Yunchul Kim y el aliento de las máquinas

Las prácticas transdisciplinarias del artista coreano integran ciencia y tecnología en instalaciones que desentrañan universos mecánicos con esculturas que van de lo poético a lo pesadillesco.
Por Fernando García

 

En el álbum Mechanical Animals, el todavía perturbador (hoy caído al llano de los abusadores sin el más mínimo charme) Marilyn Manson reponía la escena del asesinato de Kennedy, en su exploración de la mazmorra americana, desde su construcción andrógina, pos humana y alienígena. Era, quería ser, una criatura por fuera del orden celular y se proyectaba en un futuro origen de las especies. “Somos neurofóbicos y perfectos, acaso el día que perdimos el alma dejamos de ser tan humanos” gruñía con esa voluntad de grand guignol apoyado en una base de metal industrial. 

Hoy solo viene a cuento de la obra de Yunchul Kim que convirtió el pabellón de Corea en Venecia en eso, una jaula de animales mecánicos, en una fase muy avanzada de lo que consideramos mecánico. Porque sucede que Kim en el borde la ciencia, la ingeniería, el arte y la música ha creado un catálogo de bestias retráctiles que se ven a un tiempo sólidas y livianas; expuestas en su carrocería, pero animadas por la invisibilidad de los cristales fotónicos y fluídos hidromagnéticos.  

Mucho de la obra escultórica (la forma artística que se tiene a mano para tipificarlo) del coreano pareciera abrevar en la estética y los postulados del steampunk, un paso más allá del cyberpunk de los 80 y 90 que a la vez se miraba en el espejo retrovisor de un paradojal futurismo victoriano. Los mecanismos expuestos como vísceras de un organismo vivo o el fantasma de la revolución industrial vuelto inconsciente freudiano de la vida virtual. 

Las piezas de Gyre, el nombre de la instalación que Corea le comisionó para Venecia, conforman un gabinete de curiosidades o un zoo mecánico que le da forma a un problema central en la ontología tecno del siglo XXI. La distancia insalvable entre el hardware y el software; entre todo lo enorme que hace posible lo inmaterial; entre cableados submarinos ocultos pero de ominosa materialidad y una pantalla en la que creemos que al scrollear estamos in situ. Y lo que vemos no está mientras lo oculto tiene una presencia soterrada pero monumental.

Chroma V es en Gyre el equivalente a un artefacto lumínico versallesco pero desarrollado para las mentes retorcidas de David Cronenberg o H. R. Giger. Una escultura cinética que tiene menos que ver con la genealogía del arte cinético que con un bestiario, que el lugar común ubicaría en universos de ciencia ficción pero que están pasando aquí y ahora. Ocho metros de largo de una escultura colgante que emite destellos y el sonido propio de sus articulaciones de animal mecánico. 

Yunchul Kim como músico de formación electrónica ha entendido que parte de la función de sus máquinas disfuncionales es revelarlas en sus engranajes, tubos y fricciones. De allí que haya que acercarse a estructuras como Cascade o Dust of Suns para escuchar su murmullo, su no-lenguaje que a la vez resulta como el trabajo de aquellos etnomusicólogos dispuestos a grabar voces en vías de extinción en el siglo XX. El coreano hace lo mismo: salva el aliento de las máquinas de ayer en el arte tecnoplasmático de hoy.      

 

 

 

 

 

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