La Capilla del Rosario de Vence (Francia): el acto de fe de Henri Matisse

Situada en las afueras de Niza en la Costa Azul, esta pequeña edificación religiosa, es el último legado del máximo pintor fauvista francés, que diseñó a sus casi ochenta años.
Por Ignacio Marchini

 

Vista por fuera, la Capilla del Rosario podría parecer una iglesia más. Completamente blanca, salvo por algunos detalles azules en forma de zigzag en su techo, lo más destacado en su exterior es la gran cruz de hierro forjado, apoyada sobre una estilizada base de la que cuelga una campana. Situado en el pueblo de Vence, en la Riviera Francesa, el pequeño edificio católico con forma de L se encuentra ubicado sobre una colina y tiene apenas quince metros de largo por seis de ancho.

A primera vista, quizás es difícil adivinar que la Capilla del Rosario fue diseñada entre 1947 y 1951 por Henri Matisse, uno de los pintores más importantes del siglo XX. El reconocido artista francés fue precursor del movimiento pictórico conocido como fovismo, que se caracterizó por un uso provocativo del color, en el que el ejecutante debía priorizarlo en su trabajo por sobre el modelado, el claroscuro o la perspectiva.

 

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En 1941, Matisse vivía en Niza cuando le diagnosticaron cáncer de colon, lo que derivó en una serie de intervenciones quirúrgicas y una larga recuperación. Durante su convalecencia fue asistido por una enfermera llamada Monique Bourgeois, con la que terminó entablando una duradera amistad y usándola como modelo en varias de sus pinturas y dibujos. Algunos años después, la mujer tomó los votos católicos y se unió a un convento de la orden dominicana de Vence, bajo el nombre de hermana Jacques-Marie. Al poco tiempo, el pintor compró una casa en ese pueblo y continuó su relación con Monique, a la que visitaba asiduamente.

Fue durante uno de esos encuentros que la mujer le pidió al artista que se hiciera cargo de la remodelación de un cobertizo que oficiaba de capilla para el colegio secundario de monjas de la orden. Así, a los 77 años, Matisse encaró su primer trabajo de este tipo, al que se sumó Marie-Alain Couturier, un cura reconocido por su trabajo en el diseño de vitrales.

De las dos partes que componen el edificio en forma de L, la más larga está destinada a la gente del pueblo y visitantes, mientras que la pata corta era para el uso de las monjas que vivían ahí y enseñaban en la escuela ubicada al lado. En el ángulo de intersección de estas dos secciones se ubica el altar, hecho a partir de una piedra color marrón claro que se asemeja al tono de la hostia. Se encuentra posicionado diagonalmente para que ambas partes puedan ver al cura. Hasta el crucifijo y los candelabros de bronce posados sobre el altar fueron obra de la mente de Matisse, así como la estructura de hierro que cuelga del techo y que porta una llama que jamás se apaga.

A lo que el pintor francés le dedicó más tiempo fue al diseño de los vitrales y los murales de la “Capilla de Matisse”, como también se la conoce coloquialmente. Los vidrios, largos y finos con forma ovalada, fueron hechos a partir de la combinación de tres colores (amarillo, verde y azul) que inundan la sala cuando la luz del sol los atraviesa. El patrón de los dibujos de los vitrales laterales es sencillo, con la forma de dos hojas amarillas y azules brotando de un tallo oculto, que se repiten sobre un fondo verdoso. Para las dos ventanas detrás del altar, llamadas “El Árbol de la Vida”, Matisse armó un diseño especial que mantiene la línea temática de los otros vitrales, pero formados por una vegetación más detallada y espesa, un fondo verde y amarillo sobre el que se despliegan una serie de hojas azules y amarillas pequeñas. Todos los diseños culminan en el extremo superior en un semi círculo dorado, que representa al sol. 

Matisse diseñó también los tres murales que ocupan las paredes de la capilla, hechos de trazos negros sencillos sobre fondo blancos, lo que no deja de ser llamativo para uno de los maestros del color. El primero de ellos, el “Mural de Santo Domingo de Guzmán”, se encuentra detrás del altar y representa al fundador de la orden, sin rostro, cubierto por un largo manto y sosteniendo un escrito. Sobre las paredes laterales se encuentra el “Mural de la Virgen y el Niño”, en el que María sostiene al niño Jesús con los brazos alzados en forma de cruz, ambos rodeados por flores abstractas que se asemejan a nubes.

 

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La pieza central de la Capilla del Rosario es el “Mural del Vía crucis”, ubicado detrás de los asientos de los creyentes que asisten a misa. En él se representan las catorce etapas de la crucifixión de Cristo, ubicadas en tres hileras que completan un panel de casi cuatro metros de alto por casi dos de ancho. Así, en un mismo diseño encontramos el juicio del hijo de Dios ante Poncio Pilato, a Cristo portando la cruz y su crucifixión, ubicada en el centro del dibujo.

 

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La Capilla del Rosario de Vence fue uno de los últimos trabajos de Matisse, en condiciones de salud tan malas que varios de los diseños los realizó postrado desde una cama, para luego darle las indicaciones a artesanos y obreros que llevaron adelante la tarea. No deja de ser curioso que una de sus últimas creaciones (moriría tres años después de terminarla), a la que calificó como su “obra maestra”, haya sido una oda a Dios: Matisse era agnóstico y no había producido obras con temática religiosa. Puede que se tratara de un último intento para ganarse la entrada al Paraíso, ante una muerte que era, a todas luces, inminente.

 

 

 

 

 

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