Gavin Turk y el dadaísmo 3.0

Es el último Young British Artist que mantiene un espíritu punk dentro del mundo del arte. Con la ironía feroz que lo caracteriza, acaba de presentar Piscio d’Artista, latas seriadas y firmadas con su propia orina, en una clara cita a Piero Manzoni.
Por Fernando García

Un perfil de Gavin Turk (Surrey, 1967) podría empezar por su Instagram. Consecuente con su práctica iconoclasta la cuenta se llama @ThisisnotGavinTurk (parece dedicada también a quienes deben aclarar lo de “oficial”) y es al mismo tiempo espejo y reverso de la obra que puso su nombre en órbita cuando en 1991 el Royal College of Art se negó a darle su título de posgrado después que el jurado recorriera su muestra llamada Cave

¿Qué pudo haber disgustado entonces a gente entrenada en la deriva posmoderna del arte de los ochenta? ¿Qué era capaz de hacer el joven Turk para conseguir todavía que el arte provocase? Muy sencillo. Presentó un cubo blanco similar al de las galerías con una mínima intervención. Una placa imitando aquellas que el gobierno de Londres colocaba en los sitios patrimoniales de la ciudad. Turk se conmemoraba a sí mismo y al vacío de la época en ese círculo azul donde podía leerse “Gavin Turk trabajó aquí entre 1989 y 1991”. 

Emergente de los Young British Artists (YBAs) con Damien Hirst, Tracey Emin y los hermanos Chapman a la cabeza, la actitud dadá de tercera generación de Turk puede verse como un acto contra la degradación que supone integrarse a un sistema-arte que alienta lo disruptivo casi como un mandato. Así, es difícil que una obra como Cave fuera reprobada hoy y al mismo tiempo su IG mantiene viva la influencia decisiva que el punk tuvo en los YBAs. 

Turk trabaja soportes múltiples pero su material es la ironía, la gran trampa del arte contemporáneo, que esculpe como un virtuoso del mármol de carrara. Cuando es omnipresente en la cultura mainstream (Netflix riéndose de sí misma en Bandersnatch, el especial de Black Mirror) aquello que le estaba reservado al arte en los noventa puede volverse inocuo u otro nicho en el que refugiarse. 

Con su bigote atizado como el de un viejo noble prusiano, Turk parece dispuesto a dar pelea para evitar caer en cualquiera de esos abismos. Tras sus celebradas apropiaciones del Elvis de Warhol, el Che Guevara de Korda (formas iconográficas que convirtió en autorretratos) o la escultura de cera (Pop) donde se lo veía replicado en la pose de Sid Vicious, Turk presentó en diciembre Piss Artist (pis de artista) un homenaje a la crítica que el italiano Piero Manzoni hizo sobre el mito del artista genio con Merda D’artista en 1961. 

Se trata de una edición limitada de latas que podrían ser de cerveza pero que, a cambio, contienen una colección de su propia orina en el interior. Sesenta años después aquel mensaje de Manzoni donde sostenía que toda la producción de un artista era obra (por eso podía envasar sus propios excrementos) es reinterpretado por Turk como la capacidad del mercado de fetichizar absolutamente todo y terminar por coleccionar lo no coleccionable.

El último YBA capaz de mover a las reflexiones de su generación, Turk, ha elegido una ruta solitaria donde la voz de John Lydon (el Johnny Rotten de los Sex Pistols) se escucha como el aullido de un lobo estepario: “This is not a love song”. Y este no es un perfil sobre el artista llamado Gavin Turk.

 

 

 

 

 

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