenguaje imitara por asfixia lo que la vista padece por exceso.
Y aquí aparece una diferencia decisiva: en Dante, la visión es una culminación de un proceso espiritual; en Borges, es la irrupción casi violenta del misterio eterno e infinito en el lenguaje de representación. Si en Dante el infinito concentra el cosmos (Orden) en un sentido final, en Borges el infinito es imposible de expresar, es insoportablemente presente. La visión es tan total que roza lo imposible: si uno viera todo, ¿cómo distinguiría? ¿Cómo elegiría? ¿Cómo narraría? Lo absoluto aparece como la derrota de la razón y del lenguaje.
En este punto Borges roza una “teología negativa” secularizada, no porque niegue a Dios, sino porque sospecha de toda traducción humana del absoluto. La célebre Torre de Babel se cierne una vez más en nuestro destino (13). La escena del sótano funciona como una parábola, la trascendencia quizás sustituida por la inmanencia; lo infinito ya no es el término de una ascensión moral, sino un objeto insoportable para la razón.
Coincidencias y disidencias
Es tentador decir que ambos describen lo mismo con ropajes distintos: un punto total. Pero el punto dantesco es la totalidad que conduce al principio, el amor místico que todo lo contiene y el Aleph borgiano es sucesivo, es probable que contenga todo pero nuestra razón jamás lo abarcará. Dante ve un punto cuya luz es tan intensa que duele; pero ese dolor es el umbral de una alegría más alta. Borges muestra una visión sin promesa de curación; un corte epistemológico, porque lo visto excede el marco humano de selección, jerarquía y relato. En Dante, la visión resuelve la historia; en Borges, la visión no se sostiene.
Desde un ángulo teológico, podemos participar del infinito y de la eternidad mediante un proceso de ascenso espiritual. Dante representa una metafísica de la participación en lo infinito, un camino de ascetismo que conduce a la gloria mística, a la experiencia de lo Uno; el sujeto que queda alineado con el orden del Universo. Borges representa una metafísica del límite; lo infinito puede irrumpir, pero su irrupción revela la insuficiencia del hombre para poseerlo. La visión no garantiza redención; puede ser una condena a la nostalgia de lo indecible, de lo cual, como veremos, sólo nos salva el olvido. Literariamente, Dante funda un poema que apuesta por la totalidad como posibilidad humana; Borges escribe un cuento que desconfía de cualquier totalidad.
Por eso el contraste “ascenso/descenso” ilumina una tensión moderna, ¿el absoluto es un fin que integra o un exceso que dispersa? Dante responde con el orden del amor; Borges con la ironía del infinito que nos enceguece en el sótano. Y, sin embargo, ambos coinciden en algo decisivo: el absoluto, cuando se muestra, deja a la razón y en consecuencia al lenguaje humano al borde de su quiebre. Uno lo llama beatitud; el otro, vértigo. Uno lo eleva hacia la luz; el otro lo hunde en desesperación.
En ambos casos, ese punto divino o aléphico es la figura de una experiencia mística que es siempre la misma; el instante en que el universo, por un segundo, se muestra sin su ley ficticia, y quiebra la razón. La célebre enumeración caótica de Borges, la más poética de las que escribió, termina: “Sentí infinita veneración, infinita lástima”. Después de los vulgares comentarios de Daneri, Borges abandona la casa, temiendo que el Aleph, igual que el Zahir, inunde su consciencia para siempre.
Pero “lo trabajó el olvido”. Nuestra conciencia puede vivir con límites, pero esos límites, además de postulados indemostrables que generan tiempo y espacio en la eternidad y la infinitud, pueden ser ciclos en los cuáles el olvido oficia de cierre para la eternidad y el infinito. Este pensamiento consiste en sostener que la aparente recta infinita del tiempo, es parte de una circunferencia y que la extensión infinita del espacio, es en realidad una esfera. De modo que siempre recorremos lo mismo y volvemos una y otra vez al mismo instante y al mismo lugar. Borges lo explica en el poema La noche cíclica:
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente; (…)
Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras...»
El olvido es el elemento esencial para el pensamiento cíclico, el olvido nos salva de la insoportable visión del infinito y la eternidad (14). Con el olvido Borges corta la invasión del Aleph en la consciencia.
