Sandra Gamarra: de súbdita a soberana

La artista peruana que conquistó España es la representante del país ibérico en Venecia. La colonización, el racismo y la ecología atraviesan su obra en un constante equilibrio entre lo político y lo estético.
Por Manuel Quaranta

 

Sandra Gamarra nació en Lima en 1972 y desde hace más de dos décadas reside en España. El dato biográfico esta vez resulta determinante ya que Gamarra fue seleccionada como la primera artista no española de la historia para representar a España en la Bienal de Venecia, cuyo eje en su edición 60° es la figura del extranjero, en sus múltiples formas: indígenas, emigrados, inmigrantes, diaspóricos. El curador brasileño Adriano Pedrosa ha elegido “visibilizar” una serie de grupos históricamente relegados, que se sintetizan en el concepto de lo queer, para emplear una fórmula de abundante circulación. Extranjero como aquel que extraña su país y al mismo tiempo extraña al otro, es decir, lo deja extrañado, sin saber muy bien cómo actuar. El extranjero como sujeto desubicado: no se ubica ni en la nueva ni en la vieja patria. 

El nombre del envío es Pinacoteca migrante, secundada por el reconocido curador Agustín Pérez Rubio, compañero de Gamarra en varias exposiciones. A fines de 2021 habían trabajado juntos en una muestra que anunciaba el envío actual, Buen gobierno, en la Sala Alcalá 31 de Madrid. Recuerdo que la sensación que tuve en aquel momento fue la de una tensa incomodidad durante el recorrido, en particular frente a unas pinturas históricas dispuestas no para confrontar binariamente dos visiones (la indígena y la colonizadora) sino para desactivar las oposiciones férreas y abrirle la puerta a la ambigüedad.  

Pinacoteca, por definición, es un lugar estable, inamovible, que en todo caso se expande, pero no migra. Esa migración es también la de Gamarra, ella dejó Perú (1) para conquistar España y hoy representa los intereses de la nueva nacionalidad. Toda una acción política plasmada en idas, vueltas y revueltas. Pensemos en el gesto, 500 años después, de súbdita a soberana europea. Un triunfo, sin dudas.

Sandra Gamarra es una artista soberbia, que maneja todo tipo de materialidades, teniendo como eje la conquista y la reconquista. Por eso la migración del título refiere asimismo a los materiales. Salta de uno a otro con una destreza admirable. La compañía de Pérez Rubio, con su impronta argentina (dirigió durante cuatro años el Museo Latinoamericano de Buenos Aires, MALBA) fue el combo perfecto para desplegar reflexiones sobre la mezcla, lo mestizo y lo colonial. 

El pabellón está distribuido de la siguiente manera: en el espacio central aparece Jardín migrante, donde se recrean monumentos sobre la conquista que se emplazaron en las antiguas colonias. De allí se desemboca a cinco salas: Tierra virgen (2), pinturas de paisajes españoles, de América Latina, Filipinas y el norte de África sobre las cuales Gamarra escribió frases de diferentes pensadores ligados a la ecología; Gabinete de la extinción, que vincula el colonialismo con el extractivismo a través de intervenciones de la artista en facsímiles de la Real Academia de Botánica; Gabinete del racismo Ilustrado, un relato sobre cómo la antropología y la ciencia sirvieron para justificar la discriminación racial; Máscaras mestizas, sobre el retrato de colonos y Retablo de la naturaleza moribunda, que relaciona el género bodegón con la plutocracia y la búsqueda de tesoros. 

El trabajo de Gamarra cuestiona los métodos de representación museísticos y tensiona con estos grandes narradores (inventores) de relatos que históricamente borraron las singularidades ajenas para erigir un sujeto universal, blanco, burgués, europeo y cristiano. La versatilidad de Gamarra para equilibrar lo político con lo estético, la historia del arte con la historia de la violencia, le permite evitar la tentación denuncialista que tanto entusiasma a las buenas personas. 

Recorrer una muestra de Gamarra (Pinacoteca migrante o Buen gobierno)  obliga al espectador a revisar su pasado, algo parece retornar a cada paso, algo parece no querer irse. Es, justamente, el pasado la obsesión de Gamarra, un pasado presente, un presente continuo, un futuro por transformar. 

 

1. En Perú se desataron fuertes polémicas por la selección de Roberto Huarcaya como envío nacional. Los críticos acusaban razones múltiples, aunque se resumían en las dificultades para incluirlo dentro de los criterios de extranjería postulados por la Bienal. Hombre, blanco, de gran trayectoria en el campo del arte y con un proyecto titulado en inglés, las voces se alzaron tratando de impugnar la elección. Dicho esto, el pabellón es magnífico, consta de una instalación cuyo centro lo ocupa un fotograma de escala monumental de la Amazonia desplegado en un rollo de papel fotosensible de 30 metros de largo, que se obtuvo dejando que los rayos de una tormenta calcaran su huella en la noche. La instalación se completa con una canoa realizada por el artista Antonio Pareja y una composición para piano de Mariano Zuzunaga. La propuesta lo tiene todo: orígenes, mito, futuro, presente, reflexión sobre los materiales, y sucede una paradoja, Huarcaya, central aparentemente en el medio artístico peruano, en Venecia se volvió marginal, extranjero. De hecho, en la entrevista que me otorgó (disponible en el feed de El Ojo del Arte) certifica esta idea diciendo que se había vuelto extranjero en su propio país.

2. Título utilizado en la exposición Buen gobierno.

 

 

 

 

 

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