La nostalgia como recurso en Jeff Koons

Referente máximo del kitsch, sus esculturas apelan a la reapropiación de lo conocido a través de la resignificación conceptual de imágenes y objetos que circulan el inconsciente colectivo del espectador.
Por Carolina Aliotta

“Yo creo sistemas para las personas que trabajan conmigo y de ese modo soy responsable de cada línea, de cada marca. Todo funciona bajo un control directo y exacto, así que soy responsable de todo.” J. K.

 

Jeff Koons es uno de los nombres que más resuena dentro del mercado internacional de arte. Es considerado por gran parte de la crítica como uno de los artistas más influyentes y controversiales de la época. A partir de la reapropiación y resignificación de imágenes y objetos, haciendo uso del ready made, y de recursos cercanos al kitsch, desarrolló su trabajo.

La polisemia de las imágenes, las diferentes connotaciones culturales que acordamos como sociedad, y la elección de materialidades que dialogan y se oponen en la creación de la obra de arte, tanto como el modo de producción, lo posicionaron dentro del campo del arte como una figura provocadora. Koons hizo uso de los fenómenos culturales, los personajes populares, las personalidades icónicas y supo captar las referencias visuales de sus contemporáneos, aportando nuevas capas de sentido a objetos fácilmente reconocibles para occidente.

En 2016, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), expuso en su explanada la obra Bailarina sentada, una escultura realizada en acero inoxidable, con efecto espejado, de gran escala; inspirada en una pequeña bailarina de porcelana, que escaló a dimensiones monumentales. Todavía se conservan algunas escenas del montaje. La obra quedó expuesta en el exterior del museo durante algunas semanas, el acabado de la obra y el espacio privado, con reminiscencias de espacio público se amalgamaron a la perfección para lograr el efecto deseado: Casi todas las personas que pasaban por la fachada del museo, reparaban con asombro en la pieza disruptiva que se ofrecía a la vista de cualquier espectador.

Si bien la obra de Koons sirve como disparador innegable a la hora de hacer conexiones, los críticos más reticentes, todavía se preguntan hasta qué punto su trabajo puede ser constructivo para la sociedad, si las temáticas que representa cobran una forma lúdica, que parece vacía de contenido. Además, algunas de sus obras han sido denunciadas en las redes por “plagio”. Sin embargo, detrás de sus inflables y objetos que resuenan a “infancia”, se extiende un amplio universo en el que el sentido se construye imperceptible, haciendo uso de todo lo que como espectadores tenemos aprendido.

La nostalgia nos permite empatizar con lo que vemos. Lo representado nos sirve de algún modo como analogía de nuestros propios recuerdos, los objetos de arte que propone no parten de la romantización de la creación como surgimiento de un elemento irreferenciable, único e irrepetible, más bien su obra se basa en lo contrario. 

Tal como menciona Sarah Thornton en su libro “33 artistas en 3 actos”, hubo una especie de revolución industrial en el arte, los artistas se transformaron en personas con ideas propias liberadas del trabajo manual, que pueden delegar sin comprometer el concepto de autoría.

Ese es el caso de Jeff Koons, la reapropiación de lo conocido, y la resignificación del concepto en relación al contexto, el entorno y la materialidad, son características que hacen que su obra sea significativa, más allá de los valores del mercado.

 

 

 

 

 

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