Suzanne Valadon: una vida a ambos lados del caballete 

Fue una de las artistas más destacadas de la bohemia parisina durante la Belle Époque. Su obra potente y arrolladora deslumbró a sus célebres colegas de Montmartre, para quienes antes había sido modelo.
Por Luciana García Belbey

 

Existen, en el mundo del arte, innumerables historias de vida que parecen salidas de alguna ficción. Pero una particularmente cinematográfica, es la de Marie-Clémentine Valade, mejor conocida como Suzanne Valadon. Una biografía a la que no le faltaron momentos “de película”. Nacida de una madre soltera, tuvo una infancia dura y una juventud aún más difícil. Un poco por azar y otro por destino, fue acróbata de uno de los circos más concurridos de la Belle Époque: el Molier. Completa esta intrincada y apasionante trama el haber sido retratada por algunos de los artistas más aclamados de la primera modernidad como Henri de Toulouse Lautrec, Pierre Auguste Renoir, Berthe Morisot, Amadeo Modigliani, Paul Gauguin o Edgar Degas. Para luego convertirse ella misma en una afamada artista, admirada por estos ilustres colegas y muchos otros autores.

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Suzanne Valadon, 1885.

 

Suzanne Valadon nació el 23 de septiembre de 1867 en Bessines-sur-Gartemoe, una localidad francesa de la región de Lemosín, y falleció en París el 7 de abril de 1938. Durante su precoz adolescencia tuvo una seguidilla de variados trabajos, tal vez el más curioso: trapecista de circo. Carrera que terminó abruptamente luego de una trágica caída. En 1880, tras reponerse de su lesión, conoce al gran artista simbolista Pierre Puvis de Chavanne, quien será el primero en retratarla. En adelante su vida dará un vuelco y con tan solo trece años se sumergirá en el ambiente bohemio de Montmartre. Sin buscarlo ni proponérselo comenzará así su camino en el modelaje artístico y quedará inmortalizada en importantes lienzos como Baile en Bougival (1883) de Pierre Auguste Renoir, quien la consideraba su modelo favorita; y en varias pinturas de Henri de Toulouse Lautrec como La lavandera (1884), La resaca (1888), o Retrato de Suzanne Valadon, pintora (1885). Ésta última, notable obra perteneciente al Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires), en cuyo título Lautrec ratifica el rol de pintora que la propia Marie-Clémentine había ya asumido. 

 

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Retrato de Suzanne Valadon, pintora, de Henri de Toulouse-Lautrec, 1885. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires. 

 

Poco después de conocerse, Lautrec y Valadon rápidamente se hicieron amigos y amantes. No es difícil imaginar a ambos artistas deambular en las noches por las pequeñas calles adoquinadas de la colina más famosa de París y perderse en los cafetines del barrio más bohemio de la ciudad. Fue justamente el artista postimpresionista quien le sugirió cambiar el nombre de Marie-Clémentine por uno más corto y fácil de recordar. Al parecer, Suzanne fue elegido como un guiño humorístico a la “Susana bíblica”, dado que la cautivadora joven a menudo modelaba para hombres que la superaban, por mucho, en edad. Lautrec quedó completamente fascinado con el talento que evidenciaban los expresivos dibujos de su amiga, y la puso en contacto con su admirado Edgar Degas, con quien compartían esa afición por la expresividad de la línea y el color vibrante, entre otros aspectos. Degas admitirá a la joven Valadon bajo su tutela, impulsará su carrera, y será de los primeros en adquirir algunos de sus trabajos tempranos.

 

Al otro lado del caballete 

El estar inmersa en este estimulante mundo de bohemia, rodeada de las mentes más lúcidas y creativas de su tiempo, provocó, que de a poco, Valadon comenzara a experimentar con el arte por sí misma. En los descansos de las largas sesiones de modelaje se la podía ver siempre bosquejando. Si bien durante los primeros diez años de desarrollo artístico se dedicó casi exclusivamente al dibujo, pronto comenzó a trabajar con pintura. El trabajo más antiguo que se conserva de esta primera etapa es un autorretrato de 1883 realizado en lápiz, carbonilla y pastel sobre papel. El que haya sido la protagonista de sus propias obras, permite pensar un doble propósito: explorar la ambivalencia entre ser modelo y artista al mismo tiempo, y por otra parte, una declaración de intenciones que reafirmaba su nuevo rol, ya al otro lado del caballete. 

 

SValadonSelfPortrait1883.jpgAutorretrato de Suzanne Valadon, 1883. 

 

Durante estos primeros años acostumbró a tomar como modelos a mujeres de barrios populares. Sus principales motivaciones serán capturar gestos y expresiones del cuerpo humano, a partir de enérgicos trazos manejados con suma maestría. Aún en sus trabajos posteriores en óleo nunca dejará de lado la potencia de sus trazos y esa línea “delicada y ruda” a la vez –tal como la describía su maestro Degas. Ese contorno fuerte y vigoroso que rodea personajes y objetos está presente en todas sus piezas. “Tiene un estilo particular que reconocemos en la fuerza de la aplicación de sus colores, su gusto por los contrastes y esa característica línea negra que envuelve cada objeto, cada material, cada cuerpo. Es una pintura que nos habla de la fuerza de esta mujer", sostiene María González, jefa de conservación del Musée de Montmartre. Este modo de contornear con líneas negras se conoce como cloisonismo, fue implementado por Émile Bernard y los artistas de Pont Avent, también por Paul Gauguin. Es una técnica que privilegia el acabado decorativo, donde los colores planos y sin matizar quedan encerrados dentro de perímetros oscuros, lo que recuerda a la terminación de los vitrales, de ahí su nombre.

