Hay algo profundamente invasivo en la solidez de la escultura monumental moderna. Esas moles de bronce y granito dispersadas en el espacio público exigen atención a gritos, pretendiendo una inmortalidad post apocalíptica. Qué diferente resulta entonces adentrarse en el universo de Fujiko Nakaya (Sapporo, 1933). Ella no esculpe para la eternidad; esculpe con el viento, con el agua, con la pura e irreversible fugacidad del instante. Nakaya es, sin lugar a dudas, una de las artistas más sutiles de nuestro tiempo. Mientras sus contemporáneos inervenían el paisaje con excavadoras en nombre del land art, ella introdujo en la historia del arte el material más subversivo y democrático posible: la niebla.
Participar de una de sus intervenciones va mucho más lejos de la contemplación de una obra; es experimentar la disolución del yo. Nakaya manipula el agua a alta presión a través de miles de boquillas personalizadas, transformando la arquitectura rígida y los jardines simétricos en paisajes fantasmagóricos. Su arte es un ataque frontal a la fijeza de la retina. En sus nubes artificiales, el espacio geométrico desaparece y el espectador se ve obligado a activar el tacto, el oído y la memoria. Una reescritura de Turner liberada de todas las convenciones de la pintura, la mejor forma de traerlo al presente. Es la abstracción total hecha atmósfera. Y a Turner que duda cabe, le hubiera gustado esto.
Así como sucede con las también longevas Yoko Ono y Yayoi Kusama el cruce entre la vanguardia neoyorquina y la precisión nipona encuentra en Nakaya una síntesis perfecta. Hija del físico Ukichiro Nakaya —el primer hombre en crear un copo de nieve artificial—, la artista se desarrolló con el fondo de un mantra familiar: “los copos de nieve son jeroglíficos enviados desde el cielo". Su sensibilidad artística está atravesada por una rigurosidad técnica implacable.
La consagración internacional de Fujiko llegó en 1970, durante la Exposición Universal de Osaka. Con el colectivo Experiments in Art and Technology (EAT) reunido en torno a Robert Rauschenberg, envolvió el Pabellón Pepsi en una densa nube blanca. Aquello no era un truco óptico sino más bien un manifiesto estético y científico que desafiaba la artificialidad del progreso industrial y dialogaba con la impermanencia del budismo zen.
A sus más de noventa años, el pulso conceptual de Nakaya no ha perdido vigencia. Al contrario, resuena con una urgencia ensordecedora en tiempos de colapso ecológico. Su obra es un recordatorio constante de nuestra propia fragilidad. En sus instalaciones, la niebla avanza, devora el entorno y luego se disipa sin dejar rastro, sin violar la naturaleza, fundiéndose con el ecosistema. Es un eco de la tradición japonesa del mono no aware, esa melancolía por el paso del tiempo, tamizada por la urgencia del arte contemporáneo globalizado. Mientras el mercado del arte actual se desvive por subastar objetos millonarios (desde una masterpiece impresionista a una banana atravesada con cinta de embalar) para decorar búnkeres de magnates, Nakaya nos regala el viento, el agua y la belleza de lo que no se puede poseer. Su reciente instalación Nube 07156 en la Colección Pinault (el edificio de la ex Bolsa de Comercio de París) provoca una intervención de lo inmaterial en la casa de una de las colecciones más poderosas de Europa. Se la convoca para revisar el legado de Caravaggio y Goya en el arte contemporáneo y su versión del claroscuro es envolver al público en la bruma bajo una cúpula neoclásica. Nada de lo que un magnate pueda presumir.
La genialidad de Nakaya radica en su rechazo absoluto a la tiranía del objeto. En un mundo saturado de imágenes estáticas y mercancías culturales, sus esculturas de niebla son un acto de resistencia purificadora. Recuperan para el ojo la inocencia de la percepción y nos recuerdan que el arte más elevado no es el que permanece, sino el que nos atraviesa y desaparece.
































