Andrés Buhar: “Es una época donde pareciera difícil encontrar utopías”

El director general de Arthaus, el flamante espacio de arte contemporáneo del microcentro, detalla sus retos e inquietudes personales en relación a esta nueva etapa y este gran proyecto.
Por Nicole Giser

 

Andrés Buhar es empresario, desarrollador inmobiliario, músico, compositor, forma parte del consejo del Malba, y fue quien transformó a la sucursal del Banco Supervielle del microcentro en Arthaus Central: un espacio cultural contemporáneo y de vanguardia, atravesado por la idea de interrogarse y estar en constante movimiento. 

En aquel espacio se materializaron algunas ideas artísticas valiosas: se instaló Mama Luchona, una obra cúlmine del arte jóven argentino, que viajó de Portugal a Bélgica y de allí a Nueva York hasta aterrizar -para quedarse- en el complejo. Allí hace de faro en la entrada, como advirtiendo que algo pasa. Realizada por el tucumano Gabriel Chaile -uno de los artistas que más ha dado que hablar en los últimos años, tanto a nivel nacional como internacional-, esta escultura de barro y enormes dimensiones irrumpe en la zona de oficinas y entidades financieras remitiendo a lo natural y originario, convirtiéndose además en una nueva pieza de arte público de Buenos Aires.

Desde la creación de Arthaus a fines de 2021, se sumaron otras obras emblema de artistas contemporáneos argentinos: el Baptisterio de Mondongo, unos murales inmensos de Tec y Mariano Molina, y un horno más de Chaile, entre otras; que hora tienen sede oficial para que el público pueda visitarlas.

El lugar además tiene su propio ensamble, un auditorio para conciertos experimentales con acústica especial diseñado por Gustavo Basso -ingeniero que refaccionó también el Teatro Colón y armó la Ballena Azul del CCK-, y una sala de exposiciones en la planta baja -desde donde se ve el cielo-. Libre y gratuito, el complejo está pronto a inaugurar un restaurante y un bar en la terraza, desde la cual pueden contemplarse las cúpulas de la ciudad desde lo alto.  

 

-¿Cuál consideras que es la función principal de un espacio cultural en estos tiempos? 

-Yo creo que tiene que ser un lugar de apoyo al arte contemporáneo y a artistas, un lugar de producción, y a la vez es importante que sea de encuentro y pertenencia para la gente. La función del espacio es justamente propiciar ese puente de difusión entre artistas y su público potencial. Lo que se trata es de encontrar formatos adecuados en un momento complejo. Hay todo un desafío de la nueva forma de circulación del arte, por ejemplo, con los NFT. Hay un montón de incógnitas que un espacio se tiene que plantear. No alcanza con decir “yo tengo a los mejores artistas”, me parece que las vanguardias como discurso dominante ya quedaron atrás en el sentido de que “este es el artista del futuro y si no lo ve nadie no importa porque se va a ver después”. Hay una época actual donde pareciera que es difícil encontrar utopías, las creencias se ponen en duda, y todo tipo de creencias, no solo religiosas. Entonces hay que ver desde dónde construir y generar el interés. Al tener tantas cosas a veces pareciera que no hubiera interés, que fuera todo lo mismo: “no voy al cine y lo veo después por streaming”. No hay tiempo de dedicarle más de 5 minutos a cada cosa… entonces hay un montón de desafíos que implican repensar los formatos, pensar cuales son las estrategias, dejar de lado prejuicios basados en formatos viejos y creencias de cómo tienen que ser las cosas, y ponerlas en duda. Eso se va haciendo, es un poco el desafío y lo interesante de lo que pasa hoy. 

 

-¿Aquel sería el mayor desafío desde la ejecución de Arthaus? ¿Cómo piensan la distinción del espacio respecto de otros centros culturales?