Posdata de Daneri publica su libro en la Editorial Procusto y recibe el Segundo Premio Nacional de Literatura, mientras que Borges no recibe ni siquiera una mención (15).
Borges se refiere sumariamente al Aleph, con las mismas características que ha comentado antes. Agrega la Mengenlehre, la Teoría de los conjuntos de Georg Cantor que sostiene que hay distintos infinitos de distinto tamaño, a los cuáles llama “cardinales transfinitos”. Cantor usa simbólicamente la letra Aleph para referirse a los transfinitos. La teoría de Cantor le da un lenguaje preciso para decir que una parte puede “contener” al todo en términos de conjuntos infinitos y cardinalidades transfinitas.
Borges escribe que, para la Mengenlehre, el Aleph es símbolo de los números transfinitos y que en ese campo “el todo no es mayor que alguna de las partes”; con ello enlaza la experiencia mística/visionaria del narrador con una revolución matemática que relativiza la noción clásica de totalidad. Cantor demuestra que hay infinitos más grandes que otros y Borges muestra que hay infinitos que amenazan con la locura al sujeto que los mira.
Pero ya no cree en lo que vio. Está convencido de que el Aleph de la calle Garay es falso. Nos detalla una larga lista de falsos Aleph, simples instrumentos ópticos a los cuáles se les atribuyó en algún momento la virtud de contener la totalidad del universo. La lista la escribió un capitán Burton, que fue cónsul en Santos a finales del siglo XIX. El nombre no es casual; Sir Richard Francis Burton (1821-1890), capitán del ejército británico en India y Pakistán fue el traductor de Las mil y una noches admirado por Borges. Sabía árabe, persa, hindi. Retirado del ejército fue diplomático y explorador, con una vida aventurera. En su carrera diplomática fue cónsul en Santos entre 1865 y 1869, en Damasco y en Trieste (16). No hay dudas de que Borges se refiere a este Burton, añadiendo otra nota exótica al relato, el Burton que hace la lista de los falsos Aleph es su admirado traductor. ¿Toda traducción es falsa como los Aleph que menciona Burton? Los “Aleph” falsos de la lista de Burton son tradiciones místicas o satíricas:
-El espejo en el cual se ve el universo de Alejandro Magno es una tradición muy posterior.
-La “séptima copa de Kai Josru (Kay Khosrow)” es una imagen simbólica de la tradición persa: alude al grado final de conocimiento y soberanía espiritual asociado al rey mítico Kay Josru. Es una copa que revela la totalidad, mundo pasado y destino, es la séptima por el significado simbólico del siete como plenitud, al que ya hemos aludido (17).
-Tarik ben Ziyad, conquistador de Al Andalus encontró en Toledo “un gran espejo redondo, maravilloso, fabricado con una aleación de metales por el profeta Salomón hijo de David, ¡sobre ambos sea la paz! Cuando alguien miraba en él, veía perfectamente los siete climas del ecumene” (El Universo) (18).
-Luciano de Samosata, escritor satírico del siglo II escribió las “Historias verdaderas,” donde cuenta que en la Luna hay un espejo en el que se pueden ver las cosas que suceden en la Tierra. El narrador afirma que lo examinó y que en él aparecían ciudades, pueblos y acontecimientos terrestres. No es una teoría astronómica ni una doctrina: es una invención satírica (19).
-“La lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter” El Satyricon fue escrito por Petronius en el siglo I DC y es una obra satírica, realista y obscena. Marciano Capella, activo en el siglo IV escribió “Las nupcias entre la filología y Mercurio.” En ninguno de los dos encontré una alusión a la lanza especular.
-The Faerie Quenne fue escrito a fines del siglo XVI por Edmund Spenser y exalta las cualidades británicas y a Isabel I. Allí Merlin posee un espejo mágico que le permite ver el universo (20).
Hay una característica común e interesante en los falsos Aleph, incluyendo al de la calle Garay; “además de no existir”, todos son objetos ópticos. Entonces el narrador Borges recuerda la Mezquita de Amr en El Cairo; en una de las columnas puede oírse el ruido del Universo. No es una voz explícita, es un rumor (21). Si el Aleph representa al Principio sin Nombre, hay una prohibición de verlo, bajo amenaza de muerte (22).
