Guillermo Kuitca: "Alguna vez fantaseé con volatilizarme, que la obra siga su vida y yo la mía"

Con una trayectoria internacional incomparable a lo largo de las últimas décadas, el consagrado artista argentino comparte reflexiones acerca del éxito, el fracaso, los vernisagges, los curadores, sus influencias y sus búsquedas, a lo largo de su carrera. 
Por María Paula Zacharías

 

Guillermo Kuitca (Buenos Aires, 1961) es uno de los más destacados artistas argentinos vivos. Lleva realizadas desde 1980 más de cincuenta muestras individuales en algunos de los más prestigiosos museos y galerías de arte contemporáneo de todo el mundo, como el MoMA (Nueva York, 1991), Kunsthalle Basel (Basilea, 1990), Musée d’Art Contemporain (Montreal, 1993), The Douglas Hyde Gallery (Dublín, 1995), Centro de Arte Hélio Oiticica (Río de Janeiro, 1999), Fondation Cartier (París, 2000), The Drawing Center (Nueva York, 2012) y Pinacoteca do Estado de São Paulo (San Paulo, 2014), entre otros. Desde 1993 ha exhibido asiduamente en Sperone Westwater Gallery (Nueva York) y en Hauser & Wirth Gallery (Londres y Zurich). Ha participado en innumerables muestras colectivas, incluyendo las bienales de San Pablo (1985, 1989, 1998), Documenta IX (Kassel, 1992), Carnegie International (Pittsburgh, 1995) y la Istanbul Biennial (Estambul, 2001). En 2007, fue el artista elegido para representar a la Argentina en la 52 Bienal de Venecia, además de ser invitado a participar en el pabellón internacional. Su obra es parte de colecciones públicas y privadas del mundo entero, entre las que figuran el Metropolitan Museum of Art y el MoMA de Nueva York, The Art Institute of Chicago, el Museum of Fine Arts de Boston, la Tate Gallery de Londres, el Museo de Arte Reina Sofía de Madrid, la Fondation Cartier de París, el Stedelijk Museum de Ámsterdam, y el Museo Nacional de Bellas Artes y MALBA, en Buenos Aires. 

El 2021 fue un gran año, con muestras en el LaM, el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de la ciudad francesa de Lille, un proyecto especialmente pensado para la Trienal de Milano, Los Ciudadanos, y una exposición en la galería Hauser & Wirth de Zurich de tres de sus series: la del El idiota de la familia, exhibida en Los Ángeles en 2019, nuevos trabajos sobre planos de casas realizados en 2020 durante el confinamiento en Buenos Aires y su obra en torno al teatro. Además, publicó el libro GUILLERMO KUITCA, COLLECTED DRAWINGS 1971 – 2017, que  reúne 706 reproducciones de dibujos que llevó años de trabajo organizar y publicar. Salió en 2017, editado por Sigismond de Vajay, en una alianza de dos sellos, JRP Ringier y KBB. 

 

—¿Sufrís los vernissages? 

—Los montajes me gustan. Pero soy como un fantasma de mis propias muestras. Es raro tener una respuesta crítica ese día. Las inauguraciones cambiaron muchísimo, dejaron de ser un momento en que te quedás charlando con alguien y te das la mano, a alguien que básicamente te saca una foto o se saca una foto con vos. Eso, en sí, no es particularmente divertido. Por consenso, mis inauguraciones son cada vez más cortas y llego cada vez más tarde. Soy respetuoso en relación con la gente que va, genuinamente. Pero si pudiera evitar las inauguraciones, lo haría. Siempre aparece una pregunta existencial: ¿qué hago acá? Al día siguiente, me voy. De Londres, me iré a Escocia y volveré a una entrevista pública en Londres. Alguna cena, puede ser, pero nadie es tan tonto de esperar visitas de compromiso. Si la obra no se defiende, vos podés ser la persona más simpática del mundo y no va a pasar nada. Creo que hay un gran equívoco al pensar cuánto uno puede influir en la decisión de los demás sobre comprar, exponer o elegir una obra. Se idealiza o fantasea con el poder del artista sobre su obra, y en realidad es muy relativo. No puedo sonreír y ganar con eso algo. Sonreír o estar, o no, es exactamente lo mismo. El trabajo es el del taller. La verdad es que cuando la paso mal, la paso mal en el taller: cuando algo no sale o estás peleando con una obra. Ese sí es un problema. La inauguración es un dejarse deslizar en ese tiempo.