-Especialmente en Arthaus, lo que vivo pensando es en formatos diferentes y que la gente esté presente en ellos, es lo que da sentido y energía a este espacio. A veces uno tiene cierta idea en la cabeza muy vaga y poco clara, por muchos años, y cuando la va realizando toma otra velocidad y realidad. Yo quizás tenía ciertas cuestiones con la música por mi formación de compositor, entonces había una idea de algo más centrado en eso. Cuando lo fui llevando a cabo, y surgieron la oportunidad y el lugar, empecé a armar un equipo porque esto solo no lo hacés, y a partir del diálogo fue mucho más fructífero. No me alcanza con un solo género, pensé, tanto desde la realidad cultural actual, que tiene una disolución de los límites de los géneros, como del público también. Me parece que los contextos modifican el producto. El ejemplo de Chaile puesto en la puerta del lugar no es lo mismo que si estuviera en un museo. El contexto modifica el mensaje y a la obra en sí. Así como no es lo mismo un concierto en un espacio de música contemporánea que en otro en el que comparten varios géneros. También me interesaban las artes visuales pensando en esta idea de que no va nadie a las exposiciones más allá de los grandes museos que tienen su público propio, y tenes espacios vacíos con exposiciones muy buenas. Después dije también, ¿qué pasa con el teatro? que hay una disociación, no sé porqué, entre teatro y artes visuales. Ocurre que cuando se juntan es sin puesta fuerte y están por separado. Ahí surgió la idea de mezclar un poco y también con el cine, teniendo un auditorio que es como una caja de resonancia de la gente, que trae a más de cien personas a cada función, y es también el público potencial de las exposiciones; entonces definimos tener un horario extendido a diferencia de la mayoría de museos. Surgió después la idea del restaurante en la terraza, no por el negocio en sí mismo sino por toda esta circulación, que es cómo manejas la energía de un lugar. Es un servicio para que comas algo mientras ves una muestra si viniste con hambre. Trato de tener una mirada inteligente y pragmática para que la gente vea este lugar vivo, y se puede hacer eso sin tranzar con la calidad del lugar. Un poco esas ideas me rondan, me apasiona encontrar diferentes formas. Se planteó también buscar un espacio de uso mixto y al mismo tiempo que estuviera lejos o fuera del circuito cultural. No estamos en el distrito de las galerías. Cuando surgió la pandemia dijimos “tiene que ser acá”. De alguna manera la crisis que fue ese acontecimiento, y todo lo que obligó a replantear, cortando actividades y obligando a quedarse quieto… la zona más afectada resultó el microcentro. Era un lugar de absoluta actualidad para poner algo, porque era lo que definiría lo que iba a pasar después, el símbolo de esa crisis, y no Palermo o Belgrano donde se mantuvo casi todo igual. Sumado a que la zona tiene muy buen transporte público, es fácil llegar y está a una cuadra del subte. La cosa arranca ahí porque no es un lugar de arte, el edificio es de oficinas y antes era una sucursal del Supervielle en plena city bancaria, en un momento en el cual en los barrios no se trabajaba y el lugar de trabajo era el centro. El atractivo, el desafío, es de ponerse en un lugar que no es, porque si gritas en el desierto sos el único gritando, entonces te van a escuchar. El edificio por su arquitectura contemporánea se presta a esto, y me parecía interesante que apuntara a que la gente que viene, no estuviera yendo al lugar, sino que pasa, descubre y se sorprende. El ADN de Arthaus tiene que ver con la sorpresa. 

 

-Está buenísimo que alguien haya puesto ese “Chaile original” ahí. Obra emblema de un artista argentino muy destacado que a partir de esto ni siquiera hace falta entrar al lugar, para verla. 

-Exactamente. El diálogo con el afuera y la lagartija de Tec que pintamos en la calle… es un lugar que invita a entrar, sorprende. Más allá del acto político de Chaile, que tiene una cuestión de los pueblos originarios y las mujeres en vínculo ahora con un lugar que es símbolo del poder financiero, con acero, cemento y vidrio, y esta obra mete el adobe en el medio. El contexto del mensaje, que te decía…

 

-¿Cómo piensan la llegada del público al espacio y la ampliación del acceso? 

-Hay acciones con esos públicos que son específicas. Tomamos la decisión filosófica al principio de que no hubiera una inauguración, porque el arte contemporáneo no se termina, está en transformación, y que la gente participe del armado del espacio, porque nos ayuda a nosotros también a seguir pensándolo. Es un diálogo, no un proyecto de “espera que cuando termine te lo muestro”. La historia, como para todo espacio que arranca, no está ahora, después llega. Y la historia también te marca; hay decisiones que uno toma, en la novela cuando ya tenes los personajes no podes hacer cualquier cosa… ahí ya no es tan fácil reinventarse. Pero apuntamos a que este lugar sea de transformación, como el arte, que se construye. El arte del pasado está fijo, pero el del presente, lo bueno es que hay dudas, no sabes qué es, quizás apostas y o perdes o ganas. Hay que esforzarse por mantener esa interrogante dentro de lo que es un espacio de arte contemporáneo. Interrogar y sorprender tiene que ser parte del ADN del espacio. Después, la idea del restaurante, a la gente que no le interesa el arte por ejemplo le parece buenísimo. Ese tipo de procesos favorecen respecto de otros espacios de arte que ya existen, porque la clave está en que la gente lo disfrute. Que vengan todos es imposible, no somos el estadio de River, pero sí hay acciones específicas en cuanto a generar visitas guiadas, generar vínculo con escuelas de arte, música, universidades, dar entradas gratis pero yéndolos a buscar. Y como busco el interés del espectador, busco el del artista también, ese es un éxito. 

