En foco: “Autorretrato con hidroplaneador” de Jacques Henri Lartigue

El fotógrafo francés se tomó esa imagen en París en 1904, cuando apenas era un niño. Creador del "efecto Lartigue", con el tiempo se volvería un innovador de la imagen, incursionando también en la pintura y el cine.
Por Gisela Asmundo

Jacques Henri Lartigue puede ser considerado uno de los precursores más interesantes de la fotografía de mediados del siglo XX. Así como el fotógrafo francés Eugène Atget documentó la arquitectura del viejo París, Lartigue fue uno de los primeros en capturar con su cámara la vida de la alta sociedad, así como la esencia y el dinamismo del movimiento, en gran medida inspirado por las fotografías de Eadweard Muybridge y Étienne-Jules Marey.

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Nació el 13 de junio de 1894 en la ciudad de Courbevoie, Francia. Su padre fue un acaudalado hombre de negocios que incluso llegó a poseer la octava fortuna más importante de Francia. Fue él quien le regaló su primera cámara convirtiéndose en su mentor. Pero las apreciaciones del mundo entre ambos eran distintas, para el progenitor la fotografía estaba más próxima a la ciencia y al desarrollo, algo común en aquellos años; en cambio para Jacques la motivación radicaba en su amor por las imágenes. Su segunda fotografía fue el retrato de sus padres.

 

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Lartigue nunca tuvo afición por ninguna materia académica, aunque era muy listo y rápido en aprender. Desde pequeño dominó todos los aspectos técnicos de la fotografía. De salud delicada, era también muy dado a fingir enfermedades para saltarse las clases y ser libre.

 

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En el libro The Boy and the Belle Époque (“El niño y la Bella Época”) escrito por Louise Baring, la autora indaga en la exploración de Lartigue durante su extraordinaria infancia, que a su vez se entrelaza con el retrato social y cultural de la Belle Époque. También comenta la relación con los pintores franceses Pierre Bonnard y Edouard Vuillard, que utilizaron la cámara como punto de referencia para la pintura. Lartigue sostenía: “Adoro a Proust y su poesía, es por eso que hago fotos, para vivir a través de mis fotografías, o al menos intentarlo”.

 

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En 1915 abandonó parcialmente la fotografía y se dedicó a la pintura. Fue discípulo de Jean Paul Laurens y Marcel Baschet en la famosa  Académie Julian. En 1922 expuso sus pinturas en los pasillos de la entrada de la galería Georges Petit de París. Posteriormente exhibió en el Salón des Sports, el Salón de Otoño, el Salón d'Hiver, Salón de la Société Nationale des Beaux-Arts, la galería Bernheim Jeune y el Grand Palais. 

La temática artística se centraba en flores y autos como así también en retratos de grandes personalidades como Greta Garbo y Joan Crawford, entre otros. Pero los retratos de sus musas más frecuentes fueron sus tres esposas, y su amante, la modelo Renée Perle

 

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Renée poseía un estilo sofisticado y, en algún aspecto, Lartigue retrató en ella el aire reinante de la “era del jazz”. Se conocieron en 1930 en la Rue de la Pompe. En un principio creyó que era mexicana, pero estaba equivocado, Perle era rumana y había sido modelo de la modista francesa Doeuillet. 

 

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Para el fotógrafo era hermosa y en su diario manifestaba: "¡La boca pequeña con los labios carnosos pintados! Los ojos negros de ébano. Debajo de su abrigo de piel sale un perfume cálido. La cabeza parece pequeña en su largo cuello". Convivieron dos años y disfrutaron como si estuvieran de eternas vacaciones en Cannes, Juan-les-Pins y Biarritz, con la cámara de Lartigue siempre lista. “A su alrededor", escribió, "veo un halo de magia". 

 

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Las fotografías tomadas a Renée sirvieron de inspiración a muchos diseñadores de moda y estilistas de hoy. John Galliano llamó a Renée Perle una "una gatita coqueta parisina" y la  tomó como inspiración para su desfile de otoño del 2007. Lartigue, en cambio, que la inmortalizó en varios retratos, tenía otro apodo para ella, “ángel con manos largas de niña”.  

 

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A pesar de haber sido criado con contención y cariño su vida no fue “un camino de rosas”. En 1917, su padre perdió parte de la fortuna y luego la Gran Depresión se llevaría el resto. Su falta de preparación y el exceso de protección con el que se crió fueron los motivos por los que le resultó difícil seguir adelante con su subsistencia. En una entrevista con el diario Le Monde comentó que en cierta ocasión lo invitaron a cenar al Maxim’s, pero no tenía dinero para el metro. 

 

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Fueron los americanos los que lo descubrieron. Su primer libro, Diario de un siglo, se publicó en colaboración con Richard Avedon. El libro fue mencionado en el Premio del Libro Rencontres d'Arles en 1971. Al año siguiente fue elegido invitado de honor de dicho festival. Continuó tomando fotografías a lo largo de las últimas tres décadas de su vida, logrando finalmente el éxito comercial.

