Hasta hace poco eran los agotadores debates sobre la inminente conversión de todo el patrimonio artístico occidental (de Giotto a Basquiat) en NFT; eran los galeristas reconvertidos en promotores de la nueva religión (como los Testigos de Jehová, timbre a timbre) de la obra cripto lista para ser proyectada contra la pared en el momento que usted deseara verla; eran los ojos rotos en galerías digitales mostrando chucherías inmateriales (pero fetichizadas bajo la norma tecno-capitalista igual, nada de la utopía desmaterializante por acá); y más recientemente entramos en el dilema del artista post IA.
Todo para que Nnena Kalu (Glasgow, 1966) se alzara con el Premio Turner de 2025 utilizando como mayor insumo las cintas de cientos de VHS perdidos-encontrados en volquetes de basura, mudanzas, las ruinas, al fin, de la era Blockbuster, el reino de la videocasetera. Para Kalu, lo que el viento se llevó del cine da igual, lo que su sensibilidad de artista capturó es la materia de la cinta de VHS (sus lost tapes) como otra posibilidad de línea. Y a partir de esa línea entrar en un loop que en lugar de provocar la repetición sonora o visual engendra unas cosas que se cuelgan a la altura de los ojos (en UK dirán “esculturas” pero ojalá Nnena supiera de las “cosas” que creó Rubén Santantonín durante la década del 60 en Argentina).
Lo que sobra, el ensayo de Damián Tabarovsky (Mar Dulce, 2023) sobre la deriva de las vanguardias en el siglo XXI es el libro que funciona como manual de instrucciones para leer a Nnena y sus cosas colgantes que con la basura del capitalismo replica formas del subdesarrollo atávico, ya fuera en África o Brasil (los parangoles de Hélio Oiticica son otra referencia que debe desconocer). Tabarovsky cita a Bataille (La noción del gasto, 1933) que lee desde la vanguardia a los maestros primitivos de las cuevas de Lascaux. Dice: “Leer de un modo vanguardista implica suponer que las personas en la prehistoria no hacían pinturas rupestres, no representaban animales, ni a ellas mismas sino que, sobre todo, extraían placer en mancharse los dedos, en ensuciarse, en arrastrar las manos por la superficie rocosa (…) en otros términos hacían obra con la mugre, con lo que sobra, con la mierda”.
Un video posteado por la Tate Modern muestra a Nnena trabajando en silencio, sin parar, abstraída de todo y de todos. Pero están las intérpretes, buscando descifrar esos ovillos hechos de éxitos o fracasos rotundos de la civilización de la videocasetera. “Tengo un recuerdo muy vívido de Nnena trabajando en un showroom de autos abandonado, haciendo toda esta clase de esculturas secretas”, ilumina Jes Fernie (curadora y ensayista anglo) y sigue: “sentí de manera muy fuerte cómo usaba su cuerpo por eso la forma estaba dictada por sus movimientos. Era increíble verla trabajar. Muy bello. Le gusta tener música de fondo mientras trabaja. Le encanta ABBA, un poco de Michael Jackson y Stevie Wonder”. La voz de Fernie (pelo corto blanco y anteojos) se superpone con la figura un poco andrógina de Nnena que parece una máquina de embalar produciendo su propia música: el ruido de las cintas pegoteándose entre sí para retorcerse y tomar volumen en el espacio. Oímos de otra autoridad del mundo del arte británico decir que Nnena baila sin parar mientras envuelve cosas o dibuja unos vórtices multicolor que desde el sur del mundo se ven como los dibujos de Emilio Renart circa 1963. Y de su galerista (la directora de ActionSpace) que “ella brilla cuando trabaja. Es una verdadera artista”.
Nnena Kalu es hija de inmigrantes nigerianos, autista y tiene una “comunicación verbal limitada” según su entrada en Wikipedia. Es la primera artista neurodivergente que se alza con el Turner Prize y su obra permanece en exhibición en la Cartwright Hall Art Gallery (Bradford) hasta el 22 de febrero de 2026.




























