Alberto Bastón Díaz: "El Metaverso cumple el sueño de hacer flotar el volumen"

Sus esculturas de hierro y granito son ineludibles en la historia del arte argentino. Con una producción de más de cuarenta años, su obra llegó al floreciente mundo de los NFTs y el criptoarte.
Por María Paula Zacharías

Bastón Díaz es Alberto, pero desde su juventud dejó de usar su nombre de pila y adoptó el apodo que le puso uno de sus primeros maestros, Antonio Pujía, en un breve paso por su taller. Nació en Buenos Aires, en 1946. En 1969, terminó sus estudios en la Escuela de Artes Visuales Manuel Belgrano y se fue a París, a seguir estudiando arte en La Sorbonne. En 1977 regresó al país y retomó el oficio de matricero de orfebrería. Con la industria de las medallitas sostendrá luego la producción de sus esculturas monumentales en hierro y granito, que unas veces son pura abstracción y otras, remiten a los barcos y a la inmigración. Por ellas ha merecido el Primer Premio Escultura de Salón Municipal de Artes Plásticas Manuel Belgrano, 1992; el Primer Premio Escultura en el Salón Nacional de Artes Plásticas, 1992; Gran Premio de Honor en el Salón Nacional de Artes Plásticas, 1993; Primer Premio Escultura Monumental, Fundación Banco República, Sexta Bienal de Arquitectura, 1995; Primer Premio Escultura, Fundación Henry Moore, 1998, y otros. Académico de número desde 2009, está al tanto de las últimas tendencias en tecnología, y su obra es tanto material como virtual.

 

–Tu obra es muy concreta, muy matérica, voluminosa, pero también es totalmente virtual.

–No entré en el Metaverso: me metieron. En realidad, hace más o menos catorce años que trabajo en 3D. Diseño en computadora toda mi obra. Tengo hecha una escultura de ocho toneladas, por ejemplo. La escultura más grande que hice está en la Isla El Descanso, en el Delta, y tiene una altura de once metros. Justo hace unas semanas hubo una experiencia de realidad aumentada, organizada por UxArt. Desde hace cuatro años, empecé a desarrollar obras solo para NFT, para que sean totalmente virtuales. Las obras mías las construyo en un programa y las filmo para ver cómo quedan. Con ese material, hicieron las obras virtuales, más etéreas. Tengo diez familias de obras, desde formas abstractas hasta nudos borgeanos. Yo tengo la obra física, pero ellos tienen la virtual y la ubican geográficamente, incluso. Es increíble. Trabajo con impresora 3D desde hace trece años. Imprimo las obras que diseño y las mando a construir. Envío la pieza ya cortada para que la construyan como si fuera un puzzle. La materialización de la obra es una cosa, pero me divierte mucho el bocetado virtual, que ahora ya es una obra en sí misma en la realidad aumentada. Me olvidé del basamento: para poner ocho toneladas tenía que hacer un muerto que pesara once toneladas. Ahora, en la virtualidad está ahí todo flotando, no hay ninguna grúa,

 

–¡No tenés que contratar flete!

–Pido estipendio por obra, pero hacela donde quieras. Por ejemplo, ahora estoy en contacto con gente de Boston, unos constructores maravillosos de obra, porque me están saliendo algunas puntas en Miami. Es más sencillo. Al principio, hice una obra muy nómada. Después, armé un proyecto para vivir en Argentina y morirme acá. Viví diecisiete años en Francia, donde aprendí que tenía que hacer un proyecto. Yo quería hacer obra grande, porque es un mandato que recibí de los que fueron mis maestros. Todos quisieron hacerlo, pero en mármol de Carrara o en bronce a la cera perdida y todo es oneroso... muy, muy, caro. Yo quise hacer la obra en un espacio dramático, en una dimensión, porque no es lo mismo ver un Richard Serra terminado que los bocetos, que son pedazos de plomo retorcido. La monumentalidad tiene otra cosa: el vértigo de esos bloques de acero que se te caen encima, ¡el espacio dramático! 

 

–¿Cómo hiciste?

–Hice toda una planificación para poder hacer mi obra y vivir de eso. Lo aprendí cuando fui a Francia, y estudié con Vasarely. Tenía mucha gente que trabaja con él y no daba lugar a la discusión conceptual.  Entonces, me fui con Gregorio Vardanega, que tiene mi mismo oficio. Yo tengo un oficio de base: soy grabador de cuños de medallas. La medallita me bancó toda mi obra. En vez de hacer pequeñas piecitas y repetir mi imagen indefinidamente, yo prefiero hacer el Sagrado Corazón... las mejores medallas de Buenos Aires son mías. Modelé toda mi vida. Pero a mí el taller de Moholy-Nagy siempre me rompió la cabeza. Henry Moore... Yo empecé con pedazos de arco oxidados que sacaba del río. Composiciones de una ortogonalidad muy rígida, severa, pero que tienen una bisagra que permite la fantasía de que se pueden mover. El espectador se mete dentro de la obra y arma un discurso a partir de ella. Eso es lo que me interesa: que la obra sea abierta para que vos puedas fantasear sobre ella en vez de meterte en un discurso cerrado, obtuso.

 

–Ahora van por el Metaverso, pero ¿cómo viajaban antes tus obras?

–Para hacer las que tengo en Chile o en México, viajaba yo y me instalaba en una industria siderúrgica y hacía ahí las obras. Igual, las piezas se desarman como un mecano. Las tuercas funcionan perfecto. Después empecé a hacer obras un poquito más monolíticas que son las más complicadas, donde es fundamental transportarlas armadas. La obra gigante que te contaba de la isla, de once metros de alto, se mandó casi como en la película Fitzcarraldo: cada gajo era un barco. 

 

–En la Isla El Descanso intervinieron la obra.

–Sí, lo hicieron los creadores de UxArt, de Beto Resano, quienes hacen mis NFTs. Sobre todo, intervinieron proyectando colores. Yo pintar no pinto. Siempre le tuve terror. Pintar, pinta mi mujer.

 

–¡Dora Isdatne! ¿Comparten taller?

–Ahora en la vejez, sí, compartimos taller desde hace quince años, donde era su taller de cerámica. Yo tenía el mío en un galpón en la calle Darwin. Ahora la planta baja es mía y la planta alta es suya, y nos intercambiamos los asistentes. Ella se metió a hacer acero pintado. A mí la cerámica me aterroriza un poco porque soy muy técnico. Me gusta mucho, pero nunca hice nada. Estudié orfebrería y nunca hice una joya, más que para mi mamá o mi mujer. Me interesa la volumetría. Con el Metaverso se cumple el sueño de muchos escultores: hacer flotar el volumen.

 

 

 

 

 

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