 

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Una exposición de sus fotografías, organizada por John Szarkowski en 1963 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), sirvió de legitimación estética y para darlas a conocer por primera vez al público estadounidense. Gran parte de las fotografías expuestas habían sido tomadas por Lartigue cuando tenía apenas dieciocho años, aunque su reconocimiento llegaría a los sesenta y nueve. Jacques Henri Lartigue murió el 12 de septiembre de 1986 a los noventa y dos años en Niza, Francia.

 

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Efecto Lartigue

En 1905, el joven Jacques y su familia viajaron a la región de Auvernia, en el centro de Francia, para ver su primera carrera de autos, la Copa Gordon Bennett. A partir de ese momento comenzó a tomar fotografías de autos en movimiento y luego dibujó numerosos modelos de las fotografías que había tomado durante el día. Así obtuvo imágenes de un nivel de realismo sorprendente para la época. En 1912, mientras estaba en Le Tréport, escribió en su diario: "¡El primer auto llega allí! Primero hay una curva, luego la línea recta... pasa justo frente a nosotros a gran velocidad, ¡es fantástico!”. 

En el Grand Prix de Francia de 1913, una de sus fotografías más emblemáticas, captó un automóvil en velocidad, una toma espectacular que recuerda al Manifiesto del Futurismo de Marinetti, al afirmar que un coche de carreras es más bello que la Niké de Samotracia: “Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras, con su  capó adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece superar a la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”, sostuvo Tommaso Marinetti en febrero de 1909. El comienzo del siglo XX fue el tiempo para la exaltación futurista de la velocidad.

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La carrera se corrió en 1913 en el circuito de Dieppe, y aunque el número seis, un Schneider conducido por M. Croquet era uno de los favoritos, en realidad fue el Peugeot con el piloto estrella Georges Boillot al volante el que ganó, a velocidades que superaban los ciento sesenta kilómetros por hora. 

 

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Para la captura, Lartigue movió la cámara durante la toma, manteniendo el foco sobre el conductor mientras los observadores aparecen al otro lado de la pista como sombras inclinadas. Las fotografías de "coches deformados”, se convirtieron en la marca insignia del fotógrafo. Una serie de cualidades inherentes a las mismas son dinamismo, movimiento y modernidad.

 

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Autorretrato con hidroplaneador

En el acervo de sus fotos existe una exuberancia muy particular, que aparece en gran parte en el registro de su propia niñez. Se puede observar cómo de niño ya trabajaba de manera extremadamente disciplinada, como si fuera un prodigio que encontró muy temprano su vocación de vida. Autorretrato con hidroplaneador posee algo que fascina y conmueve en esa cara con expresión de felicidad. 

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Según Lartigue: “Yo usaba una Block Note Gaumont, que en aquella época era una cámara muy moderna. Empecé a usarla en 1904”. Lartigue colocó la misma en una tabla flotante en la bañadera, estableció la exposición y el enfoque, e hizo que su madre la accionara. “Luego tuve una Kodak que usaba para paisajes y para viajar. Era muy bonita”. Denominada cámara “brownie” era una línea muy simple y económica, producida por Eastman Kodak en 1900.

Lartigue siempre tuvo una especie de obsesión con fotografiar instantes de su propia vida: ”Cuando yo era pequeño, mi madre hizo un álbum, pero las reveló sin fijador así que el papel se degradó. Son mis primeras fotos, las hice con seis años. Ella llamó a este álbum 'Los intentos fotográficos de Jacques'. Puso las fechas en las que se hicieron: 1899, 1900… En ese mismo álbum están mis primeros dibujos”.

Se podría comparar esa intención y pasión a la idea de Cézanne de captar la materia y el tiempo en una imagen, es decir capturar el momento antes de su inevitable desaparición. Un procedimiento al que dio el nombre de piége d’oeil (la trampa del ojo) y que manifestaba un propósito  que atesoraría siempre.

En palabras de Lartigue: "Nunca tomé una foto por alguna otra razón que en ese momento no me hiciera feliz hacerlo”. Y es justamente su autorretrato en la bañera el reflejo de esa felicidad. ¿Qué niño no  se siente feliz en una bañadera jugando? Y cada vez que se le preguntaba por su labor respondía con la espontaneidad con la que apretaba el disparador de su cámara: “Nací feliz. Eso ayuda, ¿no?”.  

Aunque el intuitivo fotógrafo atravesó dos Guerras Mundiales, su ojo nunca estuvo captado por el horror, sino todo lo contrario, por el placentero fluir de la vida, tratando de no preservar los momentos trágicos, “ni incluso en la memoria porque me duelen”, confesaba en una entrevista a la BBC en la última instancia de su vida. “A veces me preguntan si se ha perdido la elegancia y el estilo de aquella época. Lo que sucede es que los tiempos han cambiado, hemos pasado por varias guerras. La gente tiene celos (...) Quieren que todos seamos iguales”.

 

 

 

 

 

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