Andrei Fernández: “Me puse al hombro hacer una curaduría antirracista”

Un diálogo con la curadora del norte argentino acerca de sus diversos proyectos y su interés por prácticas artísticas en torno a las resistencias poscoloniales y la defensa de memorias colectivas.
Por Nicole Giser

 

Andrei Fernández es neuquina pero vive en el norte de Argentina, ahí se arraiga su trabajo: es artista, curadora e investigadora, y co-fundó grupos como Silät y la Unión Textiles Semillas. El primero reúne y acompaña a un centenar de tejedoras indígenas de diferentes generaciones. A partir de la exposición y venta de sus trabajos en espacios de arte contemporáneo, ellas financian proyectos comunitarios en sus territorios. El segundo es una red de casi 300 tejedoras, artistas y activistas del norte de Argentina, abocadas al aprendizaje, la investigación y también comercialización de la producción artesanal. A partir de ellos, los tejidos wichí viajaron de Tartagal a exhibirse en museos alemanes, de Reino Unido y Paraguay, el Guggenheim de Bilbao, el MASP de Brasil y hasta la Bienal de Venecia -como la primera participación indígena argentina que esta tuvo en toda su historia-.

Fernández es Licenciada en Artes Plásticas (UNT) con posgrado en Antropología Social y Política (FLACSO), capacitada en economía social, soberanía alimentaria, comunicación comunitaria y educación popular. Entre otros proyectos, participó de la residencia como curadora en Delfina Foundation (Londres) con el apoyo de la Embajada Argentina en el Reino Unido y la Anglo Argentine Society; fue curadora de la sección de Arte e Impacto Social de arteba, y de la exposición La vida que explota, en Malba Puertos. Integra actualmente también el cuerpo docente de la Escuela de Artes y Oficios.

 

-Te fuiste yendo de la pintura un poco más a la curaduría, la investigación. ¿Cómo se dio ese pasaje?

-Dejé de pintar aunque mi primera aproximación al arte fue esa, pero una vez ya en la universidad me fue interesando cada vez más la teoría y la crítica. Analizando un poco las escenas del arte, me parecía que hacía falta gente que tomara otros roles: me encantaba ser artista, pero veía que había muchas falencias, como que faltaban el pensamiento, el mercado, las instituciones. ¿Para qué vamos a ser tantos artistas en la intemperie? Pensé que podía aportar algo desde otro lugar. Me hice comunicadora comunitaria. Trabajé con muchas organizaciones sociales, bibliotecas, radios, siempre me interesó pensar cómo podemos ser artistas o curadores, trabajadores del arte acá, en el norte de Argentina. Haciéndonos cargo de estar acá, de las condiciones en las que trabajamos y de las historias, las memorias colectivas que nos atraviesan.

 

-Ahí empiezan a aparecer las iniciativas que co-fundaste, como Silät y la Unión Textiles Semillas, ¿cómo te hallaste en ese tipo de proyectos inicialmente? 

-Una curadora alemana estaba en Tartagal investigando textiles alrededor del mundo. Me buscó porque yo trabajaba ahí con tejedoras y me propuso hacer una curaduría de tejidos en un espacio que ella dirigía en Berlín. Después me pidió otra exposición que contará cómo se relacionan diferentes grupos con su territorio y con las memorias del territorio, eso me disparó todo un mundo de posibilidades: armé el proyecto La Escucha de los Vientos, donde subtitulé relatos del Gran Chaco, y trabajé con grupos de comunidades indígenas que no se consideraban artistas. Empecé a trabajar no solo con artistas, sino en el arte en general, con personas que producen relatos e imágenes pero que por diferentes razones no tuvieron la posibilidad de pensar que eso puede llamarse arte. ¿Quién decide qué es arte? Me alentó mucho la cuestión de acompañar este proceso de justicia, con las comunidades entendí muy claramente el racismo estructural que hay y no solo en nuestro país. Me puse al hombro hacer una tarea antirracista: una curaduría antirracista. Acompañamos y potenciamos el trabajo de las tejedoras y hemos logrado así llegar a lugares de gran peso simbólico. Me enorgullece también poder correrme y no capitalizar esto como un logro mío: trabajar como una productora, alguien que acompaña, escucha y media, que no es fácil también. 

 

-Hablaste de racismo, ¿qué otros problemas encontraste o encontras en el mundo del arte viviéndolo desde adentro? 

-En Tucumán, por ejemplo, la carrera de artes está en la universidad pública, han tenido posibilidad de acceder personas que venían de familias muy humildes. De repente se mezclan en el arte clases sociales y parece un territorio donde se suspenden esas barreras y desigualdades, pero finalmente no tanto. Siempre vuelven a aflorar ciertas limitaciones. Por otro lado, el arte argentino se circunscribe mucho a Buenos Aires: Buenos Aires decide qué es lo federal, que incluye a un par de artistas que son de otras provincias pero que en general se tienen que ir a vivir a Buenos Aires. Para mí también siempre ha sido un desafío no irme, vivo en Tucumán, viví la última década en Salta y espero poder seguir viviendo siempre en la región, quedarme y aprender de los territorios, que siempre digo que son grandes maestros. Y eso es una lucha porque también muchas veces nos racializan, nos folclorizan porque hacemos eco de las luchas territoriales o ponemos por delante las imágenes ancestrales y aparece esta acusación de: “ah, están haciendo eso porque está de moda”. Y no, en realidad si vemos que hay interés y nos abren espacios, los ocupamos, pero esta forma de hacer y pensar no se crea por el interés de ellos, nosotros venimos trabajando y luchando y mucha gente antes que nosotros. Lo que estamos peleando es la posibilidad de poder elegir dónde vivir y trabajar, en condiciones dignas.