Otro notable autorretrato de esta primera época es el de 1898, donde se la puede ver con rostro severo y una impactante mirada de penetrantes ojos azules. La pieza, hoy perteneciente al Museo de Bellas Artes de Houston, fue adquirida en 1966 en una subasta en París por John y Audrey Jones Beck (importantes coleccionistas norteamericanos), y tuvo como primer propietario, nada más y menos, que a Eric Satie. 

 

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Autorretrato de Suzanne Valadon, 1898. The Museum of Fine Arts, Houston.

 

El célebre compositor lo conservó hasta su muerte en 1925, prueba del profundo amor que sintió por la joven pintora, quien fue su única pareja conocida. Una relación que, formalmente duró solo unos meses, pero que marcó la vida del creador de las famosas Gnossiennes (producidas entre 1890-1893), y de Las danzas góticas, que suele decirse fueron inspiradas por Valadon. Asimismo, en abril de 1893 escribió una canción de cuatro compases para piano y voz con la letra “Bonjour Biqui, Bonjour!”, Biqui era el apodo que le había puesto a su amada. Otro testimonio de este apasionado y tormentoso romance es el retrato del músico realizado justamente por esa misma época entre 1892 y 1893. Al parecer la relación terminó definitivamente luego de que la artista decidiera contraer matrimonio en 1896 con el banquero y corredor de bolsa Paul Moussis, amigo de Satie, no sin antes atravesar un intrincado triángulo amoroso. 

 

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Retrato Eric Satie, 1892.

 

La obra de Valadon es potente, vibrante y colorida. Al ser autodidacta se modeló a sí misma, y fusionó con una libertad poco vista elementos del impresionismo, el postimpresionismo, el fauvismo y el expresionismo. Su producción incluye bodegones, naturalezas muertas, retratos y desnudos, tanto femeninos como masculinos, género en el que destacó de manera sobresaliente. Era extremadamente perfeccionista y no daba por terminada una obra hasta considerarla perfecta para ser exhibida. Mantuvo una profusa producción hasta su muerte a los 72 años. Y aunque vivió gran parte de su vida aclamada y con gran reconocimiento, como sucedió con otras grandes artistas, luego su obra fue quedando relegada; y en su caso particular, eclipsada en parte por la de su propio hijo, el pintor Maurice Utrillo. 

 

El trío infernal

De padre desconocido, a sus dieciocho años, Valadon tuvo al que sería su único hijo, Maurice. Años más tarde el artista barcelonés Miguel Utrillo, íntimo amigo, lo reconoció como suyo y le dio su apellido. En 1909, luego de varios años de matrimonio decide separarse de su primer marido y a los 44 años encara una relación amorosa con André Utter, un joven pintor de 23 años, amigo de su hijo, a quien desposó en 1914. Con los años a este particular grupo familiar se lo conocerá como "el trío infernal" o la "trinidad maldita". Valadon era el sostén de la familia, y además de lidiar con problemas de pareja con frecuencia, tuvo que ayudar a Maurice a mantener a raya su alcoholismo. El departamento-atelier que compartían en el número 12 de la mítica rue Cortot, hoy es una casa museo que pertenece al Museo de Montmartre.

Esta nueva etapa amorosa que duraría 24 años, quedará también inmortalizada en varios lienzos, siendo la más conocida y destacada, la primera obra que realiza junto con su nuevo amante: Adán y Eva (1909). Con esta gran obra Valadon se convierte en la primera artista en pintar desnudos masculinos frontales en lienzos de grandes proporciones. Otra clara muestra de su espíritu provocador, y de su personalidad osada y moderna. La pareja se muestra animada y despreocupada mientras ella toma el fruto prohibido del árbol. En esta pieza destaca una vez más la fuerza vital de sus trazos y la vivacidad de los colores que emplea. De este modo se inauguraba la época más fructífera y determinante de la artista. Para entonces, ya era un miembro activo y destacado de La Sociedad Nacional de Bellas Artes, institución que la obligó a cubrir el sexo de André con una guirnalda de hojas para poder exhibir la obra en el Salón que se realizaba bajo el auspicio de la Sociedad desde 1890, y muy a pesar suyo tuvo que acceder al pedido.

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Adán y Eva (1909).

 

Otras obras igualmente destacables de esta apasionada creadora son El futuro desvelado o La tiradora de cartas (1912) del Petit Palais de Genève; Retrato de familia (1912) del Musée d’Orsay; El lanzamiento de la red (1914) del Centro Pompidou-MMAM-CCI; Desnudo arreglando su cabello (ca.1916), o La muñeca abandonada (1921) ambos del Museo Nacional de las Mujeres en las artes de Washington. A menudo para estas escenas de intimidad solía trabajar con amigas o conocidas. Valadon solía decir que pintaba a las personas para aprender a conocerlas y sostenía: “debes ser lo suficientemente valiente para mirar a la modelo a la cara si quieres llegar a su alma”.

 

La_Poupée_abandonnée_par_Suzanne_Valadon.jpg La muñeca abandonada, 1921. National Museum of Women in the Arts, Washington DC.

 

Su pasión por el arte y su voracidad por vivir la vida como si cada segundo fuera el último se plasma en la fuerza arrolladora de su pintura. Su producción, que defendía apasionadamente la necesidad de pintar la realidad, fue erróneamente considerada periférica frente a las nuevas corrientes dominantes de su contemporaneidad: el cubismo y el arte abstracto. Desde hace un tiempo, afortunadamente, su obra está siendo revalorizada. Prueba de este renovado interés es la importante exhibición dedicada a esta artista imprescindible durante 2023 en el Centre Pompidou-Metz.

 

 

 

 

 

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