La primavera fue durante siglos una de las grandes imágenes de la literatura y la poesía. Es la estación del renacer, de aquello que vuelve a la vida después del invierno crudo y también una metáfora de los comienzos, la juventud y la esperanza. El mexicano Octavio Paz la imaginó avanzando “con pies de agua”, mientras que Gustavo Adolfo Bécquer la vinculó con el regreso de las golondrinas y Pablo Neruda convirtió su nombre en una imagen de resistencia y renovación. En la música también fue un tema recurrente a la hora de componer: desde Nina Simone, Jobim, Frank Sinatra, Santana y Tanguito hasta Teresa Parodi, Manu Chao, Soda Stereo, Palito Ortega e Ismael Serrano dedicaron canciones a la estación que para muchos representa el florecer del amor. En la historia de la música clásica sobresale La primavera, uno de los conciertos para violín y orquesta de Las cuatro estaciones de Vivaldi.
Esa idea de resurrección de la naturaleza también encontró una expresión en las artes plásticas, donde flores, luz, cuerpos jóvenes y referencias a la mitología clásica construyeron distintas representaciones de una estación asociada con la vida. Ejemplos sobran: La primavera, de Botticelli; la versión de Monet; o Almendro en flor, de Van Gogh, o la escultura Eterna primavera de Auguste Rodin, entre muchos otros.
En Buenos Aires, una de esas representaciones tuvo forma de mármol de Carrara. La Primavera, del escultor francés León Ernest Drivier, fue concebida como un grupo escultórico integrado por tres figuras femeninas desnudas. La obra propone una composición en la que los cuerpos aparecen reunidos en una actitud armoniosa y clásica, vinculada con la idea de renovación que históricamente se asocia con la estación.
La escultura pertenece al patrimonio escultórico gestionado por Monumentos y Obras de Arte (MOA) de la Ciudad de Buenos Aires y fue adquirida por la ex Municipalidad de la Ciudad. Su destino fue la Plaza Rubén Darío, uno de los espacios porteños donde se incorporaron obras escultóricas de artistas europeos.
La estación primaveral también permitió, a través de las artes plásticas, trabajar con el color, la luz y las formas de la naturaleza, además de recuperar tradiciones mitológicas vinculadas con figuras como Flora, asociada a las flores y la fertilidad. En el caso de Drivier, esa sensibilidad aparece trasladada al lenguaje escultórico y al cuerpo humano, sin recurrir a una representación literal del paisaje primaveral.
El material elegido refuerza esa búsqueda. La Primavera fue esculpida completamente en un bloque de mármol de Carrara, una piedra que permite construir superficies y volúmenes con una marcada presencia formal. Las tres figuras femeninas concentran la composición y convierten al cuerpo en el principal vehículo para expresar el concepto de la obra.
La pieza lleva la firma de Drivier (1878-1938), oriundo de Grenoble-Isère. Su trayectoria estuvo vinculada a Rodin, una de las figuras fundamentales de la escultura moderna francesa. Según los antecedentes consignados sobre el artista, Drivier incluso llegó a trabajar en su estudio. Dentro de los escultores considerados “aislados”, se destacó por la capacidad para abordar obras de importancia y por una maestría que permitió compararlo con otro de los grandes nombres de la escultura francesa, Émile-Antoine Bourdelle.
La presencia de Drivier en Buenos Aires forma parte, además, de un fenómeno más amplio de la cultura porteña de aquella época. La incorporación de numerosas obras realizadas por artistas franceses evidencia la voluntad de determinados sectores del paisajismo y la arquitectura de la ciudad de reproducir modelos vinculados con París. En ese contexto, esculturas y espacios públicos establecieron un nexo directo con las tendencias artísticas europeas.
Drivier dejó varias obras en Buenos Aires, entre ellas El hombre parlante, ubicada en la Plaza Intendente Alvear; y los monumentos dedicados a Francisco Alcobendas y Miguel Cané, emplazados en el Palacio Municipal, además de La Primavera.
La obra tiene una historia que reúne una antigua asociación entre la estación y la renovación de la vida, una tradición artística de raíz clásica y la huella que dejaron en Buenos Aires los escultores franceses vinculados con la escuela de Rodin.





