 

-Sos también pianista y compositor, ¿cómo se conectan tu pasión por la música y la gestión cultural? ¿Cómo interviene esta faceta tuya, en las ideas a llevar a cabo en Arthaus?

-Tengo esta cuestión musical y también una empresa familiar que me dio la mirada de gestión. La música me ayuda con el interés por investigar. También tengo experiencia como participante de la cultura. Plantear este espacio es un viaje para mí también, hice mi propio Disney. No se gana plata con Arthaus, pero el éxito del lugar es que la gente venga. El desafío es lograr espectáculos interesantes y tener un estilo propio que de repente marque la actividad cultural de Buenos Aires. Y es imposible hacerlo solo, hay que coordinar áreas, generar el diálogo, que siempre es complicado pero está bueno que haya discusiones y diversidad, la riqueza de este lugar es esa. Pensamos el auditorio por ejemplo como un espacio diferente porque no tiene escenario ni butacas fijas, sino que es una caja con excelente sonido que se presta para trabajar el espacio según lo que piense cada artista y nosotros. La gente quizás cuando viene se sorprende aunque ya haya venido varias veces, por cómo cambia el espacio en ese sentido. Todo es pensando en que los conciertos sean diferentes, tengan variedad, usen el espacio y se crucen con material fílmico y performance. Hicimos un concierto hace dos meses de un compositor austríaco que fue en completa oscuridad y la gente vivía un viaje de duración variable.

 

-Las muestras allí realizadas hasta el momento, por ejemplo, abordaron temas en relación a lo tecnológico y la fusión con la naturaleza. ¿Hay un interés por una programación que se ocupe de determinados temas de agenda verdad?

-Si ya el arte dice algo, porque es un lenguaje que tiene algo para decir, entonces acá hay una cuestión de tratar de acercar a la gente a la pregunta: ¿por qué es de actualidad algo y qué tiene para decir? Eso también es parte de la gestión, hay una curaduría de mostrar de la mejor manera algo que genere interés y emocione. No apuntamos a que nadie entienda nada por ser “contemporáneo” o “de vanguardia”. Lo fundamental es que no se corte la energía entre el artista y el público y el desafío es lograr eso haciendo lo que vos queres hacer. A la vez poner eso que queres hacer en duda, pero sin ponerte en encuestador. Yo hago lo que yo quiero, que me apasiona y me interesa, después veo qué pasa y me replanteo. Pero trato de no perder ese fuego inicial porque si perdes eso, es todo al pedo. 

 

-¿Qué representa el arte en tu vida?

-Desde chico tengo cercanía con el arte, empecé a estudiar piano a los diez años. En mi casa mi padre compraba cuadros, íbamos a museos… Arthaus entonces arranca desde un lugar personal. Hay una compañía constante y un interés también de estar todo el tiempo viendo qué pasa. Aparece un diálogo más fructífero todavía con los artistas, asociándote a sus proyectos. Me gusta la relación personal con artistas cuyas obras tengo. Creo que la vida está hecha de encuentros, y es una oportunidad increíble tenerlos. Primero tenés amigos del colegio, después los que van quedando y a medida que creces los encuentros son en relación a proyectos o situaciones, entonces la oportunidad de ese diálogo me parece re interesante. 

 

-¿Qué tipo de artes/artistas te conmueven en la actualidad?

-En general soy bastante curioso y limitar es una de las dificultades que tengo. A veces es un problema para armar un estilo o tomar una decisión. Ahí pienso, ¿qué es lo que realmente tiene que ver conmigo? más allá de que disfruto cosas que no tienen que ver conmigo, pero ahí hay una exploración casi psicoanalítica de ver qué te representa y qué sos hoy. Me apasiona Carlos Alonso, recontra clásico, yo armé un libro con él, no de él, y esa relación la atesoro para siempre con lucidez. Otro es Juan Carlos Distéfano, otro clásico. Y con los contemporáneos es al revés, está todo por hacerse, no sabes hacia dónde van esas obras entonces acompañas a ver qué proponen y ves su energía. Con Alonso estamos planeando una muestra, él tiene 94 años y se le rejuveneció la voz al pensarla. 

 

 

 

 

 

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