 

—¿Cómo ha sido tu relación con los curadores? 

—Me ha tocado de todo... Cuando trabajás con un curador en una muestra antológica es muy raro que se establezca una relación complicada. En general, soy una persona relativamente fácil en el trato. Puedo tener alguna firmeza, algunas convicciones… pero soy fácil. Ahora en las muestras colectivas sí pueden surgir las dificultades: ¿por qué esta obra?, ¿por qué esta pared?, ¿qué tiene que ver esta obra con este contexto? Aparecen arbitrariedades. Sin embargo, la arbitrariedad como fuerza creativa es fabulosa. Tan importante como el talento mismo. Es de donde saco la fuerza para hacer lo que hago. Me parece que el curador no tiene ese margen, tiene que tener alguna claridad. Sí me molestaría que una muestra no sea clara para el público, en el que me incluyo: los que vemos arte. Aún sin sentido. La falta de claridad en el arte es insoportable. La búsqueda experimental también me interesa, y no puede ser concluyente, afirmativa, pero sí puede tener claridad en tanto búsqueda. Toda obra, todo artista y toda constelación de artistas encierra su lógica y su expresión más clara. Últimamente estoy muy atento a eso. Cuando pierdo el hilo de por dónde fue un artista en una muestra antológica, pienso que ahí hicieron lío. 

 

–Tu obra suele tener influencias del cine, la literatura, el teatro y la danza. ¿Qué te inspira hoy? 

—Hay épocas en que mi obra es muy permeable. Pienso que ahora no: mi obra es su propio referente. Fuera de esto, estoy leyendo mucho César Aira, sus ensayos sobre arte contemporáneo me parecen increíbles. Antes, leí mucho Emmanuel Carrère, me impactó mucho De vidas ajenas. También escucho audiobooks. Hay libros que no me acuerdo si los leí o los escuché. Desde Just kids, de Patti Smith, hasta los diarios de Bod Dylan. Es más fácil escuchar no ficción. O best sellers, como 22/11/63 de Stephen King. Me permite concentrarme mucho en lo que manualmente estoy haciendo, como pintar. O manejar o correr en la cinta. También miro series: The Americans, Breaking Bad, House of Cards, las danesas. Y veo cine y, cada tanto, teatro.

 

—¿Sos consciente de la magnitud de tu obra? En una enciclopedia de arte universal que se está publicando ahora por fascículos en un diario, había dos páginas dedicadas al arte latinoamericano, lo cual ya dice mucho. Y de los seis artistas mencionados, el único argentino eras vos. ¿Cómo vivís esto? 

—Qué sé yo... No tiene eso un gran peso en mí. Sé que el arte latinoamericano tiene una presencia muy distinta de la que tenía hace veinte años, pero esa lista de seis es una arbitrariedad total.

 

—Pero vos en los 90 ya estabas inserto en el mercado internacional. 

—Sí. No sé si por suerte o por desgracia esas categorías nunca aparecieron en mi horizonte. Sigo siendo el mismo tipo que, cuando se pone a laburar, se pone contento cuando sale algo y se pone mal cuando no. Muchas veces las cosas no salen. Por supuesto que siento orgullo cuando estoy en compañía de artistas enormes, pero no entra eso en mi vida cotidiana y en mi trabajo. No ando por la vida como un tipo de enciclopedia. No sabría cómo hacerlo. Detesto la falsa modestia, y no quiero sonar así, pero no tengo la menor idea de cómo vivirlo. Es más, me pregunto si tengo que vivirlo, porque en realidad es una experiencia ajena. Son decisiones de otros los panteones o equipos estelares. No hay cómo erigirse en un éxito mundial. No juzgo igual a quien lo vive de diferente manera. Yo no soy un policía, no puedo andar con el dedo levantado. ¡Quisiera que no se hiciera! No se puede andar diciendo “ojito con creérsela”. ¡No se puede! Y además, ¿desde cuándo los artistas fueron santos? ¿Desde cuándo por portarse bien un artista es virtuoso? Portarse bien puede estar bien para cuestiones cívicas, ser buen vecino, no robar, pagar los impuestos; pero dentro del arte esos valores no son los que deben ser. Muchas veces recibo comentarios favorables como “sos un tipo modesto”. Puede ser, soy modesto y tranquilo, pero por favor ¡no me elogien por eso! Cada uno es como es... Ser modesto quizá es mi problema. No puede ser un rasgo virtuoso. En todo caso, lo que me hará valer será mi obra, o el trabajo de las becas que fue algo muy lindo y valioso... pero la personalidad de los artistas no puede estar en permanente discusión. Está bien, no voy a las inauguraciones ni a los eventos públicos, no me saco fotos, pero eso no me hace mejor. A lo sumo me hace más tímido o más fóbico. 