Sin embargo, no existe prohibición de oírlo. Todo lo contrario, Yahve es un Dios que habla, que crea con la Palabra y con la palabra se dirige a los hombres. Le dice a Abraham que Sara le dará descendencia, y que sacrifique a Isaac, su hijo; a Rebeca, cuando está embarazada y “los hijos luchaban dentro de ella”, que “hay dos naciones en tu seno” (…); a Moisés en la zarza ardiente le dice que se quite las sandalias, porque está pisando suelo sagrado, y también le dicta las Tablas de la Ley, los diez mandamientos. Es innumerable la cantidad de veces que Yahve les habla a los patriarcas, a sus mujeres y a los profetas. La Torá se desarrolla como un permanente diálogo entre el Yahve y el pueblo de Israel (23).
¿Será por eso que Borges no cree en el Aleph de la calle Garay, porque es “instrumento de óptica” y está prohibido ver a Dios, al Universo, a la única Ley que gobierna la Totalidad? En cambio, le parece verosímil que en la columna de la Mezquita de Amr se pueda oír el rumor del Principio, el rumor del inconcebible Aleph. La Palabra de Dios existe, no sólo está permitida, sino que es su única representación en nuestra existencia.
Finalmente, también estas inquietudes quedan en el olvido, como el mismo rostro de Beatriz Viterbo, que tanto lo obsesionó.
El olvido es la forma humana de la misericordia. El olvido reinicia el ciclo, el olvido salva.
Notas:
(1) Más allá del empecinamiento positivista que sueña con que todo está sujeto a la razón y que niega lo que no existe, sostenemos que en nuestra conciencia vive atrás, pero siempre presente, lo que no “existe”, lo que solamente “es”, aquello inasible que permite la existencia propia y del mundo. (Existir: Lat. del prefijo ex ; “hacia afuera” y sistere; “estar; estar fijo”).
(2) "Oh Dios, podría estar encerrado en una cáscara de nuez y considerarme rey de un espacio infinito”. Traducción libre.
(3) “Pero nos enseñarán que la Eternidad es la detención del Tiempo Presente, un nunc stans (como lo llaman las Escuelas); lo cual ni ellos ni nadie entiende, no más de lo que entenderían un hic stans aplicado a una inmensa extensión de lugar”. Traducción libre.
(4) Con las “escuelas” se refiere al pensamiento político escolástico y renacentista que critica severamente en el Leviatán. Más allá del valor de esa crítica, por cierto discutible, la elección de Borges de este párrafo es sin dudas acertada.
(5) Metafísica XII, 7: “…there is something which moves without being moved, being eternal, substance, and actuality. https://classics.mit.edu/Aristotle/metaphysics.12.xii.html / Metafísica XII, 7 (1072b) “Hay algo que mueve sin ser movido y que es eterno, ousía y acto.” Traducción libre.
(6) (…) “El rabí le explicaba el universo/ esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga. / y logró, al cabo de años, que el perverso/barriera bien o mal la sinagoga”. Pero al final después de este relato de ridículo fracaso, Borges nos hace temblar cuando nos enfrenta con la perplejidad: (…) “En la hora de angustia y de luz vaga, /en su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía /Dios, al mirar a su rabino en Praga?” ¿Somos el Gólem de Dios?
(7) Farid ud-Din Attar en su místico poema sufí La Conferencia de los Pájaros, donde los pájaros buscan al Simurgh como rey, encontrando solo su propio reflejo. Alanus de Insulis, Alain de Lille, un místico y poeta francés del siglo XII y Ezequiel el profeta bíblico.
(8) Por oposición, la etimología de símbolo compuesto de Sym, "con", "conjuntamente", y ballein, "lanzar", "arrojar", "tirar", es decir, "arrojar juntos" es la representación perceptible de una idea, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada. Etimologías.dechile.net. Una bandera, la cruz, son símbolos, que remiten a un significado preciso.
