Una enorme masa de mármol gris parece emerger desde sí misma, como si la piedra estuviera en pleno proceso de transformación. No representa héroes, no remite a gestas históricas ni responde a la lógica clásica del monumento urbano. En Monumento a la piedra o Piedra por tres, el escultor Omar Estela desplazó el centro de atención hacia la materia misma, convirtiendo a la piedra en sujeto, símbolo y lenguaje.
La obra, ejecutada en mármol gris de Punilla y de aproximadamente 3,50 metros de alto por 1,50 de ancho y 1,30 de profundidad, fue concebida como una reflexión sobre el acto de mirar y sobre la relación entre el ser humano y la materialidad. “Una escultura es, de algún modo, como una carta”, sostuvo Estela al describir su concepción artística. Y añadió: “Puede ser releída o reinterpretada en el tiempo. No solo importa lo que dice el texto, también la escritura, el gesto, el soporte”.
Para el artista, la escultura debe ser una experiencia sensible antes que una representación literal. “No se trata de haber visto mucho, sino de la forma de haber mirado. En la escultura, saber mirar es fundante”, afirmó en diálogo con El ojo del arte.
Inaugurada el 9 de diciembre de 1984 en la Plaza Intendente Torcuato de Alvear, frente al Centro Cultural Recoleta, la pieza surgió en el marco del primer simposio de escultura al aire libre impulsado por Osvaldo Giesso. Participaron además los escultores Jorge Michel y Pablo Larreta.
Pero incluso instalada en un espacio asociado históricamente al monumento tradicional, la obra de Estela buscó romper con esa idea. “Hay algo que incomoda: cuesta aceptar que la imagen a reconocer no sea la de un prócer”, escribió el escultor. Para él, allí residía la tensión principal de la pieza: transformar al monumento en una experiencia artística y no únicamente conmemorativa.
“Si lo pensamos desde una metáfora lógica se podría plantear: un panfleto es a la literatura lo que un monumento es a la escultura”, sostuvo. La frase resume una mirada crítica sobre ciertos usos del arte público y, al mismo tiempo, reivindica a la escultura como un territorio de percepción y pensamiento.
Nacido en la provincia de Buenos Aires en 1949, Estela estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y se formó con Aurelio Macchi. Trabajó como tallista para anticuarios y se especializó en el estilo indoespañol, aunque desarrolló una obra profundamente personal, alejada del mercado y de los circuitos tradicionales del arte. Nunca tuvo galerista y evitó participar en concursos, aunque fue jurado en numerosos premios.
En 1983 viajó a Italia y Francia para perfeccionarse en técnicas de talla de gran volumen. Esa experiencia profundizó su vínculo con la piedra y con el trabajo escultórico entendido como una práctica física y existencial. “Reconocer la materialidad de las cosas nos hace menos prepotentes. El ser humano que trabaja la piedra tiene otra cultura”, reflexionó.
La extracción del bloque en Bialet Massé, Córdoba, formó parte esencial de la experiencia creativa. Estela evocaba las canteras, las herramientas y el esfuerzo humano involucrado en el traslado y tallado de las diez toneladas de mármol como elementos inseparables de la obra. “Todo aparece en la escultura: sus 10 toneladas, la infraestructura para moverla, ubicarla, tallarla. Todo le da veracidad emocional”, afirmó.
La piedra, para Estela, no es solamente un material sino una presencia cargada de sentido. “La solidez de la piedra no es un concepto, se la siente como existencia absoluta; la piedra es una imagen de la firmeza”, explicó. Esa percepción convierte a la escultura en algo más que un objeto visual: un hito, una presencia capaz de modificar la relación del espectador con el espacio y consigo mismo.
Durante el proceso de tallado al aire libre, el escultor descubrió además una dimensión inesperada de la obra: el diálogo espontáneo con quienes circulaban por el lugar. “Los comentarios de los albañiles a las seis de la mañana tenían una comprensión que no existía en el público del mediodía”, recordó.
Concebida para permanecer en el espacio público y acercarse a quienes no frecuentan museos o galerías, Monumento a la piedra se erige imponente y enigmática, y aún sin placa alguna ni información disponible terminó convirtiéndose en un punto de encuentro urbano y emocional. Una escena sintetizó para Estela el sentido profundo de su trabajo: “Fue hermoso escuchar a una joven pareja decir: ‘nos encontramos en donde está la escultura de la piedra’”.


















