Viernes, 05 Junio 2026

Gottfried Helnwein: una sucursal del infierno

Accionista tardío, el hiperrealismo siniestro del artista austríaco cotiza entre celebridades y regurgita el shock del mundo para que sea parte de la conversación.
Por Fernando García

 

¿Qué pueden tener en común Arnold Schwarzenegger, Sean Penn, Marilyn Manson, Beck, Nicolas Cage, Andrew Lloyd Weber, Safia Al Raschid, Ben Kingsley? Además de entrar en la categoría de celebridades, más allá de la rama del entretenimiento en la que se hayan prodigado, todos podrían aparecer en un libro de Taschen (el mismo Benedikt Taschen también) posando con su Gottfried Helnwein. Porque eso es lo que los une: coleccionar el hiperrealismo siniestro en la memoria de un niño austríaco que batió el récord histórico del museo Albertina con una retrospectiva que movió a 300 mil personas en 2024. Nacido en Viena en 1948, este artista de 77 años que se deja ver con un pañuelo estilo pirata con calaveras y anteojos negros, parece haber tocado un nervio común en los famosos. ¿Yuxtaponer a Hitler con el Pato Donald (Encounter 4) sin la ayuda de ninguna IA estará en el depósito visceral del alma de Hollywood?

A veces el contexto puede perturbar la percepción sobre un artista. Cómo se sigue buscando información y alimentando la matrix personal e intransferible de imágenes cuando se lee en el diario El País de Madrid sobre “el artista austríaco, célebre por sus pinturas grotescas de niñas ensangrentadas o abusadas” en medio de la ola de femicidios que sufren las mujeres desde hace años en Argentina. Pero, vamos, no hay que mezclar la obra ni el artista con el contexto local. Aunque sí se hace imprescindible que la historia de la persona informe la estética del artista. La infancia rota que pinta Helnwein es nada menos que la suya durante la cual Austria era poco menos que una sucursal del infierno en los años inmediatos a la rendición nazi. 

Su instalación en la iglesia anglicana Saint George en el marco de la 61ª Bienal de Venecia, donde reemplaza la iconografía del altar y los laterales por tres gigantescos paneles estampados, sube el volumen de su lúgubre canto al máximo. Cordero de Dios pareciera ser su opus magnum, un triple mural donde un niño con el estigma de Cristo es rodeado por una constelación de ángeles (en el sentido en que pensamos a la primera infancia, sin otras alas que la imaginación) esparcidos en un espacio flotante. Los ángeles de Helnwein, con los ojos vendados, ensangrentados y con señales de maltrato, parecen abandonados en un limbo ingrávido.

Helnwein no fue un chico abusado que regurgita el trauma a través del arte, sino que el aire mismo en que aprendió a respirar, hablar, oír, sentir al fin, exudaba maltrato. Y eso es lo que lo ha tenido ocupado desde 1970 cuando apareció como un tardío accionista. Su “One-man Show” (1972) duró solo tres días ante la presión y el disgusto popular. La protagonista de su “Aktion Sorgenkind” (acción para los niños necesitados) era Sandra, una niña de seis años a la que paseaba con los ojos vendados y cuyo registro fotográfico completó la obra. En “El shock de la vida cotidiana” (1974) puso a niños con la cabeza vendada a caminar tambaleándose por la Kärtner Strasse. Ese es el origen de sus angelitos rotos a los que ahora ha puesto en el lugar de las imágenes sacras. Y de sus pinturas que tanto valoran las estrellas de Los Ángeles, California. 

En una entrevista en Madrid, el pintor que ahora vive con su familia en una mansión gótica en Irlanda, con las manos cruzadas dejando ver su colección de anillos dirá: “Suelen decir que soy un artista del shock. No, el mundo es impactante (shocking), pero la gente tiene un mecanismo muy bueno para no ver las cosas que suceden, así que lo que quiero hacer es que el shock que el mundo nos entrega sea parte de la conversación. Yo no soy un artista del shock, el presidente de Estados Unidos, por ejemplo, sí que lo es”

  

 

     

 

 

 

 

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