Los templos de Turrell

En las últimas décadas, el artista de la luz, James Turrell ha ido erigiendo una serie de observatorios de cielos alrededor del mundo. Experiencias estéticas que invitan a la contemplación del vacío.  
Por Fernando García

Desde las primeras manifestaciones del arte al surgimiento de la fotografía, el cine y la televisión la aventura del hombre ha sido la misma: atrapar la luz. Si bien esto se hizo evidente con la aparición del arte óptico (Op Art) y los estudios perceptivos llevados adelante por los artistas cinéticos (el mendocino radicado en París Julio Le Parc, al frente) nadie como el estadounidense James Turrell consiguió darle status de objeto a esa energía que hace posible la vida en el universo. 

Nacido bajo el sol de California en 1943, este artista singularísimo ha creado alrededor del mundo obras que se conocen como Skyspace, instalaciones que parecen hechas a mitad de camino entre el observatorio astronómico y un templo budista. Lugares únicos donde no hay nada excepto luz, aislada y guiada para crear una experiencia sensorial que es común a todas las geografías y culturas. 

Uno de sus Skyspace más notables está en el norte argentino, en el viñedo más alto del mundo ubicado en Colomé, Salta, a 2270 metros sobre el nivel del mar. Allí se encuentra el James Turrell Museum que en su patio interior a través de una abertura en el techo presenta Unseen Blue o el cielo convertido en un monocromo perfecto que se aprecia mejor en el alba o el anochecer. Abierto en 2009 por la Hess Art Collection es el único espacio en todo el mundo dedicado enteramente a su obra. Vaya privilegio. 

El mapa de Turrell ha sumado ahora otro Skyspace en Sudamérica. Se trata de Ta Khut que, integrado a la Posada Ayana en José Ignacio, se abrió en noviembre dando lugar a una magnífica oportunidad de habitar la luz en un mix de relax y arte. Si se quisiera completar la ruta luminosa de este ex aviador objetor de la Guerra de Vietnam, que rescató a monjes tibetanos rehenes del régimen maoísta; habría que recorrer además México, Estados Unidos, Europa y Asia. 

El GPS invita a empezar por los Países Bajos donde el artista instaló un cráter artificial en unas dunas cercanas a La Haya. Abierto las 24 horas Celestial Vault se hace accesible a través de un túnel y permite sentir la experiencia de la luz y el color en todo el cuerpo a partir de la ilusión de un cielo abovedado. Fue construido en 1996 siguiendo el concepto de Roden Crater, su obra más ambiciosa y en construcción desde 1979 cuando adquirió un volcán extinguido en el desierto de Arizona. Este Skyspace hecho en la misma materia de la tierra se suponía listo para 2011 pero Turrell decidió mantener en suspenso la fecha de apertura. Solo han podido acceder a este work in progress aquellos que demostraron haber visitado sus veintitrés espacios alrededor del mundo y en mayo de 2015 hubo un acceso restringido para ochenta visitantes que pagaron 6500 dólares para entrar (260 veces más de lo que sale la entrada al Guggenheim para ver su obra Aten Reign) y saciar la mirada sobre su inacabado Shangri-La. 

“El espectador aprecia su propia mirada. Lo que a mí me importa es crear experiencias de pensamiento vacío, sin palabras”. Así define Turrell lo que le pasa al observador en Colomé, Oslo, el DF, Tokio, Suiza, Inglaterra y ahora Uruguay. Y es cierto: no hay palabras apropiadas para explicarlo. 

 

 

 

 

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