 

-¿Y qué entra en tensión, para vos, en ese pasaje entre afuera y adentro del “sistema” del arte?

-Las comunidades en las que yo trabajo todavía están luchando por el acceso al agua potable, no tienen satisfechas necesidades básicas que el Estado debería garantizar. Entonces de repente que 5, 6, 10 personas puedan vender una obra, ganar una plata, no impacta mucho. Pero se logró un movimiento nuevo que hizo que el tejido se conozca, vea y valore, aquello incentiva la creación de otros grupos que ensayan otras posibilidades de tejer, las galerías van y buscan a otras mujeres wichí… Cuando empecé a trabajar con las tejedoras hace diez años, el problema era que no se valoraban sus tejidos. Para ellas era muy importante y lo querían seguir haciendo, y hoy en día eso cambió totalmente. Desde Silät hemos creado ahora una casa que se empieza a transformar en una escuela, un lugar de encuentro.

 

Ya que entramos en el tema educación, respecto de la Escuela de Artes y Oficios, ¿qué te parece que la distingue de otras? ¿Qué estás preparando para tus clases ahí con la nueva camada de alumnado seleccionado?

-Preparé una propuesta llamada La obediencia rebelde: memoria, copia y pertenencia. Esta edición el programa de la escuela se asoció con La Cárcova y eligieron como tema principal la copia, los moldes. Me pareció interesante, desde el trabajo que yo hago, qué pasa con esa repetición de ciertas formas. Al haber tenido la experiencia de estudiar arte desde pequeña viví todo eso que se nos enseña como arte en la academia: qué es lo “importante”, qué hay que copiar o mirar. Al salir del proceso de formación institucional pude ampliar la mirada. Todo esto que se llama “artesanía”, que se pone en una sola bolsa gigante, tiene adentro muchas cosas.

 

-Si, está la discusión de la funcionalidad, pero no alcanza: algo puede ser funcional y aún así generar que te quedes por horas mirándolo, llevarte a un lugar de abstracción. No hay establecidos subgéneros formales en la artesanía, ¿verdad?

-Se clasifica por la materialidad, por la técnica, el tejido, la cerámica, la orfebrería, no por corriente. Mi interés siempre está en las imágenes, hay quienes las producen con barro, hilos o pigmentos. Sin importar la técnica, están creando una imagen y tienen un sentido, hay una historia. No digo que todo lo que se llama artesanía podría ser arte, pero se hizo muy pequeño el recorte de lo que llamamos arte y también está asociado a lo que es arte en lugares que miramos. Por supuesto que tiene que ver con los procesos de colonialidad, estamos mirando hacia allá y no queremos mirar a nuestro alrededor. En Buenos Aires creo que es más difícil eso, porque ha sido el puerto donde llegaron tantos inmigrantes, pero acá en estos territorios se ve más claramente. El arte y el oficio son lugares que se cruzan, a mí me interesó mucho para mi seminario recorrer preguntas respecto de las coreografías que aprendemos y repetimos, y que también cuando se aprende una coreografía te haces parte de algo que te excede individualmente. En este caso en la producción de imágenes.

 

-¿Y qué es importante para vos recuperar con la mirada?

-Poder volver a mirar lo que está viviendo con nosotros, una planta por ejemplo, que no es algo que me decora, también es un ser vivo. Esas memorias que están siendo parte de nuestra vida y a las que no estamos prestando atención. Bueno, ahora con los celulares, como sociedad estamos muy anestesiados, también porque están pasando cosas muy dolorosas, estamos perdiendo muchas cosas y una esperanza de futuro. Creo que la mirada puede construir nuevos refugios, nuevas comunidades, Silät y Textiles Semillas son eso: espacios donde creamos dentro del mundo otros mundos en los que podamos vivir un poco mejor. Es muy importante siempre buscar la belleza, las artesanías siempre propusieron eso: tomar agua en un utensilio hermoso, vestirme con un tejido que tiene un sentido, ponerme un collar, hacer la vida más linda.

 

-Y me gusta también lo que has dicho en relación a la resistencia a que desaparezcan ciertos saberes, maneras de hacer y crear. ¿Qué dirías que puede aquello que se resiste a desaparecer?

-Las personas indígenas ven que todo lo que era su mundo va desapareciendo e insisten en tejer. El pueblo wichí siempre ha tejido con una planta que se llama chaguar, pero muchas comunidades ya no tienen el monte porque los corrieron, quedaron viviendo en la periferia de ciudades e igual siguen tejiendo con lo que sea, buscan hilo o hacen hilo con plástico. Hay algo ahí: esa insistencia tiene que ver con que están defendiendo algo muy importante, su autonomía.

 

 

 

 

 

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