 

—Hablando de cómo vivir el éxito —o cómo no saber vivirlo—, ¿qué pasa con su opuesto? ¿Pensás en la posibilidad del fracaso alguna vez? ¿Te preocupa? 

—Hay varios niveles de fracaso. Una cosa es que una obra no salga y, bueno, la reciclo en mis diarios —forra con la tela fallida la mesa redonda donde trabaja todos los días, y se va construyendo una nueva obra con las inscripciones y dibujos automáticos que van saliendo sin querer; serie que lleva décadas haciendo y que es un registro de su vida—. Les doy una segunda oportunidad. Pero también está el fracaso de las decisiones equivocadas en la carrera, con muestras más o menos exitosas, con más o mejores críticas o atención del público... toda esa gama de cosas que van del mercado a la materialidad. Eso en algún lado está. Me acostumbré tanto a no exponer en la Argentina que mi medición de mis fracasos y mis éxitos es muy relativa. Si yo me voy de una muestra al día siguiente de la inauguración, pierdo contacto no solamente con lo bueno sino también con lo no tan bueno de eso. Tuve recientemente una inauguración muy linda en Londres, me sentí muy halagado, pero no tengo ni idea de lo que pasó al día siguiente. A lo mejor no entró nadie a la galería. Claro que las galerías me pasan el reporte de las ventas y, bueno, yo no salté de un día al otro. Mi carrera es tan larga y constante, que no hay baches ni picos. No estoy exento del fracaso, no es que las cosas me salgan bien todo el tiempo. Quizá quedan algunas cuentas pendientes. Hacer el libro de dibujos, por ejemplo, es un logro personal porque lo que van a aparecer ahí son obras que estuvieron guardadas, no vistas durante treinta años, algunas. Para mí descubrir que en esa montaña de cuatro mil obras había quinientos que valía la pena mostrar, fue como cambiarle el signo a algo que alguna vez había visto como un fracaso. Tuve una impresión de mí mismo durante ciertas épocas de mi vida en la que mi obra no había sido lo suficientemente interesante. Volver a verla con una distancia tan grande, fue cambiarle el signo a algo que era un olvido, de esos que pesan, que uno no quiere volver a ver. Como todo artista y como todo ser humano, estoy expuesto al fracaso. 

 

—¿Cuál es tu fuente de felicidad y alegría hoy? 

—Inevitablemente la vida afectiva es lo que está por encima de todas las cosas. Estar acompañado, saber que hay alguien que querés y te quiere, está muy por arriba. Claro que hay otras cosas que te da la vida, y yo soy un tipo con mucha suerte. Si llego a conectarme con esa suerte digo ¡qué bueno!, pero a veces me olvido y ando como perro... no me acuerdo el dicho... ¡como bola sin manija! Hablando de eso, ¡cómo extraño a mis perros! Ya pronto llegarán uno o dos perritos, pero estoy esperando a terminar de arreglar la casa. ¡Los quiero recibir con todo lindo! Siempre tuve labradores, y tuve experiencias tan buenas... Pero conozco perros rescatados que son maravillosos. Me fascinan los perros. Me dan alegría. El trabajo también me da alegría, lo mismo que el contacto con mis colegas. Cuando paso períodos sin trabajar, me doy cuenta de que a la semana de no estar comprometido con ningún proyecto cambia mucho mi humor. Siempre es una salvación. Soy poco original: el trabajo y los afectos es donde más se juega la alegría. 

 

—¿Por qué dejaste de titular tus obras? 