(9) “Vi un punto que irradiaba una luz/tan aguda, que el ojo que él deslumbra/debe cerrarse ante tan fuerte agudeza (brillo)”. Traducción libre.
(10) “En su hondura vi que se recoge (se interna),/atado por amor en un solo volumen,/lo que por el universo se despliega (se deshoja)”. Traducción libre.
(11) El ascenso es el sentido de la Comedia que arranca en el Infierno, sube al Purgatorio con la compañía de Virgilio, que representa la razón y llega al Paraíso donde su guía teológica primero será Beatriz y luego será San Bernardo, en el amor místico de los cantos finales.
(12) “Aquí le faltó fuerza a la alta fantasía;/ pero ya giraban mi deseo y mi querer, /como rueda movida con igual impulso, /el amor que mueve el sol y las demás estrellas”. Traducción libre.
(13) La teología negativa o apofática es el método y postura que sostiene que la esencia de Dios es inefable e incognoscible, por lo que las afirmaciones positivas sobre la divinidad son siempre limitadas o metafóricas; por eso se procede por negaciones (p. ej., “Dios no es finito”, “Dios no es cambio”) para evitar reducir lo trascendente a categorías humanas. La teología positiva o catafática afirma los atributos positivos “Dios es inmensamente bueno”, “Dios es infinito”. En general la teología negativa está relacionada con el misticismo, Maimónides, Escoto Erígena y Meister Eckhardt siguieron este camino, entre muchos otros.
(14) “Todas las cosas fatigan más de lo que es posible expresar. ¡Los ojos nunca se cansan de ver, ni se fatigan los oídos de oír! ¿Qué es lo que antes fue? ¡Lo mismo que habrá de ser! ¿Qué es lo que ha sido hecho? ¡Lo mismo que habrá de hacerse! ¡Y no hay nada nuevo bajo el sol! No hay nada de lo que pueda decirse: ¡Miren, aquí hay algo nuevo!, porque eso ya existía mucho antes que nosotros. Nadie recuerda lo que antes fue, ni nadie que nazca después recordará lo que está por suceder”. Eclesiastés 1:8–11.
(15) ¿Será casual el nombre? Procusto en la mitología acostaba a sus visitantes en un lecho de hierro y los torturaba cortándolos o estirándolos para que el lecho coincidiera con su estatura. Pero actualmente la expresión “lecho de Procusto” se usa para cuando se quiere reducir la realidad a un molde predeterminado. En literatura y pensamiento crítico se usa para denunciar políticas, teorías o prácticas que “cortan” o “estiran” la realidad hasta hacerla encajar.
(16) www.freemasonry.bcy.ca.
(17) A Literary History of Persia Edward G. Browne.
(18) Las 10001 noches, 272.
(19) Libro I #26.
(20) The Faerie Queene, Penguin Randomhouse, editado por Thomas P. Roche y Patrick McDonnell.
(21) (La Mezquita de Amr ibn al As en el Cairo es del siglo VII y es la primera que se fundó en África. Sus columnas, como en muchos edificios medievales, son expolios de monumentos griegos o romanos. La leyenda que invoca Borges existe. El rumor se llama Baraka y sólo lo oyen algunos fieles.)
(22) (…)“18 “Y (Moisés) dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. (…) 20 Y añadió: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. (…) 23 y entonces apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro”. Éxodo 33:18–23. “(…) (Moisés) requiere al pueblo que no traspasen el término por ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos”. Éxodo 19:21
(23) A Abraham: Génesis 21:12 “(…) en todo lo que te dijere Sara, oye su voz; porque en Isaac te será llamada descendencia.” y cuando le ordena el sacrificio de Isaac, Génesis 22:2 “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas(…) y ofrécelo allí en holocausto…” A Rebeca que consulta por su doloroso embarazo de los gemelos Josué y Esaú; “Dos naciones hay en tu seno,(…)” Génesis 25:23; a Moisés en la zarza ardiente: Éxodo 3:4 y 3:5 “¡Moisés, Moisés! Heme aquí.” “No te acerques; quita tu calzado (…) porque tierra santa es.” Y cuando le dicta los mandamientos: Éxodo 20:1 “Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: (y siguen los mandamientos)”.










