Las metamorfosis expositivas del arte contemporáneo son tales que ya ni la guerra necesita pintores de batallas; ahora le alcanzan los renderizadores en tres dimensiones. Aquella doble apuesta que sacudió en 2015 los muros de la Fundación Proa, confrontando el paisajismo de datos de Forensic Architecture con los desvelos filosóficos de RAQs Media Collective, funcionó como el acta de nacimiento de un subgénero global: el de los cazadores de infoscapes (paisajes de información) metidos a intelectuales de bienal. De conformación multidisciplinaria y una impronta política tan indiscutible como estratégicamente espectacularizada, el colectivo londinense —nacido bajo el ala de la Universidad de Goldsmiths y el liderazgo del arquitecto Eyal Weizman— propuso una reinvención radical del género clásico del paisaje. No ya la mímesis naturalista ni el registro fotográfico del horizonte urbano, sino el procesamiento estético del rastro digital. Aquel activismo que capturaba el imaginario post-occupy Wall Street descubrió pronto que los dominios del arte contemporáneo eran el escenario ideal para el infotainment (información más entretenimiento).
Alentados por el espíritu epocal de Naomi Klein y el efectismo documental de Michael Moore, estos arquitectos forenses entendieron que para disputarle la verdad al Pentágono o a los tribunales estatales primero había que seducir el ojo del espectador contemporáneo. Actualizando la dramaturgia del arte conceptual de los años 70 — donde el teórico ruso Boris Groys encontró el ancestro de la arquitectura de las redes sociales—, Forensic Architecture desplegó las cartografías de las nuevas guerras con el dron como verdugo invisible. El paisaje mutó definitivamente: de la pincelada al píxel. Sus instalaciones multimedia no escatiman recursos de la cultura pop-tecnológica: desarrollos 3D, videos anónimos rescatados de la web, imágenes satelitales degradadas y panorámicas digitales en el umbral de lo detectable.
Pero el tiempo pasa para todos, incluso para los rebeldes institucionales. El colectivo actualizó su agenda y refinó sus juguetes informáticos. Ya no sólo disputan espacio en la Documenta de Kassel o acumulan nominaciones al Turner Prize; sino que operan bajo el amparo del prestigioso galardón Right Livelihood (el llamado "Premio Nobel Alternativo"). La espectacularización del horror mudó su foco hacia los frentes geopolíticos más calientes del mapa actual, transformando la contra-narrativa en una disciplina casi industrial. Abandonando el laconismo de los documentos en tipografía Times New Roman, el grupo montó plataformas interactivas para desarmar las versiones oficiales de los bombardeos estatales. Sus análisis tridimensionales sobre incidentes de alta volatilidad —como el ataque al hospital Al-Ahli o la reconstrucción multimedia del caso de la niña Hind Rajab junto a cadenas globales— operan al ritmo frenético de las batallas de Twitter (ahora X).
Ante la saturación de imágenes de los conflictos modernos, el colectivo entrena clasificadores sintéticos basados en modelos 3D para identificar tanques y municiones ocultas entre millones de videos en la red. La tecnología de Silicon Valley es expropiada para vigilar a los vigilantes. A través de su filial berlinesa Forensis, el equipo extendió sus mapas hacia el pasado, reconstruyendo digitalmente los campos de concentración del genocidio colonial alemán en Namibia y midiendo el impacto del viento en las fumigaciones de herbicidas sobre fronteras agrícolas. En el ecosistema multidisciplinario de Forensic, donde conviven diseñadores, cineastas y programadores bajo un sistema de firma horizontal que imita los créditos de un software como el Photoshop (lejos del modelo del artista-factoría a lo Olafur Eliasson o Damien Hirst), la mención al plano local sigue siendo ineludible. Si en los inicios de su visita a Buenos Aires el puente conceptual cruzaba directo hacia las investigaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) —cuya fría rigurosidad científica devino en arte gracias al lente de Helen Zout—, hoy Forensic Architecture demuestra que la frontera entre el laboratorio, el tribunal y la sala de exposiciones se ha disuelto por completo. Lo forense ya no es patrimonio exclusivo del control estatal; ahora es un género del consumo cultural contemporáneo, una sofisticada caja de herramientas estéticas destinada a derribar los muros de la desinformación global.