—Ahora titulo a veces las muestras, y hago muchas sin título. Es por épocas. Trato de ser cuidadoso, porque un título invade las obras, es como los marcos: a veces te permiten ver la obra y otras veces la arruinan. A veces uso el “Sin título”, y entre paréntesis agrego alguna referencia específica. Como si tratara de ir directamente al subtítulo. Otras obras vienen con título, como Éxodos. No sé qué pasó con los títulos.

 

—¿Cómo te definirías? ¿Un cazador intuitivo de lo profundo? ¿Antena de símbolos y arquetipos? 

—Siempre advertí una circularidad en mi obra, pero imaginaba que era más claro en las obras de entre el 80 y los 2000. No imaginé que en realidad ese círculo se había hecho mucho más grande y que estaba abarcando el 2017. Aún cuando en 2007 decidí hacer un corte muy grande, y me metí en otro lenguaje algo modernista, finalmente todo terminó entrando en una enorme pelota de temas recurrentes y cosas que van y vienen. Así que esta idea de arquetipos puede estar presente, pero no sé si no están ya de algún modo definidos o si son arbitrarios. Por qué vuelvo a eso, no sé. Pero sí hay algo de cazador de profundidades. Me parece mejor la idea del pescador, que saca presas pero se le vuelven a caer al fondo del mar y las tiene que volver a hacer flotar. Me llama la atención que mi obra haya formado esta constelación tan cíclica. Siento que hoy podría pintar un cuadro con una cama, por ejemplo. Sin idea de reciclaje del pasado, sino como una necesidad, mirando al futuro. Producir cambios en mi obra me importa. Me pongo a trabajar y quiero hacer algo que nunca hice. La idea de cazar está signada más bien por haber perdido cosas y querer recuperarlas. Como un cazador de mí mismo. Con un alfabeto o repertorio que si lo quiero volver a tener, tengo que salir de vuelta a cazar. Siempre hay transformaciones, pero tiene lógica: nadie puede reinventarse todo el tiempo. 

 

—¿Pasás mucho tiempo en tu casa? 

—Paso mucho tiempo acá, sí. Tengo mis amigos de toda la vida, tengo pareja, no estoy solo, pero necesito estar solo. Es la mejor situación para el trabajo. El laburo de artista implica grandes dosis de soledad, pero no en el sentido negativo. Ahora trabajo casi sin asistentes. Me concentro, pero también soy muy disperso. Quizá en lo social estoy menos disponible que en el pasado. Pero no hago una vida monacal. Esta casa tiene muchos rincones, pasan muchas cosas en distintos lados. A veces no salí y no me acuerdo, no tengo noción. Estuve en la compu, en el taller de abajo, en el taller de arriba, corrí, miré algo... No tengo sensación de encierro, ni en la casa ni en mí mismo. Alguna vez fantaseé con volatilizarme, que la obra siga su vida y yo la mía. Pero tampoco quiero sonar quejoso: si alguien quiere que veas su obra, es porque te respeta y tiene su derecho. Así como cuando yo tenía diecinueve años y Macció vio mi obra. Su comentario fue importantísimo para mí. 

 

—¿Qué te dijo? 

—Que le gustaba o algo así. Después no fuimos muy cercanos. Una de las primeras obras importantes que vendí la compró Macció. También visité a Alfredo Hlito, aún más joven: un artista tan sofisticado le abría la puerta a un salame como sería yo a los diecisiete. Por eso pienso que tiene que estar abierto el canal. 

 

—¿Cómo te gustaría ser recordado? 

—Uno recuerda desde la memoria afectiva a quienes conoció: un caleidoscopio de imágenes y recuerdos contradictorios, alegres y tristes. A los artistas no sé cómo se los recuerda. Yo tengo mi seleccionado, pero no te miento si te digo que no sé si están vivos o muertos. Me es totalmente irrelevante. Hoy se cruza un fantasma y de ese artista me llega algo: una imagen, una sensibilidad, una impresión. Está presente de esa manera circunstancial, no como una definición para labrar en la piedra. El recuerdo es algo vivo y puede tener los formatos más banales y diversos. El legado puede ser que sea una huella de la que el último en enterarse es uno mismo. 

 

Nota: Esta entrevista es una mezcla de fragmentos de dos reportajes publicados originalmente en el diario La Nación en 2016 y 2017, reunidos en el libro Entrevista con el arte (que lleva en la tapa una obra de Kuitca).

 

 

 

 

 

 

 

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