Matías Duville: "Mis trabajos vienen de un lugar o decantan en otro. Desembocan en distintas terminales"

Sus obras evocan escenas desoladas como las que preceden un cataclismo. Situaciones de abandono que funcionan como el paisaje mental de un explorador errante. Referente local del dibujo, sus procedimientos brutales experimentan con distintos soportes y materiales. 
Por María Paula Zacharías

Matías Duville (Buenos Aires, 1974) volvió a vivir en Mar del Plata, donde creció. "Me conecté de vuelta con el mar, con surfear... de hecho, recién vuelvo del mar", cuenta. Desde ahí, traza los caminos que seguirá su trabajo, cada vez más internacionales. Como artista, ya hizo un recorrido, con más de una docena de becas y residencias, y su ingreso a colecciones prestigiosas, por ejemplo las del MoMA y la Tate Modern, y más acá, las del Malba, Macro y Mamba. 

El invierno que termina en gran parte lo pasó con su familia en California. "Me gusta la idea de vivir un poco acá y poco allá. Somos medio gitanos, vamos y venimos. Pero en pandemia estuvimos acá y reconecté con el mar", cuenta. El dibujo siempre es su principal interés, aunque de ahí broten objetos, videos e instalaciones que pueden ser cadenas desmesuradas o montañas de asfalto. Enrarecidas y atemporales, al borde del cataclismo, imagina en sus obras huracanes, maremotos o situaciones extrañas en bosques que recrean un paisaje mental, entre la fantasía y el ensueño. 

 

–¿Dónde se puede ver tu obra hoy?

–Ahora estoy con mi galería, Barro, en la feria Art Basel en Miami. Lo que presento es una extensión de Hotel Palmera, la muestra curada por Gabriel Pérez-Barreiro en la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat en 2020, donde había un muro con obras de entre el 2000 y el 2020. Después, voy hacer una de mis instalaciones de asfalto en la Fundación Getulio Vargas, en Río de Janeiro, a mediados de diciembre. Espero después estar un mes y medio sin hacer nada.

 

–¿Y después?

–Voy, sí se puede viajar, a la Bienal de Sidney en marzo próximo, para la que estuve trabajando el último año y medio. Voy a presentar cuatro dibujos de escala enorme, como de 7 x 3,5 metros. Representan un regreso a los trabajos en blanco y negro que hacía antes, pero con un cambio en la técnica. En vez de papel, uso de soporte una tela, tyvek, una superficie entre el papel y el plástico, muy liviana pero resistente. Es distinto, otro viaje. Dibujo con pastel oleoso y carbón. La bienal se llama Río, pero abarca el término en todo su espectro conceptual. Empecé a trabajar en esta obra cuando estábamos aislados, y me pareció interesante pensarlo como unión entre territorios. Me fui a millones de años atrás, cuando todo se unía en Pangea. Hay bosques de Nueva Zelanda y Australia que se parecen a los del sur de la Patagonia. Evoqué los viajes de mi infancia con mi viejo, que era químico y hacía biología marina en Chubut. Bosques petrificados, fósiles, puntas de flechas y lagos congelados se mezclaron con la idea monstruosa del quiebre de la Pangea, revivida en la pandemia. Influenciado por la naturaleza, pero desde su costado más drástico. Los dibujos van por ahí. Estarán acompañados por esas cadenas de eslabones que van in crescendo, una obra que tiene ocho años.  

 

–¿En qué deriva todo esto?

–Todos los trabajos que hago tienen derrames. Ahora, en un viaje al sur de vacaciones, volví a los lugares de la infancia. Me metí por unos ríos secos que conducen al Chocón: eso abrió otra puerta. Mis trabajos vienen de un lugar o decantan en otro. Desembocan en distintas terminales. Del 2007 al 2011 hice esa serie larga de carbonillas grandes, y fue mi primera serie en la que obsesivamente me involucraba en el paisaje mental. Esto es un poco una vuelta. Necesitaba escala para que las imágenes abracen, envuelvan al espectador. Tiene que ver con algo propio de la mente, ese doble juego que hay al pensar primero las cosas como una pequeña célula en la lejanía y el tiempo, que después se abre como una inmensidad. Ese juego se da también entre la exploración infantil y el primer encuentro con el gran paisaje, y esta cosa mucho más grande que es pensar en los movimientos gigantescos del universo como son los desplazamientos de las placas tectónicas. 

 

–¿Tenés planeado algún gran viaje?

–En septiembre tengo una muestra colectiva, que es casi una individual, después de una residencia en una ciudad llamada Trondheim en Noruega, en zona de fiordos. Es un museo muy lindo, de escala mediana. Producir ahí será interesante, además de la nueva audiencia, que también te modifica.

 

–¿Cómo está tu Hogar, esa pieza de land art de La Pampa, que se convirtió en libro gracias a la beca Guggenheim? 

–Las últimas fotos que me mandaron la estructura de la casa estaba bajo agua. Siempre tengo ganas de volver a producir una pieza de fotos. Me da un poco de culpa no estar ahí todos los días para ver sus cambios. Cuando hice la publicación (editada por KBB en 2016) esas ruinas eran medio jóvenes, pero ahora tienen un recorrido más interesante. Cambian en las estaciones, con lluvia o sequía, y siempre es distinto el efecto porque la obra se va deteriorando. Cuando se inunda, por la chimenea entran peces. Tiene múltiples lecturas, son exponenciales: capa sobre capa.

 

 

 

 

 

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